Los hijos rotos Chapter 13
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Chapter 13

Las tres muchachas se bajaron de la camioneta y miraron a su alrededor.

Permanecían juntas y Rei las abrazó desde atrás rodeando sus hombros.

Las chicas tenían juntas sus cabezas alternando el bonito color de sus cabellos.

El lugar no era de un paisaje espectacular, pero el tamaño de la casa impresionaba bastante.

—Bienvenidas a mi reino.

Una de ellas rio con soltura y aplaudió con gracia.

Rei la tomó de la mano y las otras dos chicas salieron tras ellos en dirección a la casa.

Rei dejó la camioneta por la parte de fuera de la verja y la empujó para que las chicas pasaran haciendo una extravagante reverencia ante la que las muchachas volvieron a reír.

Lupa y Fila, sentados en el porche, elevaron los brazos, ambos con sendas cervezas y Fila se incorporó y silbó galante ante la llegada de las chicas.

Rei abrió los brazos abarcando a las muchachas.

—Comienzan a llegar las princesas, ¿alguna vez os ha fallado Rei?

La chica más atrevida y otra de ellas cogieron un botellín de cerveza, y la tercera, que se veía más apocada, se sentó con timidez junto a Lupa.

—Estas son Luci —dijo Rei apuntando a la tímida —, Carla y Fani. Pelo negro y Carla son mellizas.

Fani era pelo negro, pues tal y como Rei la había llamado, lucía una larga melena negra como el azabache.

Era muy extrovertida y coqueta y Fila y Lupa no le quitaban el ojo de encima.

Vestía una camiseta apretada de tirantes que marcaba unos pechos pequeños y firmes y unos shorts vaqueros que dejaban ver unas piernas largas y fuertes, casi musculadas en los muslos y pantorrillas.

—Y estos son Fila y Lupa, chicas. Aquí nadie pasa de los veinticinco y vais a conocer el cielo en la tierra.

—Sííí —Clamó Fani levantando su cerveza—. Estoy deseando que me lo enseñes.

Rei se rio, le dio la mano y la hizo girar sobre sí misma ante la atenta mirada de sus amigos. Después se agachó para ponerse a la altura de la tímida, que seguía sentada junto a Lupa y la besó con ligereza en los labios.

—Luci, aquí estamos solo nosotros, nada de adultos. Nadie que te dañe.

Ella sonrió con dulzura. Su cabello era de un rubio ceniza y al sonreír se le marcaban dos hoyuelos en cada mejilla que le daban un aire aún más inocente.

Lupa eructó sonoramente.

—Salvo el viejo de ahí arriba y las visitas inoportunas. —Puntualizó al comentario de Rei.

Rei soltó a Luci y sujetó con brusquedad a Lupa por el cuello de la camiseta. Su mirada inescrutable traspasó los ojos del chico. Parte de la cerveza se derramó sobre su camiseta sucia y agujereada en la parte de abajo, como si se la hubiesen comido las polillas. Apenas le tapaba la enorme barriga.

—En todas las guerras hay daños colaterales e inevitables. ¿Voy a tener que repetírtelo más veces?

Lupa, a pesar de su volumen, se encogió en el asiento sin saber qué contestar. En ese momento sonó la campanilla y Rei le soltó para volverse sonriente hacia las chicas, un poco tensas por la situación .

—Vamos, princesas, hora de conocer al benefactor. Sed amables.

Subieron todos a la habitación del viejo entre risas y carreras. La falda de vuelo de Carla iba bailando en cada escalón mientras Lupa miraba sus piernas con lascivia. La melliza de Fani no tenía aquel toque sexy de su hermana, pero no estaba nada mal.

El viejo sentado en la cama, se vio de golpe rodeado de las tres muchachas.

Fani cogiendo su rostro entre unas manos blancas y suaves, Carla dejando caer una de las suyas sobre el muslo derecho del hombre y Luci acariciándole el ralo y escasísimo, cabello, prácticamente inexistente.

El viejo paseaba los ojos de una a otra con regocijo. Chasqueó la lengua satisfecho.

—Vaya, vaya, vaya, esto ya me va gustando más.

Rei sonreía apoyado en el quicio de la puerta.

El olor rancio de la habitación se mezcló con el de los perfumes, champús y cremas que llevaban las chicas.

La gatita empezó a verse trasladada de mano en mano, recibiendo arrumacos que soportaba con resignación y aquello comenzaba a parecer la visita de los nietos a su abuelito enfermo.

—¿Qué te parece, viejo? ¿Quién se va a ocupar desde ahora de darte la comida a la boca, traerte las cervezas y los whiskys, y darte masajes en tus cansados músculos?

—Creo que podría hasta darme un buen baño —rio el viejo, pícaro.

Rei avanzó por el cuarto y se sentó en el borde de la cama. Cogió a la gatita, rescatándola de tanto trasiego,  y comenzó a acariciarla .

—Me han dicho que tuviste una visita mientras estaba fuera.

—Sí, ese puñetero doctor empeñado en amargarme lo que me queda de vida.

—Supongo que le dejarías las cosas claras —dijo Rei sin mirarle ni dejar de acariciar a la gatita.

—Claro que sí, Rei. ¿Crees que soy idiota? Le dejé muy claro que esta es mi casa y aquí mando yo, hago lo que quiero y recibo a quien me da la gana.

Fani aplaudió efusiva y besó al viejo en la mejilla. El Rubio puso la otra mejilla de inmediato y la chica repitió la operación. Luego, el viejo fue acercando su rostro a las otras chicas.

—Ay, mis dulces niñas, no sabéis el bien que le hacéis a este viejo tullido.

Rei se levantó de la cama y les hizo un gesto a Lupa y Fila para que le siguieran. Luego se volvió hacia las chicas y el Rubio.

—Muy bien, viejo, sigue así. Sabemos ser agradecidos, ¿verdad, chicas? Me parece que este hombre se merece un buen enjabonado.

Las tres rieron a un tiempo y el Rubio exhaló con fuerza, como si aquella fuese la mejor noticia del mundo.