Los hijos rotos Chapter 25
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Chapter 25

El alcalde se presionó las sienes con los dedos índice, corazón y anular. El guirigay que tenía montado en su despacho del ayuntamiento le estaba levantando dolor de cabeza.

Minia se abanicaba al borde del colapso, despatarrada en una de las sillas.

El médico elevaba la voz en un discurso fatalista cada vez más efusivo, López metía baza, de vez en cuando, para soltar alguna de sus fantochadas con las que trataba de quitar peso a todo el asunto, y solo el jefe se mantenía en silencio, aunque movía una de sus piernas rítmicamente transmitiendo al alcalde su nerviosismo.

—¡Basta! —dijo el alcalde golpeando con la palma de las manos sobre los papeles desparramados sobre su mesa —. Aquí la cuestión es si hay algo que se pueda hacer legalmente para sacar a esos, a esos… hippies del pueblo.

El jefe negó con la cabeza. Estaba cansaso de aquel asunto. Veía cómo se le escapaba de las manos. Sentía que todos estaban poniendo la responsabilidad sobre él, y él, impotente, sabía que, en el fondo, no podía hacer nada.

—Eso es lo más llamativo, ¿no se dan cuenta?

Elige a los miembros de su ¿tribu? No sé ni cómo llamar a eso.

Todos son mayores de edad, aunque sea por muy poco, pero lo son.

Tampoco provocan disturbios, ni destrozos, todo está dentro de la ley.

El viejo les ha dado permiso para quedarse en su casa.

Contra eso no podemos hacer nada, ¡nada!

Es como si a mí me diese la gana de invitar a medio pueblo a vivir en mi casa.

El alcalde se puso en pie. Paseó por el despacho, arriba, abajo. Aquella situación le causaba una desazón que no quería seguir soportando .

—¿Entonces cuál es el problema?

Minia también se levantó de la silla, caminó hacia el alcalde y por un momento pareció que le cogería por el cuello de la camisa, pero luego se contuvo y solo apretó sus puños a la altura de las mejillas.

—¡Mi hijo está ahí! ¿Qué pensaría si fuera el suyo? ¿O su hija?

El alcalde se pasó un pañuelo sobre la frente para limpiarse el sudor.

No sabía qué contestar. No podía imaginar que ninguno de sus hijos fuesen capaces de abandonarles ni a él ni a su madre para irse a vivir en una comuna.

Pero claro, no iba a decirle aquello a Minia, era una madre desesperada, por mucho que él lo pensase no se le ocurriría decir que algo habría hecho mal para que su hijo terminase metido en medio del huracán que comenzaba a arrastrar a tantos muchachos del pueblo.