Los hijos rotos Chapter 27
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Chapter 27

Durante el día, los muchachos se repartían las obligaciones más básicas para mantener la casa y la finca en buen estado. Al viejo le traían en palmitas. Le daban de comer, le aseaban, le entretenían jugando a las cartas o al dominó y le permitían beber alcohol y fumar.

Dos veces por semana, Rei, con la furgoneta, y otros dos chicos que tenían vehículo propio, iban a buscar provisiones.

Pero ya no las adquirían en El Páramo. Se desplazaban diez kilómetros más allá, al pueblo de Santa Catalina, donde, aunque todos les miraban con recelo, los comerciantes no se permitían perder aquella oportunidad de negocio.

Al fin, a los chicos del lugar no les habían abducido.

Al contrario, habían rechazado el ofrecimiento de más de uno de unirse a La Comunidad, de forma  que esta se conformaba íntegramente por muchachos y muchachas llegadas de Vega Río y oriundos del Páramo.

Las tardes las pasaban aletargados, dormitando, algunos haciendo el amor, otros charlando o jugando a pelearse o incluso saliendo a cazar pájaros y liebres que volaban o correteaban por la finca.

Normalmente no abandonaban el lugar. No daban problemas, no se metían con nadie. Vivían en un mundo creado por y para ellos, sin preocupaciones futuras. Nadie pensaba en qué sucedería más adelante, en cuánto tiempo podría durar aquello, cuánto tardaría en terminarse el dinero.

Para eso estaba Rei, él los dirigía, los acogía, los permitía vivir en un limbo que parecía no ir a terminarse nunca. Él sabría lo que hacer y todos confiaban en que ese nuevo mundo que Rei les prometía de palabra sería suficiente para abordar lo que el futuro les deparara.