Chapter 6
Rei entró en la cantina arrastrando su carrito.
A esa hora de la mañana tan solo había cinco parroquianos tomándose unos chatos de vino.
Cuatro ocupaban una de las seis mesas, todas distintas entre sí, al igual que las sillas, mientras jugaban al dominó.
Aunque eran solo cuatro, el barullo que armaban se asemejaba al de una fiesta, gritos y golpes de las fichas sobre la mesa hendían el aire farragoso del lugar.
El otro parroquiano estaba apoyado en la barra de mármol desgastado, ya sin rastro de brillo y con numerosas picaduras.
Un viejo ventilador en un extremo de la barra lucía apagado sin cumplir con su misión de mitigar el calor que ya comenzaba a notarse.
Todos volvieron sus ojos hacia el muchacho, aunque ninguno se animó a responder al gesto de cabeza que Rei hizo a modo de saludo, eso sí, guardaron silencio y las fichas descansaron durante un momento sin recibir ningún golpe sobre la mesa.
También él se apoyó en la barra a la espera de que alguien acudiera a atenderle. Aquel era un lugar angosto, en el que reinaba el olor a serrín empapado de vino derramado y bayeta sucia pasada una y otra vez sobre las mesas y la barra.
El aire estaba lleno de moscas que revoloteaban sin interés y el hombre de la barra le observaba sin disimulo hasta que se decidió a abrir la boca.
—¡Amelia!
A través de una puerta contigua a la barra se escuchó un “voy” desganado y apareció una chica morena y menuda, con cara de susto, que miró a Rei con ojos huidizos.
Tenía el cabello moreno y liso, cortado a la altura de los hombros y se metió los mechones del lado derecho tras la oreja, pequeña y adornada con una pequeña perla.
—Buenos días —dijo él.
La chica contestó con un murmullo y luego deslizó sus ojos sobre el resto de parroquianos como si esperase que le explicaran quién era aquel forastero rubio y con los ojos más verdes que había visto en su vida.
—¿Qué te pongo? —consiguió articular al fin.
La partida se había detenido y todos esperaban la respuesta del chico.
Un forastero en aquel pueblo era como una atracción de feria, igual que el coche que transitaba por las calles y nadie conocía, o la orquesta cutre que amenizaba las fiestas patronales.
Todo lo que fuera inusual valía para evadirse durante un rato de unas vidas condenadas a la monotonía.
—Quiero que me vendas cuatro cajas de cerveza, dos botellas de Whisky, dos de Vodka y tres botellas grandes de refresco de cola.
Se escuchó un silbido por lo bajo.
Amelia parecía confundida y, al final, le pidió casi tartamudeando que esperase un momento, para volver a desaparecer por la puerta por la que había salido.
Al momento apareció acompañada de un hombre obeso, ataviado con un delantal en el que se limpiaba las manos.
Su frente escurría sudor desde los cuatro pelos que aún poblaban su enorme cabeza.
Tenía unos ojos porcinos con grandes bolsas bajo ellos y la comisura de sus labios se inclinaba tanto hacia abajo que casi le llegaban a la barbilla.
El saludo en su boca sonó zafio, casi desafinado.
—Buenos días .
—Buenos días —respondió Rei.
—Mi hija me ha dicho lo que quieres que te venda.
Rei asintió.
—¿De dónde eres, chico?
—De Vega Río, señor.
—¿Y qué te trae por aquí?
—El alcohol que he pedido.
Varios hombres rieron, pero el tabernero se mantuvo serio. Le dirigió a Rei una mirada llena de desdén. Tras él, su hija esbozó una tímida sonrisa.
—Vaya, un graciosillo. Verás, en la capital puede que te vendan en una taberna todo eso que pides, pero esto es El Páramo. Puedo venderte dos cajas de cerveza y una botella de cada: Whisky y Vodka. Más la cola.
Rei se encogió de hombros.
—Está bien, me apañaré.
Padre e hija fueron colocando el pedido sobre la barra ante la expectación de los clientes. Rei lo iba metiendo todo al carrito. El tabernero colocaba las botellas con lentitud, reticente, como si en vez de un negocio aquel muchacho le estuviese robando.
Predominaba el silencio, hasta que lo rompió uno de los parroquianos.
—Tú eres el chico que está en la casa del Rubio, ¿verdad?
—Sí —contestó guardando la última botella de cola y sacando un fajo de billetes del bolsillo —. Ya veo que las noticias vuelan .
El tabernero seleccionó unos cuantos billetes y los apartó bajo la barra.
—Esto no es Vega Río, aquí todo se sabe, así que ten cuidado con lo que haces.
Un hombre malhumorado y autoritario, pensó Rei sonriendo a medias. Aquella advertencia había sonado casi a amenaza.
—Por cierto, déjame algún documento que acredite que eres mayor de edad. Llevas mucho alcohol.
Rei le extendió el documento de identificación mientras todos, incluida la chica, observaban curiosos cómo lo inspeccionaba el tabernero.
Lo manoseó, lo acercó y lo alejó de la vista.
Su hija, impaciente, parecía dispuesta a quitárselo de las manos, pero en cambio las mantuvo quietas y unidas a la altura de su regazo.
—Reinaldo.
—Sí, pero todos me llaman Rei —dijo, fijando su mirada en la muchacha. Ella le rehuyó aturdida. Un calambre punzante le recorrió la espalda.
El tabernero le devolvió el documento. Rei agarró el carrito por el asa y se dirigió a la chica.
—¿Tú cuántos años tienes, Amelia?
Los mechones que la chica había echado tras la oreja cayeron sobre su rostro al tiempo que se ruborizaba.
Aquel chico le había hablado. La había llamado por su nombre.
El protagonista de toda aquella historia se había dirigido a ella, una chica tan fútil y ordinaria, condenada a estar tras la barra de una deprimente taberna de pueblo.
Sin atreverse a contestar volvió a colocar con primor los mechones tras la oreja .
—¿A ti qué te importa? —explotó el padre.
Ella bajó la cabeza, sumisa y avergonzada.
Rei mantuvo un segundo la mirada al tabernero y después se dio media vuelta para dirigirse a la puerta de la cantina.
Antes de salir, cuando ya estaba en la puerta, arrastrando el carro bajo el dintel, le llegó la voz de la muchacha, tenue, temerosa, pero firme y como si estuviera cometiendo todo un acto de rebeldía.
— Diecinueve — dijo sin más.