Los hijos rotos Chapter 17
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Chapter 17

A pesar de tener diecinueve años, Amelia había cursado el último año en el instituto, junto a Lorenzo, el hijo del jefe de la policía y Sonia, la hija del alcalde, ambos con dieciocho añitos recién estrenados, ya que el trabajo en la taberna le quitaba horas de estudio y había repercutido en que repitiera curso.

La mayoría de los alumnos del instituto no habían cumplido los dieciocho, lo que, a pesar de intentarlo, les había vetado la entrada a las cada vez más famosas fiestas de aquel muchacho rubio de ojos verdes atrayentes, que se había instalado en la casa del Rubio.

Por lo general, a partir de su llegada, todas las conversaciones giraban en torno a él y el misterio que le rodeaba.

Las chicas suspiraban por él y los chicos querían ser sus amigos y presumir de conocerlo.

Se había convertido en un ser enigmático, y, como cualquier enigma, despertaba la curiosidad de quienes le rodeaban haciéndoles desear conocerlo y participar de aquel magnetismo.

Amelia no escapaba al aura que desprendía el muchacho.

A diario recordaba el día que se había presentado en la taberna y cómo la había mirado.

Entonces se estremecía y deseaba con todas sus fuerzas tener la suficiente valentía para acudir, aunque fuese una sola vez, a alguna de aquellas fiestas y volver a verle.

Ahora que era agosto y el instituto todavía no había comenzado, muchos de los alumnos acudían al único restaurante de comida rápida del pueblo para poder pasar un rato juntos y socializar entre ellos.

Amelia, de vez en cuando, conseguía el permiso de su padre para dejar la barra de la taberna y reunirse en aquel restaurante con los demás chicos.

Aquel era uno de aquellos días. Amelia llevaba una blusa rosa pálido y unos tejanos ajustados que la hacían parecer aún más joven de lo que era y escuchaba atenta y callada las conversaciones de sus amigos.

—En marzo cumpliré los dieciocho y podré ir a las fiestas del caserón —decía uno de los muchachos, pecoso y flacucho, a menudo objeto de las chanzas de los otros.

—Para qué iban a querer a un pulgoso como tú en esas fiestas. —Se mofó una muchacha de nariz respingona, que chupaba con fruición un chupachups —. Dicen que prefiere a chicas guapas y atrevidas —dijo aguantando la risa—. Además, de aquí a marzo quién sabe lo que será de él. Igual se va, o le echan.

—¿Y por qué y quién le iba a echar? —exclamó el pecoso contrariado.

—Pues el padre de este —contestó la muchacha apuntando a Lorenzo, el hijo del jefe de la policía.

—Lorenzo, ¿es cierto? ¿Tu padre le quiere echar?

El muchacho se encogió de hombros. Su cara aniñada y su poca altura hacían que pareciese un niño y no un adolescente. Se apartó el pelo ligeramente largo y castaño y enfrentó a sus amigos que esperaban una respuesta.

—Creo que a mi padre le importa una mierda —contestó—. La que lo tiene atragantado es mi madre .

—¿Y eso? —preguntó otro de los muchachos.

—Pues porque le quitó el trabajo, idiota, que no te enteras de nada —contestó la del chupachups.

—Ey, Lorenzo, tú ya tienes dieciocho, podrías ir a una de las fiestas. —Se emocionó el pecoso.

—Además dicen que le gusta que vayan chicas —replicó con maldad e intención la del chupachups.

Todos, menos Amelia y Lorenzo, que había enrojecido de rabia, prorrumpieron en escandalosas carcajadas, hasta que la aparición de dos chicos junto al grupo les hizo callar de forma súbita.

—Qué hay chicos. —Saludó Fila, afable. La camiseta blanca de tirantes marcaba el moreno de su piel y unos hombros bien formados. Apartó el flequillo negro de la frente al tiempo que les dirigía una amplia sonrisa.

Sin embargo, reinó el silencio. Eso no pareció desanimar a Fila que volvió a dirigirse allos, entusiasta.

—Venimos a invitaros a una fiesta esta noche. Pero me imagino que ya sabéis que hay que tener dieciocho años o más. ¿Alguien por aquí?

El pecoso, sin decir palabra, empujó a Lorenzo hacia Fila mientras Lupa le miraba serio desde detrás de los gruesos cristales de sus gafas.

—Tú eres el hijo del jefe, ¿verdad?

Lorenzo, aunque azorado, contestó a la defensiva.

—Sí, ¿hay algún problema con eso?

—No, si no lo tienes tú —contestó Fila, amistoso .

La del chupachups se plantó al lado de Lorenzo. Sacó el caramelo de la boca y se estiró un poco la falda corta que le llegaba a mitad de los muslos. Sonrió con descaro entrecerrando los ojos a los que les pegaba directamente el sol y se hizo visera sobre ellos con la mano libre.

—Yo los cumplo muy pronto, y estaría encantada de conocer a Rei. Ya sabes a lo que me refiero. —Le lanzó una mirada a Fila parpadeando con rapidez, coqueta.

Fila le acarició la mejilla y le metió un mechón de pelo tras la oreja.

—Ya habrá tiempo, preciosa.

Luego se volvió hacia Amelia. La chica se mantenía entre el grupo, indecisa, sin atreverse a decir nada. Nerviosa, metía en la boca el fino crucifijo de oro que colgaba de su cuello.

Fila la señaló y le hizo un gesto con la cabeza para que se acercara. Ella caminó despacio y el muchacho se acercó hasta casi rozar su oreja con los labios, pero habló lo suficientemente alto para que los demás le escucharan. Amelia percibió azorada el calor que desprendía el cuerpo del chico.

—Tú estás personalmente invitada por Rei. Me dijo que te transmitiera que sería un honor para él que acudieras esta noche.

Un calambre recorrió el vientre de Amelia que pensó que se desmayaría ante las miradas que todos los presentes habían fijado en ella. La del chupachups volvió a entrecerrar los ojos, ahora con envidia. Aquella no era más que una mosquita muerta, qué iba a pintar en una de aquellas fiestas.

Amelia se ruborizó. Notó cómo le ardían las mejillas. Un temblor imperceptible hacía cimbrear su cuerpo y pensó que el repentino pitido en sus oídos sería audible por todos.

—Yo… yo no sé si podré. Mi padre…

Antes de que pudiera acabar, Lorenzo habló por los dos.

—Si va Amelia, yo también voy.

Fila agarró a Lupa por el antebrazo para indicarle que se marchaban y dio por zanjada la conversación. Le dio un golpecito a Lorenzo en el hombro tratando de transmitirle complicidad y guiñó un ojo a Amelia.

—Os esperamos a los dos, entonces. Hoy será una fiesta especial. No sabéis la suerte que tenéis de que Rei os haya invitado.