Los hijos rotos Chapter 8
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Chapter 8

Rei pasó por la gasolinera a comprar tres bolsas de hielo y después se apuró para llegar a la casa y guardarlas en el arcón congelador antes de que el calor, cada vez más agobiante, deshiciera los cubitos.

Dejó el carrito en la despensa y sacó una de las cajas de cerveza para meterlas en la nevera, aunque se quedó con un par de botellas que destapó usando un mechero y subió a la habitación del Rubio.

Este estaba en la cama con el gatito durmiendo en su regazo e, inmediatamente, alargó el brazo para tomar la botella que Rei le ofrecía y darle un largo trago. Su nuez subía y bajaba al compás al que él iba ingiriendo el líquido.

—Dios mío, esto es lo más parecido a estar a tu lado en el cielo —exclamó, para a continuación lanzar un sonoro eructo —. Fíjate Rei —dijo alzando al gatito—, es una chica. Por fin una chica guapa en esta casa —Rio besando la cabeza de la gata —. Hay que buscarle un nombre.

Rei se sentó en el borde de la cama. Sacó de uno de los bolsillos un paquete de tabaco y le ofreció un cigarro al viejo, que lo recogió con avidez. Primero se lo encendió al hombre y luego encendió el suyo. La habitación destilaba un olor a rancio y pensó en abrir la ventana para que se oreara.

—Se llama Clara.

El Rubio rio.

—Una gata completamente negra que se llama Clara .

—Es un nombre de reina.

Se levantó y se acercó a la ventana para abrir sus hojas.

Una ligera brisa movía las cortinas, aun así el olor persistía en aquella habitación.

Rei terminó el cigarrillo y vació la cuña que había dejado al alcance del Rubio antes de partir al pueblo y este había vuelto a utilizar.

Se dijo que también tendría que cambiar las sábanas y el pijama del viejo, manchado aún con la papilla ya reseca.

—¿Dónde tienes sábanas y una muda limpia?

El viejo señaló un viejo armario pegado a la pared contraria a la que se encontraba la ventana.

Rei apagó el cigarillo en el mismo vaso de agua en el que Minia había apagado el que primero le quitara al viejo y echó un ojo dentro del mueble.

Sacó un juego de sábanas y una chaqueta de pijama.

Durante más de quince minutos batalló con el viejo para ir moviéndole mientras cambiaba las sábanas.

Era un trabajo arduo y el sudor comenzó a rodar por sus sienes.

Después le cambió la camisa del pijama con más facilidad.

—¿Dónde está la lavadora?

—En el sótano hay un cuarto de lavado —respondió el viejo.

Le enseñó el botellín vacío a Rei.

—¿Me traes otra?

El muchacho hizo una bola con las sábanas y la chaqueta de pijama y cogió la botella que le tendía el viejo.

—Supongo que tienes un teléfono.

—En el salón .

Rei salió de la habitación y bajó a la planta baja. Localizó el teléfono e hizo la llamada que tenía programada desde un par de días antes.

—Fila, ya podéis venir. Acordaros de traer eso. Le dices al Tuco que se lo pago en una semana. Tengo que arreglar una camioneta.

La escueta conversación terminó.

Bajó al sótano y echó un vistazo. La lavadora y un par de baldes estaban en uno de los rincones, junto a varios botes de detergente. También tenía unas cuantas estanterías con diversos objetos de limpieza e incluso otra balda repleta de conservas.

Volvió a la planta de arriba, fue a la despensa y sacó la botella de Whisky. Después abrió una de las bolsas de hielo y echó dos en un par de vasos para rellenarlos con dos dedos del líquido anaranjado. Volvió con ellos a la habitación del Rubio.

—He pensado que te gustaría disfrutar más de esto que de otra cerveza.

—Dios me ha enviado a un ángel.

Rei sonrió.

—Más bien ha venido a visitarte el mismo Dios. Y ahora te llenaré la casa de ángeles que te harán sentir en el cielo. ¿Quieres chicas guapas? Yo te las traeré.

El Rubio elevó el vaso hacia Rei en un gesto de brindis.

