Chapter 9
El médico se encontraba en el despacho del alcalde en ese mismo momento.
El cuarto era una muestra de ostentación que no se acercaba ni de lejos a la soberbia con la que el alcalde hacía gala de su puesto.
Tres candidaturas, doce años, y posiblemente ganar la siguiente legislatura, le daban un aplomo y una seguridad que rozaba la chulería.
El alcalde Sotomayor, a sus cincuenta y seis años, ejercía su puesto desde los cuarenta y cuatro y no se andaba con tonterías.
Atendía las demandas de los vecinos, pero era él quien decidía en todo momento qué se debía hacer y qué se podía esperar.
Tenía un carácter un tanto inestable, pero sabía manejar a los ciudadanos con pericia cuando no llegaban a un acuerdo.
Sabía, o al menos pensaba, que, quien más quien menos, le admiraba o como mínimo le respetaba.
Eusebio, el tabernero, irrumpió en el despacho en plena discusión entre el médico y el alcalde. Se detuvo bajo el dintel al ver que ambos alzaban la voz y se quedó un poco encorvado.
Ambos se interrumpieron para mirarle.
—¿Y ahora qué pasa?
—El chaval del que habláis a gritos acaba de estar en la cantina.
El alcalde resopló. Aquella discusión le estaba resultando tediosa. ¿Qué esperaban que hiciese él? Esto no se trataba de una alcantarilla atascada, una farola fundida o un bache en la carretera, cosas de las que él se podía encargar con facilidad.
—Otro. Ha estado en la cantina, ¿y qué? ¿Acaso eso es un delito? ¿Te ha robado? Porque en ese caso imagino que estarías hablando con García, poniendo una denuncia.
El tabernero movió la cabeza negando. Gotitas de sudor salpicaron el aire provocando un gesto de asco en el alcalde.
Por supuesto su despacho contaba con aire acondicionado y su aspecto era impecable.
El tabernero, en cambio, era una estampa grotesca de grasa y sudor que, para más inri, le venía con el mismo cuento que el médico.
—No, es más, pagó con un fajo de billetes que sacó del bolsillo como si nada. ¿Y de quién es ese dinero, eh?
—No lo sé, dímelo tú que pareces muy seguro de saberlo.
—Venga, alcalde, ningún vagabundo andrajoso anda por ahí con un fajo de billetes. Ese dinero es del Rubio. Y se ha comprado la mitad de las provisiones de la cantina con él. Todo alcohol.
El alcalde se ajustó la corbata, porque siempre vestía con camisa y corbata desde que llegara al cargo, y dejó entrever una sonrisa con los finos labios estirados.
—¿Dices que le robó el dinero al viejo?
El tabernero se vio pillado en la pregunta. Obviamente no podía confirmar tal cosa. Lo más posible era que el mismo Rubio se lo entregara para que fuese a comprarle la mercancía.
—Digo que no me parece normal. Puede que engañara al Rubio.
El médico asintió ante las palabras del tabernero y este se sintió más seguro. Nada podía unir más a dos personas que estar de acuerdo en sus ideas conspiranóicas.
—Sí, eso es, creo que se está aprovechando de la vulnerabilidad de un anciano —dijo sorprendiéndose de su propia locuacidad.
—Yo pienso lo mismo. —Terció el médico.
El alcalde encendió un pitillo sin ofrecer a los otros. El calor, a pesar del aire acondicionado funcionando, le estaba consumiendo la paciencia y las ganas de discutir con los parroquianos.
—Vamos a ver. ¿El Rubio está incapacitado? Quizá yo me estoy perdiendo algo. Hasta donde yo sé es mayorcito y tiene todas las facultades mentales en su sitio, ¿es o no es así, doctor?
El médico no tuvo más opción que la de asentir. Apretó los labios y los movió compulsivamente.
—Es así, pero…
—Ningún pero. El Rubio no se lleva con Minia, todos en el pueblo sabemos el porqué. Vio la oportunidad de librarse della y lo hizo. El chico es mayor de edad y que sepamos no ha cometido ningún delito, ¿dónde está el problema?
El médico, que había enrojecido de indignación al escuchar lo de Minia, ya que él mismo la había colocado de cuidadora en la casa del Rubio, no se contuvo. Elevó la voz y replicó en tono solemne.
—Como médico de este pueblo hice lo que debía para asegurar los cuidados del viejo. Está postrado en una cama. Minia es una de las cuidadoras a domicilio, no hubo ninguna segunda intención al asignarle su cuidado y ella, como trabajadora responsable que es, asumió el cargo .
—Que sí, que sí, lo que usted quiera doctor, pero ¿es obligación del viejo aceptar esos cuidados?
—Los aceptó hasta que apareció este chico. Y los necesita. —Recalcó.
El tabernero aprovechó para meter baza. Alargó una mano y se puso a señalar los dedos de la mano izquierda con los de la derecha soltando una retahíla de palabras.
—Whisky, Vodka, cerveza… Esos son los cuidados que tendrá a partir de ahora.
El alcalde no sabía cómo librarse de aquellos dos que estaban retrasando su hora del vermut, entre otras cosas porque uno de ellos era el tabernero que se lo servía todos los días a media mañana.
—Voy a volver a repetir la pregunta y quiero un sí o un no por respuesta, nada más. ¿Es obligación del viejo aceptar esos cuidados?
El médico tragó saliva amarga antes de contestar envarado.
—No.
El alcalde apagó el pitillo en un cenicero de plata y levantó el culo de la esquina de la mesa de caoba del despacho, en la que se había sentado. Se volvió hacia el tabernero dando por zanjada la discusión.
—¿Está Amelia en la cantina?
Este asintió sorprendido.
—Muy bien, señores, pues yo me voy a tomar mi vermut.
Ustedes son muy libres de ir a ver cómo se encuentra el viejo, en calidad de su médico y su…
—sonrió con ironía— ¿vecino preocupado? Pero yo se lo voy a dejar claro a los dos: soy el alcalde, no el niñero de un viejo, así que, mientras no existan motivos reales, espero que no vuelvan a molestarme co n este tema.