Chapter 12
Rei se fue en la camioneta, que había conseguido arreglar, y volvió de Vega Río dos días después, con más alcohol, comida y tres muchachas.
Pero mientras estuvo fuera, el caserón del viejo recibió la visita del médico.
Llegó a las dos de la tarde, tras haber atendido a su último paciente. Se limpió el sudor de la frente y el que le escurría bajo los ojos antes de hacer sonar el timbre de la entrada.
Un muchacho obeso, con unas gafas gruesas, le abrió la puerta.
Durante un segundo, el médico estuvo tentado a echarse hacia atrás y comprobar que estaba ante la casa del Rubio.
—¿Quién es usted? ¿Qué quiere? —preguntó el chico, impertinente.
El médico pareció recuperar el aplomo.
—Soy el médico del Páramo, muchacho. Y soy yo quien debería preguntar quién eres tú.
El chico se encogió de hombros con indiferencia.
Rei les había avisado de posibles visitas y les había indicado instrucciones a seguir, entre las que se encontraban mantener la casa en orden, no dejar alcohol a la vista en la habitación del viejo, tener preparadas sus comidas y medicinas y mostrar toda la educación de la que fuesen capaces con cualquier vecino al que le diera por pasarse por allí.
Lupa no era un experto en educación, pero se esmeró lo que pudo.
—Ah, el médico. —Volvió la cabeza al interior de la casa —. Fila, el médico está aquí.
Otro muchacho se plantó ante los ojos cada vez más desorbitados del hombre plantado a la puerta.
—Buenos días, ¿desea usted algo?
El médico apretó los labios y los movió rápidamente a los lados, aguantando las ganas de interrogar a aquellos dos chicos. A cambio, pensó que sería mejor hablar directamente con el Rubio y comprobar por él mismo que estuviera bien.
—Soy el médico del Rubio y quiero verlo. —Exigió.
Fila abrió la puerta de par en par y casi le hizo una reverencia invitándole a pasar. El médico lo hizo e, inmediatamente, echó un vistazo a su alrededor comprobando que la casa parecía estar en buen estado.
—¿Dónde está el otro muchacho?
—¿Rei? —preguntó Lupa, haciéndose el tonto. Y sin esperar respuesta — Está haciendo unas gestiones en la capital, pero no tardará en volver.
Fila se adelantó hacia las escaleras.
—El Rubio está arriba.
El médico pasó a su lado y comenzó a subir las escaleras sin esperar.
—Sé dónde está. No hace falta que me acompañes, quiero hablar con él a solas.
Dejó a los muchachos en la planta baja y abrió la puerta de la habitación del viejo sin avisar .
La ventana estaba abierta para ventilar el cuarto, lo cual no evitaba que el olor rancio del encierro lo ocupara todo.
El médico vio un plato con restos de comida y una manzana sobre la mesilla de noche.
El viejo tenía una revista abierta y un pequeño gato en su regazo.
Levantó la cabeza de las fotos que mostraban chicas semidesnudas y dejó al médico ver su sucia dentadura al sonreír.
—¡Doctor! Qué agradable sorpresa. —Ironizó.
El médico quitó la cuña que había sobre una silla de madera y, sin que nadie le invitara, la acercó a la cama y se sentó en ella, muy recto, con el cuerpo y los músculos de la cara tensos.
—Rubio, ¿te has vuelto loco? Cómo puedes haber dejado que tomen tu casa ese tal Rei y ahora, ahora —El médico apuntó hacia la puerta —, ahora esos otros dos más.
El viejo cerró la revista y acarició a la gatita.
—Estaba harto de Minia. No me gusta, nunca me gustó, menos después de lo que pasó hace veinticinco años. Verla me trae recuerdos que preferiría olvidar.
Al médico le apetecía tirarse de los pelos.
Aquel hombre se había vuelto completamente loco.
Una cosa era no estar de acuerdo o cómodo con su cuidadora y otra abrirles la puerta primero a uno y ahora a otros dos desconocidos.
En El Páramo no eran amigos de los forasteros, no estaban acostumbrados a tratar con gente de fuera, se conocían todos entre ellos y eso, a pesar de que el ambiente pudiese no ser el mejor entre los vecinos, era mil veces mejor que dejarse llevar por personas de fuera, por personas que no eran del pueblo .
—¿Qué clase de excusa es esa? No quieres a Minia, vale, pero ¿por eso metes en tu casa a desconocidos? Son vagabundos, pordioseros que solo quieren tu dinero.
El viejo gruñó un poco. Al final el dinero siempre salía a relucir, como si él por sí mismo no importara nada ni a nadie.
—Ese es mi problema.
—¡Podrían hacerte daño! No tienen ni idea de cuidarte.
El viejo hizo aspavientos con sus manos. Se le veía eufórico y feroz al mismo tiempo.
—Puede que usted sea el equivocado. Son más fuertes que Minia, pueden hasta cuidarme mejor. Me dan mis medicinas, comida, me lavan, pueden acompañarme al baño a cagar, no como esa bruja, con ella tenía que hacerlo todo aquí…
El médico echó un rápido vistazo a la habitación y, aunque no vio nada, no por eso dejó de hacer la pregunta.
—Te están dando alcohol, ¿verdad?
El viejo cogió a la gatita con delicadeza y acercándola a sus labios la besó en la cabeza. Después fijó la mirada en el médico.
—Doctor, sé que por su profesión usted tiene que aconsejar lo mejor a sus pacientes. Pero no olvide que los consejos se cogen o se dejan. Y, sobre todo, no olvide que está en mi casa, y que soy yo el que decide.
Como si hubiese estado escuchando tras la puerta, esta se abrió dando paso al más flaco de los muchachos portando una jarra de agua y un vaso .
—¿Quiere beber algo, doctor?
Este se quedó petrificado en la silla ante la rocambolesca situación de que unos extraños estuvieran haciéndose con la vida y la casa del viejo. Pero el Rubio, como si lo tuvieran ensayado, negó con la cabeza y dijo:
—No hace falta, Fila, el doctor ya se iba.