Chapter 15
En El Páramo no tardó en correrse la voz de las fiestas que se organizaban en el caserón del Rubio y todos sabían que el tabernero había doblado su pedido para atender la demanda de los seis jóvenes llegados de la nada.
A Amelia, otros jóvenes del Páramo, comenzaban a preguntarle sobre los muchachos que acudían a por mercancía a su taberna.
Ella contestaba como podía, ya que su padre nunca le dejaba atenderlos.
De todas formas, cada vez se pasaban menos por allí, y si lo hacían, era para comprar algo suelto, como si lo estuviesen adquiriendo en otro lugar y, de repente, se quedaran sin algo y acudieran a la taberna como una urgencia.
El tabernero comenzó de nuevo a rebajar sus pedidos y cada vez les recibía con peores modos.
El jefe de policía seguía negándose a acudir al caserón, en parte porque no veía razón legal para hacerlo y en parte por su más que conocida enemistad con el Rubio después de lo sucedido casi un cuarto de siglo atrás.
En el fondo se alegraba de que, por fin, la testaruda y orgullosa de su mujer, Minia, hubiese dejado de acudir a ocuparse del viejo.
El que el doctor la hubiese asignado como su enfermera le había parecido una broma cuanto menos pesada y, eso, también había resquebrajado un tanto su relación con el mismo, encontrando cierto placer en negarle su ayuda para echar a los extranjeros del pueblo.
El verdadero problema comenzó cuando cada vez más y más chicos del Páramo comenzaron a acercarse al caserón y terminaron participando en aquellas fiestas.
Ahora ya no eran solo el médico, el tabernero y Minia quienes se quejaban.
Los padres de aquellos otros muchachos comenzaban a preocuparse e inquirían al jefe por la calle .
El número crecía y en El Páramo las principales autoridades, el jefe de policía y el alcalde, seguían mirando hacia otro lado, porque, a fin de cuentas, todos eran mayores de edad, no creaban tumultos y el Rubio había dejado muy claro que tenían su consentimiento para vivir en su casa.