Chapter 10
Fila y Lupa llegaron dos días después a la casa.
Aparecieron al mediodía bajo un sol abrasador, sudando como cerdos y con la lengua más áspera que un estropajo.
Por el camino de tierra que llegaba a la entrada de la casa iban levantando una pequeña nube de polvo al arrastrar los pies.
Al llegar a la verja, Fila la empujó comprobando que estaba abierta y se introdujeron en el jardín delantero de la casa, mirando a su alrededor, oteando el terreno, la deteriorada casa colonial y la enorme palmera indiana.
Rei les esperaba en el porche, con un caldero lleno de hielo y una docena de cervezas dentro. Se había puesto un mono de trabajo del viejo y su rostro se veía manchado de grasa.
Se puso en pie al ver a los dos muchachos avanzar desde lo lejos y se hizo visera con la mano sobre los ojos mientras les observaba caminar.
Fila, un chico robusto, bajo y con amplias espaldas, que recibía su nombre de la leyenda de que su padre era un finlandés emigrado, caminaba delante de Lupa, que parecía a punto de desplomarse.
Pasaba sin cesar su mano derecha sobre la frente para retirar el sudor que resbalaba hacia sus gruesas gafas de culo de botella. Pesaría al menos ciento cuarenta kilos y aparentaba más de los veinticinco años que acababa de cumplir.
—Esto está en el culo del mundo —se quejó cuando logró subir los tres escalones que le separaban del porche y se dejó caer en un pequeño sillón junto a la ventana de la cocina, cubriéndolo por completo.
Fila le daba la mano a Rei y después también tomó asiento .
Rei sacó dos botellines de cerveza helada y se los tendió a sus amigos. Lupa lo vació de un trago y eructó. Inmediatamente le hizo un gesto a Rei para que le diera otro.
—Casi tengo lista la furgoneta. ¿El Tuco os ha dado eso?
Lupa asintió mientras golpeaba la mano contra el pecho y volvía a eructar. No era un chico muy hablador, quizá porque decir más palabras de la cuenta parecía dejarlo sin aliento.
—Sí. Ha dicho que solo porque era para ti, pero que no permitirá que te retrases en el pago. —Alargó la mano hacia el cubo—. Dame otra cerveza.
Ya iba por la tercera en menos de diez minutos. Miró a su alrededor.
—¿En serio el viejo tiene tanto dinero?
Vale que la finca y la casa eran enormes, pero el lugar y estado en el que se encontraban le hacía desconfiar.
El Páramo no era precisamente un pueblo que se conociera por su riqueza, no era un lugar turístico, no tenía nada que ver ni que ofrecer.
Aquella casa, por grande que fuera, no tendría demasiado valor en el mercado.
¿Quién iba a querer vivir en un pueblucho como aquel?
No fue Rei quien contestó, sino Fila. Encaró con sus ojos oscuros, de densas pestañas, los cristales gruesos de las gafas del otro.
—¿Alguna vez te ha mentido Rei? ¿Alguna vez te ha fallado, gordo?
Lupa golpeó con fuerza su tercer botellín contra el brazo del sillón derramando parte de la cerveza. Dejó vagar la mirada a su alrededor y soltó falto de resuello .
—¿Te he preguntado a ti?
Rei le miró entornando los ojos verdes, que sufrían con la claridad deslumbrante del mediodía. Entendía la desconfianza de su amigo, pero sabía que cualquier palabra suya bastaría para convencerle.
—Mañana mismo tendré lista la furgoneta y me iré directo a ver al Tuco, tú confía en mí.
Fila se alteró un poco. Ahora era él quien parecía desconfiar a pesar de haber defendido fervientemente a su amigo unos segundos antes.
—¿Cómo que irás? ¿Y nosotros?
Rei señaló la casa y los alrededores con el botellín que sostenía.
—Vosotros os quedáis al cuidado del reino.
Lupa comenzó a reírse con fuerza mientras su enorme barriga subía y bajaba al compás de sus carcajadas. Al final, terminó con un ataque de tos.
—¿Y cuidar del viejo? Rei, prefiero ir yo a pagar al Tuco.
—No puede ser —Rei contestó con tranquilidad —. Tengo que hacer alguna cosa más y un gordo como tú sería incapaz.
Fila se sonreía por lo bajo. Sin embargo, Lupa lo fulminó con la mirada, se irguió en el sillón, y usó un tono rudo.
—Este gordo quiere saber a qué atenerse.
—¿Cuándo te ha fallado Rei? —Volvió a preguntar el amigo .
Fila y Lupa se sostuvieron la mirada. Rei parecía ajeno a que la discusión orbitara en torno a él y sus intenciones. Conocía a los muchachos lo suficiente como para saber que le seguirían como perritos falderos.
—¡Rei! —Se escuchó el grito desde el interior del caserón y el sonido insistente de una campanilla.
—Hora de presentaros al viejo.
Lupa se levantó y cogió él mismo el cuarto botellín.
—Un rey al que reclaman con una campanilla. —Se burló.
Sin embargo, Rei no se alteró ni un pelo y su voz sonó completamente serena cuando contestó.
—Para eso has venido tú, Lupa, para que el rey pueda empezar a ejercer su reinado mientras otros se ocupan de la campanilla. Todo a su tiempo, amigo, todo a su tiempo.