Los hijos rotos Chapter 22
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Chapter 22

Eusebio, García y López se dirigieron en el coche policial a la consulta del médico.

En aquel momento, solo estaba Minia en la misma, ostentivamente nerviosa, frotando una mano contra la otra y mirando al médico con ojos de cordero degollado.

Al igual que el tabernero, se había despertado aquella mañana esperando encontrarse con la rutina de cualquier otra.

Avanzó por el pasillo hasta la habitación de su hijo para decirle que ya era hora de que se levantara y se encontró con una habitación vacía, inusualmente silenciosa, nada de música oscura y blasfema, como solía denominarla el jefe, solo silencio.

La ventana abierta, los primeros rayos de sol de la mañana entrando a raudales y la cama intacta.

Allí no había dormido nadie. Por puro instinto, Minia se acercó a la ventana abierta y se quedó rígida acechando el horizonte.

Después se vistió a toda prisa y acudió a la consulta del médico, pero no para cumplir con su trabajo.

Al ver a su marido, prorrumpió en llanto y se lanzó a él golpeándolo con los puños en el pecho sin apenas fuerza.

—Te dije que ese muchacho traería problemas.

García trató de pasarle un brazo sobre los hombros, pero ella se apartó acercándose más al doctor, que le tendió un pañuelo. Minia estaba enfadada con su marido. En el fondo le culpaba aunque supiera que él no había hecho nada. Quizá ese era el problema, que pensaba que no había hecho nada.

—Todos se lo dijimos, tú, el doctor, yo. —Corroboró el tabernero haciendo sentir aún peor al jefe .

Este levantó las palmas de las manos. Confundido, se preguntaba a sí mismo si realmente podría haber hecho algo, pero su cabeza conmocionada no le dejaba pensar con claridad.

—Calma, calma. No sabemos nada, en realidad. Habrá que ir a la casa del Rubio y comprobar que nuestras sospechas son ciertas. Si los chicos están allí tampoco es tan malo.

—¿Que no es tan malo?

El tabernero resopló. Minia sollozó más fuerte y el médico hizo una de sus muecas características frunciendo los labios y moviéndolos con rapidez haciendo oscilar su bigote.

—Me refiero a que al menos los tendremos localizados, sabremos que no han desaparecido y si están bien. —Trató de explicarse el jefe.

—Todos en marcha. Tenemos que comprobar lo que está sucediendo en ese lugar y comprobar que el Rubio sigue vivo.

Minia se tapó la boca horrorizada.

—¡Doctor!

—No se preocupe, Minia, no creo que a su hijo le haya pasado nada. Me refiero a que ya sabe que la salud del viejo es delicada y ahora está en manos de una pandilla de chiquillos.

Recogió el sombrero de una de las sillas de la consulta y sujetando a Minia de un antebrazo abrió la puerta e indicó a los otros que salieran para después pasar tras ellos.

Varios vecinos del pueblo observaron a la comitiva. Uno se rascaba la barba, otra espiaba con los brazos en jarras, otro más negaba con la cabeza. No sabían lo que sucedía, pero desde la llegada de aquel muchacho estaban seguros de que fuese lo que fuese, tenía relación con él.

Los cinco, Minia, el doctor, el tabernero, el jefe y su ayudante, se metieron en el coche policial y sin dilación se dirigieron a la casona del Rubio.