Los hijos rotos Chapter 20
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Chapter 20

Rei llegó al lugar cargando consigo un radiocasete y admiró el espectáculo desde la entrada. El lugar era perfecto, evocaba misticismo, destilaba misterio, le gustaba.

Habían marcado el camino con grandes piedras a los lados y cada tanto se veía una antorcha que lo iluminaba.

Al final del mismo, junto a la gran roca una pira de fuego dibujaba sombras danzantes sobre la misma.

Había anochecido por completo, el cielo se veía raso, sin una sola nube y plagado de estrellas a las que no entorpecía la luz artificial como en las grandes ciudades.

Al lado de la roca dos barreños rebosaban de agua y hielo y contenían innumerables botellines  de cerveza. Muy cerca pusieron una mesa con un mantel blanco sobre el que habían colocado distintas botellas de licores y una fuente con las galletas cocinadas por Saúl aquella misma mañana.

Rei depósito el radiocasete junto a la fuente de galletas y observó al grupo de chicos y chicas que se agolpaban a su alrededor.

Eran una veintena de siluetas resplandecientes bajo la luna y el cielo estrellado, que aquella noche prometía una verdadera lluvia de estrellas.

Lágrimas de San Lorenzo que serían las testigos silenciosas de la iniciación de aquellos jóvenes en La Comunidad.

Los jóvenes bebían y fumaban despreocupados, disfrutando de la agradable temperatura de la noche.

No había mucho que hacer por allí y la llegada de Rei había sido como un soplo de aire fresco que se había colado de improviso en sus rutinarias y aburridas vidas.

El carisma del muchacho se había extendido como la pólvora y todos querían participar en aquellas fiestas .

Rei hizo sonar la música y el sonido fluyó en el aire recorriendo el camino, los frondosos árboles de la finca y los cuerpos jóvenes y ansiosos de diversión de los muchachos.

Cuerpos cimbreantes, oscilando al son de la música, rozándose, acomodándose entre ellos, con sonrisas plácidas y miradas extraviadas, disfrutando del calor soporífero de la noche.

—Esta noche —gritó Rei elevando su voz sobre la música— las perseidas nos mostrarán un nuevo camino.

Lo dijo señalando hacia la entrada y todas las miradas se volvieron hacia el lugar mientras Amelia y Lorenzo caminaban entre las piedras, mirando a su alrededor hipnotizados por el ambiente.

Los ojos recorrían con avidez todo lo que les rodeaba.

El destello del fuego los embargaba y el grupo, alborozado, ejercía sobre ellos una atracción inaudita y peculiar.

—Hoy Lorenzo derramará más lágrimas que nunca —dijo Rei dirigiéndose al muchacho que caminaba junto a Amelia hacia el grupo —, las mismas lágrimas que derrama un bebé cuando llega a un nuevo mundo para él.

Amelia y Lorenzo se detuvieron a escasos metros del grupo.

Rei se abrió paso llegando hasta ellos y les tomó de una mano a cada uno.

Amelia observaba todo alucinada y sintió un respingo cuando notó la mano de Rei apretando la suya.

Un calor recorrió todo su cuerpo y, por un momento, se creyó ingrávida, como si fuese a salir flotando en el aire.

—Hoy todos renaceremos. —Sostuvo la mirada agitada de Amelia, tan agitada como su pecho, que subía y bajaba en una respiración desacompasada como los latidos de su corazón en aquellos momentos —.

Y tú serás la primera, porque tú eres la Reina.

Lo sé desde el primer día que te vi. Y tú también lo sabes, solo que aún no has despertado.

Soltó la mano de Lorenzo y caminó arrastrando a Amelia con él hasta la mesa. Tomó una de las pequeñas galletas y la acercó a la boca de la chica. Ella, obediente, inclinó un poco la cabeza y entreabrió sus labios pequeños y rosados.

—Abre la boca, saca la lengua y recibe la primera comunión, la verdadera, la que te despertará a un nuevo mundo en el que serás libre de todo aquello que te oprime.

Los muchachos habían formado un círculo alrededor de la mesa. La música sonaba a bajo volumen y todos se mantenían en silencio escuchando a Rei. El ambiente se había inundado de una quietud pasmosa.

—Dime Amelia, ¿quién coharta tu libertad? ¿Qué es aquello que más te oprime?

Amelia notó que los ojos le ardían. El dolor llenaba su pecho y sus pulmones. Qué era lo que tenía aquel muchacho que conseguía que quisiera sincerarse con él sin importarle que una multitud los estuviera observando.

—Mi padre.

Rei puso una mano bajo su barbilla y la instó a abrir la boca.

—Más alto, Amelia.

—Mi padre —gritó.

—Dame tu lengua .

Amelia, como una niña pequeña ante el médico que va a mirarle las anginas, se la ofreció y Rei depositó sobre ella una de las galletas.

Después volvió a tomarle una de sus manos y ayudado por un cúter le hizo una pequeña llaga en el dedo índice y le ofreció un trozo de papel.

—Escribe con tu sangre el nombre de ese que te oprime, pues eres sangre de su sangre, pero esta noche te liberarás de ese peso.

Amelia garabateó el nombre del tabernero. Comenzaba a sentirse mareada, pero era un mareo dulce que relajaba cada poro de su piel como si su alma escapara de su cuerpo y de pronto se sintiera ligera, ingrávida, igual que cuando él le había dado la mano.

Rei se dirigió al círculo de discípulos.

—Fani, Carla, venid aquí.

Las mellizas se acercaron solemnes y ofrecieron sus lenguas a Rei.

Este dejó sendas galletas sobre ellas y les cortó el dedo índice para que ellas escribieran en sus trozos de papel.

Después le dio la fuente de galletas a Carla y el cúter y un taco de papeles a Fani y las muchachas comenzaron a recorrer el círculo de muchachos que ofrecían sus lenguas ansiosos y extasiados ante la magnitud del momento.

Fani cortaba sus dedos mientras les restregaba el cuerpo entregada por completo al calor de la noche, del fuego y de la plenitud que fluía por sus venas tras tomar la verdadera primera comunión.

Todos rellenaban sus papeles como niños aplicados haciendo los deberes y cuando le tocó el turno a Lorenzo recibió la galleta de la propia lengua de Carla, que, repentinamente sentía la necesidad de amar a todos cuantos la rodeaban.

Lorenzo observó el cielo mientras Fani rajaba su índice.  Vio una perseida que cruzaba veloz para desvanecerse como él pensó que ocurría con su propio cuerpo en aquel momento. Luego, escribió con su propia sangre el nombre de sus padres.