Chapter 21
Cuando todos terminaron de comulgar y escribir con sangre el nombre de sus opresores, Rei se acercó al radiocasete y cambió la cinta.
Una voz suave atravesó el aire y Rei preguntó.
—¿Qué habéis escrito en vuestros papeles? ¿Qué nombre habéis puesto?
La primera voz se elevó en la noche, arrastrando un deje amargo y lacónico.
—El de mis padres.
Y aquello fue como un pistoletazo de salida. Todos los muchachos y muchachas agitaron sus papeles al mismo tiempo que repetían la frase del primer chico.
—El de mis padres, el de mis padres.
Solo entonces, cuando la canción llegó a la estrofa que Rei esperaba, se llevó un dedo a los labios haciendo callar a los chicos.
—Escuchad.
“Vengan, madres y padres, a través de la tierra / Y no critiquen lo que no pueden comprender / Sus hijos e hijas no seguirán sus órdenes / Su antiguo camino envejece con rapidez / Por favor, salgan del nuevo, si no pueden brindar su apoyo / Porque los tiempos están cambiando“
Los muchachos se mesaban los cabellos. Algunos lloraban, otros reían, una chica comenzó a aullar a la luna.
Lorenzo se abrazaba a unos y a otros repartiendo el amor que Carla le había transmitido y todos se lo devolvían, como si todos fuesen uno .
—Ahora os enseñaré a libraros de vuestro pesar —Rei tomó a Amelia de la mano y la llevó hasta la hoguera.
—Quema aquello que apaga tu propio fuego, y deja que la nueva vida arda en ti.
Amelia lanzó el papel a la hoguera. Parecía a punto de desmayarse. Sus mejillas desprendían calor y su frente ardía en fiebre.
Rei tomó un poco de agua de uno de los barreños y sujetando su nuca le echó la cabeza hacia atrás y vertió el líquido sobre su cabello. Este escurrió sobre su frente y Amelia sintió un alivio infinito que calmaba la fiebre. Cayó de rodillas ante Rei y este la levantó con delicadeza.
—Has renacido. Has recibido el bautizo, la comunión y la liberación de tus opresores. Bienvenida a La Comunidad.
Se volvió al resto de muchachos.
—Ahora os toca despertar. Venid a mí y abrid los ojos a vuestra nueva vida.
Y mientras uno a uno iban quemando sus papeles y recibiendo el bautismo, una de las estrofas de aquella canción se repetía grabada en bucle en el infinito de la noche atravesada por las Perseidas.
“La línea está trazada, la maldición está lanzada / El lento de ahora será rápido más tarde / Como el presente ahora será después pasado / El orden se está desvaneciendo rápidamente / Y el primero ahora será el último más tarde / Porque los tiempos están cambiando”
22 .
Eusebio, el tabernero, se levantó aquella mañana, que parecía como cualquier otra, y salió de su habitación para orinar y dirigirse a la cocina, donde cada día, su hija Amelia le esperaba con café recién hecho y pan del día anterior huntado con mantequilla.
La chiquilla no estaba allí. Al principio, Eusebio no se alteró, pensó que estaría haciendo la cama, ventilando su habitación o terminando de arreglarse para después bajar a la taberna a ocuparse de la cocina.
Pero pronto se dio cuenta de que no solo no había puesto la mesa con su café y su pan, sino que ni siquiera estaba puesta la cafetera.
Levantó la tapa para ver su interior vacío.
Maldijo en voz baja y se dirigió a la habitación de la hija dispuesto a decirle que era una vaga irresponsable y que se olvidara de volver al restaurante de comida rápida a reunirse con aquella pandilla de haraganes que tenía por amigos.
Pero al abrir la puerta de golpe y sin llamar, encontró ante él un paisaje tan desolado como el de la cocina.
La cama estaba hecha, no tenía pinta de que nadie hubiese dormido allí aquella noche.
Eusebio enrojeció. Volvió al baño y se echó un poco de agua fría sobre la cara.
Pasó los dedos mojados para asentar sus cuatro pelos, se puso sobre la camiseta interior de tirantes la camisa de cuadros del día anterior, con olor a tabaco y vino, los pantalones, y, olvidando por completo que no había desayunado, se dirigió con paso firme y lo más rápido que se lo permitían sus cortas piernas, a la oficina del jefe de la policía.
Al entrar vio a López sentado tras la mesa de la recepción. Le adelantó sin responder a su saludo y abrió la puerta del despacho del jefe con el mismo ímpetu con el que momentos antes abriera la de la habitación de su hija.
García estaba al teléfono y su cara reflejaba un gesto entre el asombro y la preocupación. Le hizo una señal al tabernero y se despidió con un “No te preocupes, Minia, será una chiquillada, cuando le pille se va a enterar”.
Apenas colgó el teléfono, Eusebio golpeó con las palmas de sus manazas gordas, de dedos cortos, sobre la mesa. López se había levantado y observaba desde la puerta.
—Mi hija ha desaparecido. —Soltó el tabernero.
—Mi hijo también. —Fue la respuesta del jefe.
López soltó una risita inoportuna y los otros hombres le miraron. Él se encogió de hombros.
—No me digan que no está claro lo que está ocurriendo.
El tabernero negó con la cabeza.
—Mi hija nunca se escaparía con un hombre como una vulgar furcia, y además ese chico…
El jefe se levantó de golpe de la silla derribando la misma al suelo. Había enrojecido y sus ojos se achicaron por la rabia. Su voz se volvió feroz.
—Ese chico, ¿qué? —Se enfrentó al tabernero — No olvides que estás hablando de mi hijo, Eusebio.
López tragó saliva. Sabía que el tema del hijo del jefe, los cuchicheos, los comentarios soterrados, le importunaban al punto de ser capaz de olvidarse de la figura que representaba. El tabernero se veía fatigado de la caminata y fuera de sí. No parecía muy dispuesto a guardar las formas.
El ayudante entró en el despacho para ponerse a la altura de los dos hombres.
—Por Dios, ¿es que no se dan cuenta? Estoy hablando del muchacho extranjero, el de la casa del Rubio.
Solo entonces los dos hombres dejaron de retarse con la mirada y los puños apretados, sopesaron las palabras del ayudante y comprendieron, con impotencia, que se enfrentaban a algo mucho peor de lo que habían imaginado.