Chapter 24
El doctor entró en el dormitorio del Rubio acompañado por el ayudante del jefe.
La ventana estaba abierta, una ligera brisa movía las delgadas cortinas y el viejo estaba en la cama, vestido con un batín entreabierto y acompañado de dos chicas, las mellizas, jugando a las cartas. La gatita negra dormía plácidamente a los pies de la cama.
El viejo estaba afeitado, desprendiendo un olor de agua fresca de colonia, que dejaba un aroma cítrico en el aire, y mostraba una sonrisa de oreja a oreja en la cara. Al abrirse la puerta, observó con sorpresa a los dos hombres que entraban.
—¡Doctor! —dijo con sincera alegría — Qué sorpresa verle aquí. Y más con el ayudante López…
Los hombres se quedaron un tanto cohibidos con el recibimiento y las risitas que soltaron las chicas.
El doctor vio con el rabillo del ojo una bandeja con un plato manchado de mermelada y restos de pan y una taza con el poso blanco de leche.
—Hemos venido a ver cómo te encontrabas, Rubio. —Susurró el doctor, vacilante.
El Rubio hizo un gesto con los brazos abarcando la estancia.
Lo cierto es que estaba en perfecto orden, al doctor le pareció que incluso mejor que cuando Minia era quien le atendía.
A fin de cuentas ella se ocupaba de atender al viejo y ahora parecía que aquellos jóvenes también realizaban tareas que iban más allá, como la limpieza.
Suponía que debería alegrarse, pero lo cierto es que le embargaba cierta decepción, pues lo que esperaba encontrar era un ambiente caótico .
—Pues ya lo ven, estoy divinamente. ¿Para eso hacía falta traer a la caballería? —dijo haciendo referencia al ayudante del jefe.
—Estamos preocupados —contestó el doctor.
—¿Preocupados? ¿Por qué?
El médico echó una mirada a las mellizas que ellas parecieron comprender de inmediato, ya que se levantaron y salieron de la habitación, una llevándose la bandeja con restos de comida y la otra cargando a la gatita.
Solo cuando cerraron la puerta, el doctor pareció recuperar la compostura y autoridad.
—Por Dios, Rubio, ¿tú sabes cuántas personas están viviendo en tu casa?
El viejo fingió hacer un esfuerzo para pensar.
—No sabría decirle un número exacto, doctor.
López se rió por lo bajo y el doctor le fulminó con la mirada.
—Y ahora también se han mudado aquí la hija del tabernero y el hijo del jefe.
El viejo abrió los ojos sorprendido. Ahora ya no parecía fingir.
—¿El hijo del jefe? ¿Por eso está este aquí? —preguntó apuntando a López.
—El mismo jefe está aquí, y Minia también.
El viejo trató de incorporarse en la cama sin éxito, pero consiguiendo que le diese un ataque de tos.
El doctor se acercó a la cama y le dio unos golpecitos en la espalda.
Después le sirvió agua de una jarra que también estaba sobre la mesilla de noche.
Aquellos muchachos parecían no olvidarse de ningún detalle.
—Rubio, Rubio, ¿has perdido la cabeza? No puedes permitir que tu casa se convierta en un albergue. Esos chicos la destrozarán, gastarán todo tu dinero, pueden robar tus posesiones. —Argumentó sulfurado el doctor.
El viejo se había tranquilizado un poco y, ahora, miraba al médico con las cejas fruncidas y los labios apretados.
—¿Han hecho algo de eso? ¿Ha visto mi casa destrozada o notado que falte algo?
—Esperó unos segundos como esperando una respuesta y siguió hablando —.
Esos muchachos y muchachas mantienen mi casa en orden, me mantienen limpio, me alimentan, me atienden, me entretienen.
Incluso muchas tardes me cargan entre dos en una silla y paso un rato en el porche ¡Al aire libre!
¿Sabe cuánto hacía que no estaba al aire libre, doctor?
Sí, lo sabe. Lo sabe porque nadie se molestó en cuidarme así hasta que no llegó Rei.
Y también sé que mi casa está perfecta porque lo veo cuando me sacan de esta cárcel en la que llevaba más de un año.
El médico y el ayudante parecían avergonzados. No podían replicar nada al respecto de lo que el viejo les estaba diciendo, ya que lo estaban comprobando con sus propios ojos.
—Así que ahora no vengan a hacerse los preocupados —Miró a López —. Dígale a su Jefe que no tiene permiso para estar en mi casa. Que si quiere entrar sin mi permiso la próxima vez vuelva con una orden, y lárguense ustedes también. Estoy mejor de lo que estuve nunca .
López bajó la vista al suelo, indeciso, esperando la respuesta del médico.
—Son críos, y quien con críos se acuesta…
—Sí, sí, ya sé, meado se levanta. Pero resulta que esos críos me traen la cuña —Retó el viejo al doctor —. Tienen mi permiso para vivir aquí, para estar en mi casa. Al contrario que ustedes, así que largo. —Repitió.
El doctor y el ayudante bajaron humillados las escaleras. El jefe había terminado de revisar los documentos de identificación comprobando que todos eran mayores de edad.
El médico le susurró algo al oído y López tuvo la prudencia de no darle el recado del viejo acerca de una orden para entrar en la casa. Ya se ocuparía de eso más tarde, cuando volvieran a estar solos en la comisaría.
Minia salió la primera, cogida del brazo del médico y con el jefe sujetando su cintura por detrás. El tabernero escupió al suelo, maldijo a su hija y salió tras ellos.
Amelia miró a Rei a los ojos y sonrió embelesada. Él le había dicho que era una reina, su Reina, y, en esos momentos así era como se sentía.