—¿De dónde sales chaval?

—Del infierno, pero eso se acabó. Dime, ¿conoces a la hija del tabernero?

El Rubio elevó las cejas .

—¿Amelia? Claro, pero no la veo desde hace tres o cuatro años. No recibo demasiadas visitas.

Rei pensó que mucho mejor así.

—Ahora es una princesa. ¿No te gustaría tenerla aquí en casa?

El Rubio se rió.

—Al que conozco bien es a su padre, y dudo mucho que él esté de acuerdo con esa mudanza.

—Eso no es problema. Déjamelo a mí.

La gatita comenzó a maullar flojo pero con insistencia. El Rubio la tomó de nuevo en su regazo, la levantó y le pegó un beso en el hocico. El animal se revolvió un poco, motivado solo por el interés inmediato.

—Hora de comer.

El Rubio tomó la leche y la jeringuilla de la mesita y se afanó en la tarea. La gatita succionaba con avidez mientras parte de la leche se derramaba por los bordes de su boca.

—Rubio, ¿el jefe de policía tiene hijos?

—Un chaval. Fue muy buscado. Minia tuvo un par de abortos espontáneos antes de conseguirlo.

Al viejo no parecía molestarle que Rei le interrogara.

—¿Qué edad tiene?

—No estoy seguro. ¿Unos veinte o poco más? Es una flor delicada —se rio.

—¿Una flor delicada ?

El Rubio terminó de alimentar a la gatita y esta volvió a arrebujarse en su regazo, satisfecha.

—Sí, ya sabes, un tanto afeminado. El jefe no lo lleva nada bien. Le gustaría que siguiese sus pasos, pero el chico no tiene vocación de hombre duro. El jefe asegura que es todo culpa de Minia, que le mimó demasiado.

Rei asintió. El vaso de whisky del viejo ya estaba vacío. Lo recogió y le dejó a cambio el suyo que apenas había tocado. La mañana había transcurrido con rapidez.

—Te prepararé algo de comer. ¿Qué te apetece?

—Mira a ver lo que hay por la nevera y dame lo más grasiento que encuentres.

Estoy hasta los huevos de la dieta sana de Minia.

No sé si encontrás algo, de eso también tendrás que ocuparte.

Hay un pequeño ultramarinos en el pueblo —El viejo dio un trago al whisky de Rei—.

Estaría bien volver a comer queso, chorizo, jamón de verdad…

no ese fiambre insulso que me daba esa bruja.

Cuando abrió la nevera Rei se encontró con que, efectivamente, no había demasiado donde elegir. Casi todo era comida cruda y fresca, lechuga, tomate, pimientos, zanahoria, algo de fiambre y poco más.

Preparó un sandwich con el jamón de pavo y un poco de lechuga y tomate. Luego llenó un vaso de leche y se lo subió al Rubio.

—Tenías razón, lo siento. Esta tarde arreglaré lo de la comida.

—Colocó la bandeja sobre el regazo del hombre—.

Ahora voy a echar un vistazo a la camioneta que tienes en el cobertizo.

No me apetece tener que ir a pie cada vez que tenga que acercarme al pueblo, y cada vez necesitaremos más provisiones .

El viejo asintió mientras tomaba el vaso de leche que Rei le dejaba.

—Si necesitas dinero para alguna pieza, dímelo. Tengo suficiente, no te preocupes por eso. Solo dame lo que qiero y demuéstrame que puedo confiar en ti.

Rei se acercó a la puerta sin contestar, sin darle importancia al comentario del viejo. Echó un vistazo a la gatita en el regazo del viejo.

—Otra cosa, ¿el alcalde y el médico tienen hijos?

Por primera vez, el viejo hizo un gesto de curiosidad apenas perceptible, como si se preguntara por qué aquel muchacho estaba tan interesado en saber todas aquellas cuestiones sobre los habitantes del pueblo. Sin embargo no preguntó.

—El alcalde tiene dos, hijo e hija. El chico tendrá más o menos tu edad y la chica sé que es más pequeña. Pero el médico no. Al menos no reconocidos o que sepamos. Lleva soltero toda su vida.