Chapter 5
Antes de que Rei hubiera llegado a la cantina, el doctor Cadevilla se había quitado la bata, había salido apresurado de la consulta moviendo ambos brazos mientras le decía al hombre del sombrero que no le podía atender, y había atravesado las dos calles que separaban el consultorio de la comisaría.
Llegó sin resuello y se detuvo a la entrada a tomar aire y a limpiar con un pañuelo, que sacó del bolsillo, las gotas de sudor que resbalaban por su frente. Estaba siendo un verano especialmente caluroso. Con un calor húmedo y soporífero que hacía que los cuerpos exhudaran continuamente.
La comisaría era un local acristalado con una persiana desvencijada y una sala amueblada con una mesa, tres sillas, unos archivadores metálicos oxidados y un ventilador giratorio que en ese momento aireaba a López, el ayudante del jefe de policía.
—¿Dónde está el jefe?
López, que rondaba los cuarenta, aunque tenía una cara aniñada y unos ojos estrábicos que no se correspondían con su edad, señaló, sin hablar, la puerta que daba al aseo. Estaba leyendo un cómic como quien realiza un trabajo ímprobo y apenas le prestó atención al doctor.
—Necesito hablar con él.
—Dígaselo a su vientre —contestó López, al tiempo que hacía una bola con el chicle que mascaba y la lanzaba a la papelera que había al lado izquierdo de la mesa.
El médico se sentó, sin esperar a que le invitaran, en una de las sillas y miró a través de la cristalera y la persiana destartalada las calles vacías del Páramo.
Nunca pasaba nada en aquel lugar y la llegada de aquel desconocido con aquella tarea tan inesperada de hacerse cargo del Rubio era como el inicio de los temblores de un terremoto inminente.
Había algo en los ojos del muchacho que le causaba desazón.
Intentó recordar la conversación con Minia y le pareció recordar que ella también lo había comentado.
Quizá simplemente se había dejado sugestionar.
Pero todo era tan extraño en aquella historia, que no podía dejar de sentirse perplejo ante lo que estaba sucediendo.
El jefe de policía, el señor García, abrió la puerta del baño y miró al doctor, sin sorpresa alguna, seguramente porque ya había escuchado y reconocido su voz.
A fin de cuenta los tabiques de aquel cuchitril eran finos como el papel.
Se abrochaba el cinturón. El doctor contempló los círculos de sudor bajo las axilas que oscurecían el color caqui de su camisa.
—Doctor, ese carbonato de magnesio que me recetó no está funcionando como prometió. Creo que tendrá que buscar otra solución para este estreñimiento porque me están matando las almorranas.
El doctor hizo caso omiso al comentario, que en cambio produjo una risita tonta en el ayudante. López se había metido otro chicle en la boca y mascaba con fruición.
—Está aquí, en el pueblo.
El jefe terminó de abrocharse el cinturón y miró a través de la cristalera como si esperase ver a alguien al otro lado.
Achinó los ojos, como los miopes, y limpió el sudor de la frente, morena y arrugada como el resto de su piel, que en otros tiempos se podía imaginar tersa y atlética.
Había sido un hombre guapo, masculino y atractivo.
No habían sido pocas las mujeres enamoradas de él, pero fue Minia quien consiguió conquistar su corazón .
—¿Qué está diciendo, doctor? ¿De quién habla?
—Del muchacho. ¿Acaso no le ha hablado Minia de él? Me cuesta creerlo con lo indignada que estaba porque el Rubio la echó de la casa.
El jefe hizo un ademán con la mano como quitándole importancia y López, por primera vez, mostró un poco de interés.
—¿Qué muchacho? —preguntó.
—Un vagabundo. Un haragán que anda de aquí para allá sin dar golpe mientras pueda chuparle a alguien la sangre.
El doctor apretó los labios e hizo sus peculiares giros con ellos antes de seguir hablando.
—¿Y ya está? ¿No le parece que ese sería un buen motivo de preocupación? Sé de su enemistad con el Rubio, pero no deja de ser un vecino del pueblo y Minia su cuidadora.
El jefe se encogió de hombros, pegó una patada a la silla en la que López estaba sentado para que se levantara y él mismo tomó asiento.
—Hace tiempo que le insistía a Minia para que no siguiera yendo a esa casa.
El chico me ha hecho el trabajo. Por lo que Minia me ha contado es mayor de edad.
Así que, si ha llegado a un acuerdo con ese viejo, yo no tengo nada que opinar al respecto.
Como mucho podría comprobar que no sea menor, eso podría cambiar el tema.
—No, no es menor. Tiene veinticuatro años, viene de Vega Río y se llama Reinaldo, aunque se hace llamar Rei .
—Buah —López dejó escapar una risita despectiva —. Vienen de la capital y se creen dioses, reyes.
El jefe le miró mientras se pasaba la lengua por los labios y, por una vez, asentía dando la razón a su ayudante.
—¿Y cuánto tardará en cansarse? Por mí como si exprime a ese viejo como a un limón. Es su dinero, lo único de lo puede presumir ya. Si quiere que un mindundi se lo funda, pues a la mierda, mientras el chico no dé problemas yo no tengo nada que objetar.
El doctor se veía molesto con la falta de humanidad del jefe por rencillas sucedidas tanto tiempo atrás. Hasta Minia había dejado a un lado las historias pasadas y se había comportado como una profesional y aceptado el cuidado del viejo como parte que era de sus tareas.
—Usted, como jefe de policía, debe velar por el bienestar y cuidado de sus ciudadanos. De todos.
El jefe cruzó los brazos sobre su vientre hinchado.
—No, doctor, esa es su tarea. Yo velo por su seguridad.
Los labios del doctor volvieron a apretarse.
López, tedioso y aburrido del tema, había recuperado su cómic y el jefe golpeaba con un boli sobre la mesa, donde había papeles divididos en montoncitos, hasta que decidió subir las piernas y cruzar una sobre la otra sobre la misma.
El médico sopesó la situación y trató de salir del paso con la máxima dignidad posible.
Abrió la puerta y se dio la vuelta desde el quicio.
—Entonces lo haré, pero si veo que la salud del viejo corre peligro —dijo subrayando la última palabra — no le quedará más remedio que intervenir si realmente quiere dar sentido al cargo que ocupa, señor jefe de la policía.