Los hijos rotos Chapter 11
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Chapter 11

El Rubio miró con desconfianza a los dos  desconocidos que entraban junto a Rei en su habitación. Clara se erizó, bufó sin fuerza y se refugió entre la sábana que cubría al viejo hasta la cintura, mientras el pecho, cubierto de vello ralo y canoso, permanecía al descubierto.

—¿Quiénes son estos, Rei?

—Estos son Fila y Lupa, Rubio. Y desde hoy estarán a tus órdenes.

Los dos muchachos se miraron entre sí, aturdidos, y después al viejo, que comenzó a reír.

—Pero bueno, me prometes princesas y me traes bufones —exclamó.

Lupa achicó los ojos, volviéndolos aún menos visibles tras sus gafas de culo de botella.

—¿Qué broma es esta, Rei?

Rei no le prestó atención.

—Viejo, pesas demasiado para que te atiendan delicadas princesas en ciertas necesidades. Pero yo cuando doy mi palabra la cumplo. Tendrás tus princesas para quehaceres más agradables.

El viejo se revolvió en la cama. Gruñó un poco y apartó a un lado a la gata con delicadeza.

—¿Sí? Pues ahora tengo una imperiosa necesidad de cagar.

Miró fijamente a los muchachos que habían llegado con Rei y sonrió mostrando una dentadura sucia y amarillenta .

Los muchachos volvieron la mirada hacia Rei. A ellos tampoco era eso lo que les había prometido.

—Vale, muchachos, primera lección: el viejo mea en la cuña y caga en el baño del fondo del pasillo. No puede caminar solo, así que hay que llevarlo hasta la taza.

Apartó la sábana para que los chicos vieran los dos muñones a la altura de las rodillas. Fila hizo un gesto de aprensión y Lupa resopló contrariado.

—Oye, Rei… —comenzó a decir Fila, pero una sola mirada del muchacho le bastó para acercarse a la cama del Rubio mientras le indicaba a Lupa con un gesto que le ayudase.

Los dos muchachos incorporaron al viejo y lo trasladaron con esfuerzo haciéndole hueco entre sus manos entrelazadas para que se sentara hasta llegar con él al baño, donde le dejaron acomodado sobre la taza.

Después se encararon con Rei.

—¿Nos has hecho venir hasta aquí para cuidar de un viejo? Creo que hablamos de una comunidad libre de estas mierdas, una comunidad propia, nada de adultos y menos de viejos enfermos.

Rei escuchaba sin inmutarse.

—Y eso es lo que tendremos, pero toda construcción implica un trabajo inicial y aquí no va a ser distinto. De todas formas, esto no durará mucho. ¿Acaso no confiáis en mí?

Los muchachos miraban al suelo. No parecían muy convencidos .

Entonces Rei sacó un fajo de billetes del bolsillo de su pantalón vaquero. Los chicos lo miraron golosos.

—Esto es lo único que vale el viejo, y será así hasta que yo lo diga, ¿entendido?

Ambos asintieron.

—Mañana voy a Vega Río, le pago al Tuco y en cuanto vuelva comienza una nueva vida, una nueva etapa, ¿estamos?

De nuevo volvieron a asentir.

La gatita apareció maullando por el pasillo y Rei la tomó en brazos.

—Pronto, muy pronto, las cosas darán un vuelco. Vamos a tener todo lo que queramos. Tengo todo muy bien planeado. Alcohol, drogas, chicas… Todo. Pero hay que pagar un pequeño peaje, ¿vale?

Los muchachos le escuchaban obnubilados, hasta que la voz del viejo se escuchó desde el interior del baño.

—He terminado. Que alguien me limpie, no consigo llegar con las manos a mi propio culo.