Chapter 19
La taberna cerraba sobre las once de la noche. Amelia había quedado con Lorenzo a las doce menos cuarto para llegar a medianoche a la finca del Rubio.
En su habitación, sacó del armario el vestido más bonito que tenía, con escote palabra de honor y ceñido a la cintura.
Se lo puso con cuidado para no estropear el moño en el que había sujetado su cabello.
Se había esmerado en copiar el peinado de una de las modelos que aparecía en una revista de las que le pasaba Sonia, la hija del alcalde, cuando se cansaba de ellas.
Se miró en el espejo y se preguntó si él la vería hermosa.
Si tan siquiera la vería entre todas las demás chicas que acudían a sus fiestas.
Recordó las palabras de Fila “Tú estás personalmente invitada por Rei. Me dijo que te transmitiera que sería un honor para él que acudieras esta noche.”.
Se preguntó si serían ciertas o solo una formalidad, una manera cortés de invitarla.
Si su padre la viese así vestida, así de nerviosa, loca por salir corriendo a encontrarse con aquel muchacho que para él era el mismísimo diablo, la encerraría en la taberna y no la volvería a dejar salir nunca.
Escuchó el sonido de una piedrecilla contra el cristal de la ventana. Al acercarse vio a Lorenzo en la carretera.
Amelia abrió la ventana, se sentó en el alféizar y saltó sobre el tejado del porche de la entrada. Después se descolgó mientras Lorenzo la sujetaba por la cintura y ella tocaba el suelo con sus zapatillas blancas de bailarina.
—Estás muy guapa.
Y a Amelia le gustó el cumplido y no se ruborizó porque sabía que viniendo de Lorenzo no tenía ninguna segunda intención.
A ella no le importaban las habladurías que se escuchaban por todo el pueblo sobre Lorenzo.
Estaba segura de que eran ciertas, aunque el chico nunca se lo había confesado, a pesar de que eran amigos desde hacía años y había algo en ellos, no sabía si su timidez compartida o su sensibilidad, que los unía casi como a hermanos.
—¿Vamos? —preguntó en un arranque de valentía, mirando hacia la ventana del salón donde se veían las luces encendidas. Su padre solía ver la televisión hasta tarde.
—Vamos. —Corroboró Lorenzo.
Se cogieron de la mano, como dos niños pequeños o dos enamorados y los dos se perdieron entre la espesura de los árboles donde se hallaba el camino que los llevaba a la finca del Rubio.