Los hijos rotos Chapter 23
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Chapter 23

Los cuerpos se repartían por las distintas estancias de la casa. Cuerpos durmientes que comenzaban a moverse con languidez, resistiéndose a salir del letargo y de la gloriosa sensación de haber traspasado, la noche anterior, una barrera que les separaba del mundo que conocían hasta aquel momento.

Amelia abrió los ojos alarmada porque no había preparado el desayuno a su padre, e inmediatamente se tranquilizó al sentir que el pecho sobre el que descansaba su mejilla era el de Rei.

Allí, con él, se sabía a salvo de todo. Ella ya no pertenecía al mundo de antes. Había despertado al cambio y ya nunca sentiría miedo.

Estaban solos en una de las habitaciones, mientras el resto, más de una veintena de muchachos, compartían espacio, piel, saliva y vida.

Lupa y Fila, tal y como Rei les había ordenado, despertaron a las mellizas para que asearan al viejo y le sirvieran algo de desayuno. Nunca debía estar desatendido. Después fueron despertando al resto de chicos y chicas y entre todos comenzaron a reorganizar la casa repartiendo tareas.

Cuando apareció el coche policial todo estaba en perfecto orden.

Los ocupantes del vehículo se apearon y miraron a su alrededor como si nunca hubiesen visto el lugar.

Alguno de los chicos descansaba en los sillones del porche, mientras uno dellos lo barría. Fila abrió la puerta de entrada, cuando el jefe golpeó sobre ella con los nudillos, y saludó a la comitiva con ironía.

—Cuánto de bueno por aquí .

El tabernero apartó al jefe de un empujón y se encaró con el muchacho.

—¿Dónde está mi hija?

Aquello encendió los ánimos de Minia.

—Y mi hijo —dijo. Y después comenzó a gritar su nombre —¡Lorenzo! ¡Lorenzo!

El jefe la retiró un poco hacia atrás y trató de imponer su autoridad.

—A ver, la pregunta es muy sencilla. ¿Están aquí los chicos?

Fila se encogió de hombros y volvió la cabeza al interior de la casa.

—¡Rei!

El muchacho apareció tomado de la mano de Amelia. El jefe y López tuvieron que retener al tabernero que ya se lanzaba sobre su hija.

—Estás aquí, desvergonzada. Has salido a tu madre.

La muchacha no parecía amedrentada ante las palabras de su padre y respondió con suavidad.

—Tienes razón, ella te abandonó porque no te aguantaba más, como yo.

El tabernero enrojeció de odio y vergüenza.

—Nos abandonó a los dos, que no se te olvide. Era una mala mujer y una mala madre. También a ti te dejó tirada y fui yo quien te crié. Desagradecida.

Amelia le enfrentó sin inmutarse.

—Sabes que murió en un accidente cuando regresaba a buscarme. Tuvo que irse con lo puesto y volvía a por mí en cuanto pudo, con la mala suerte de sufrir aquel accidente.

El tabernero apretó los puños ante el silencio del resto. Su rostro se había vuelto lívido, parecía que se había desinflado ante las palabras de su hija, pero aun así siseó de manera casi inaudible.

—Volverás a casa conmigo, no volverás a pisar la calle.

—No, tengo diecinueve años, no puedes obligarme a nada, ni tú ni nadie —dijo Amelia mirando directamente al jefe.

El doctor se adelantó un poco y se dirigió a Rei.

—Quiero ver al Rubio —dijo con firmeza.

Rei se hizo a un lado y les indicó que pasaran. La actitud imperturbable del muchacho les dejaba a todos un tanto descolocados.

—Claro, están en su casa.

Apartó tras él a Amelia cuando el tabernero pasó ante ellos y le sonrió a Minia.

—Creo que Lorenzo está en la cocina.

—López, acompaña al doctor a la habitación del Rubio —ordenó el jefe.

Sujetando a su mujer del antebrazo la acompañó a la cocina, seguidos del tabernero.

Atravesaron el salón, en perfecto estado, pero plagado de más muchachos y, ya en la cocina, encontraron a Lorenzo y tres muchachos más afanados en preparar comida. Trajinando de un lado a otro, hasta que vieron a los adultos y se detuvieron .

Lorenzo se turbó más que Amelia ante la llegada de sus padres. Era de esperar que vinieran a buscarle, pero no estaba preparado para enfrentarlos.

Minia corrió a abrazarlo y él se dejó hacer sin corresponderla. Ella trató de ignorar la rigidez del muchacho.

—Hijo, qué susto nos has dado. Por Dios, vamos a casa.

Lorenzo volvió la vista al suelo. Se sentía exhausto, como si llevara años planeando aquello y ahora vinieran a molestarlo.

—No voy a volver.

El jefe se plantó ante él. Le sacaba casi dos cabezas y su corpulencia podría fácilmente acongojar al chico.

—¿Cómo has dicho?

—Que no voy a volver.

El jefe tuvo que contenerse para no darle un bofetón. Lorenzo mantenía la mirada desviada, pero se le veía firme en su propósito.

—¿Quieres matar a tu madre de un disgusto? ¿No es suficiente con lo que tenemos que soportar ya?

Entonces Lorenzo levantó la mirada, cargada de ira hacia él.

—No tengo padres y esta es mi casa.

Minia sufrió un vahído y tuvieron que sujetarla entre el jefe y el tabernero, pero ni siquiera esto consiguió que Lorenzo se ablandara.

El jefe trataba de pensar con rapidez. Todos esperaban de él que hiciese algo, que tomara cartas en el asunto, que detuviera aquella locura.

Colérico, su rostro se había vuelto de un color púrpura.

En un acto que parecía más cómico que otra cosa exhibió su placa ante el muchacho rubio haciéndola oscilar ante su cara.

—Está bien. —El jefe se dirigió a Rei —. Quiero ver la documentación de toda esta gente, ¡ahora mismo!