Chapter 7
En cuanto Rei desapareció por la puerta, parroquianos, tabernero e hija se arremolinaron en la barra como si fuese una estrategia estudiada. Un ejército planeando el ataque, un equipo de baloncesto en tiempo muerto preparando la próxima jugada.
Amelia temió en un principio que su padre se pusiera colérico por su atrevimiento al haberle dicho su edad al muchacho, pero este estaba demasiado ocupado en divagar con los demás sobre la llegada al pueblo del forastero.
—Minia dice que El Rubio pareció caer hechizado en cuanto le vio.
—El Rubio tenía unas ganas locas de librarse de la mandona de Minia.
—Más después de lo que todos sabemos que pasó hace años.
—Más después de que este muchacho se haya llevado todo ese alcohol. Aquí todos conocemos la afición del Rubio y le tenían castigado. —Se rio uno de los hombres, mientras él mismo daba cuenta del vino que le quedaba en el vaso y lo levantaba hacia el tabernero para que le sirviese más.
Otro de los hombres, que roía un palillo entre los dientes, hizo un gesto despectivo al aire.
—Claro que sí, eso es, ¿acaso no veis lo que ha comprado? Todos sabemos que al Rubio le pierde el beber. Le gusta más el alcohol que a un niño un caramelo. Lo que ha visto es el cielo abierto al poder deshacerse de Minia cambiándola por un chavalote que le dé lo que quiere .
—Lleva demasiado tiempo postrado y sometido a un régimen estricto, Paco tiene toda la razón.
El tabernero se rascaba la barbilla. No era un hombre de mucho pensar ni de sentir remordimientos, pero ante los comentarios de los otros algo se le revolvió por dentro. Su voz sonó vacilante.
—¿Creéis que he hecho mal al venderle el alcohol?
El tal Paco fue el primero en contestar.
—Tú, ¿por qué? Tienes una cantina y es tu trabajo. El chico es mayor de edad, ¿no? —Elevó las cejas esperando una respuesta que todos deseaban conocer. Amelia se puso rígida. También ella había sentido cierto hechizo ante aquel muchacho capaz de desafiar a su padre.
—Veinticuatro años. Eso ponía en el documento.
—Entonces no es tu problema.
Los parroquianos parecían devanarse los sesos en busca de un problema y en encontrar al culpable.
—En todo caso será el médico el que tendrá que preocuparse por lo que el chico haga con la salud de ese viejo.
—Y el alcalde —apostilló otro.
—También el jefe García podría darse una vuelta y averiguar si las intenciones de ese chaval son buenas. Minia tiene información y no deja de ser su esposa.
Amelia se separó del grupo y entró a través de la puerta que separaba la barra de la pequeña cocina.
Allí se observó en un pequeño y sucio espejo colgado de la pared.
Le pareció que su aspecto había cambiado desde que el chico la había mirado.
La apatía que sentía por todo, se transformaba en un deseo inmenso de saber más sobre aquel forastero.
Su voz, inaudible para el resto, seguía resonando en su cabeza mientras pronunciaba su nombre “Amelia”.
Escrutó sus ojos y le pareció que habían adquirido otro brillo, si antes eran vacuos ahora estaban llenos de vida.
Escuchó a su padre pronunciando su nombre. Ya lo debía haber pronunciado más de una vez, porque cuando lo percibió notó el tono de enfado e impaciencia.
—¿Qué coño estás haciendo? —dijo desprendiéndose del mandil— Te quedas sola, voy a ver al alcalde. No sé lo que tardaré en volver.