Chapter 4
El chico cogió el carrito de ruedas de la compra, que encontró en la despensa de la cocina, y partió hacia El Páramo, pero su primera parada no fue en la cantina.
En la recepción de la consulta del médico había una lámpara de aspas que removía el aire caliente de finales del mes de julio.
Se sentó a esperar con paciencia, haciendo un gesto con la cabeza a una mujer menuda que esperaba con un niño lloroso sobre su regazo y a un hombre fuerte, de mediana edad, que sujetaba un sombrero de paja entre las manos. Ninguno dijo nada.
La puerta de la consulta se abrió y salió un hombre mayor, con barba canosa y un torso tan flaco que se perdía entre los pliegues de una camisa gris o quizá blanca sucia.
—Rosita —Escuchó llamar al doctor con voz apática.
Dentro de la consulta se escuchaba el llanto del niño, con toda probabilidad el verdadero paciente y no su madre.
Al cabo de unos minutos ambos salieron, solo que en esta ocasión el doctor les acompañó a la sala y echó un vistazo al chico.
El chico también lo calibró con la mirada.
Era un hombre alto, con una figura cuidada y el pelo negro, igual que un pequeño bigote que se movía al tiempo que los labios fruncidos del doctor.
Llevaba unas gafas de montura ligera metálica, que le conferían un aspecto intelectual.
Sin duda, la mujer le había advertido de su presencia. Un desconocido no podía pasar desapercibido en un lugar como El Páramo, donde la población apenas llegaba a los trescientos habitantes.
El doctor le preguntó al hombre del sombrero si no le importaría dejar pasar primero al chico, a lo que este resopló y, al final, le concedió el permiso.
—Será solo un minuto.
—Eso espero, los animales no entienden de esperas.
El chico dejó el carrito junto a la silla, agradeció al hombre en voz baja y entró en la consulta.
El médico se subió las gafas sobre el puente de la nariz y apretó los labios mientras hacía círculos con ellos.
Le hizo un gesto al chico para que se sentara.
El consultorio era austero. Una mesa con una silla que le daba la espalda a la ventana.
Una báscula a la izquierda, una camilla a la derecha.
Un cuenco con caramelos sobre la mesa llamó la atención de Rei.
Eran caramelos mentolados, como los que se tomaban para la tos o la garganta irritada.
—Tú dirás.
—Por la rapidez con la que me ha hecho pasar, creo que ya sabe quién soy. No formalmente, claro, pero sí le han hablado de mí. Seguro que esa mujer que cuidaba al Rubio le vino con el cuento.
El doctor asintió dejándole proseguir.
—Me llamo Rei, vengo de Vega Río y voy a ir al grano. El señor Rubio me ha propuesto que me quede a cuidarle y, ya que no tengo ningún otro lugar al que ir, he aceptado su proposición.
El médico levantó una mano en ese punto interrumpiendo el monólogo de Rei.
—Muchacho, ¿puedes decirme qué edad tienes?
Rei elevó un poco el culo en la silla y sacó una pequeña cartera del bolsillo trasero. Rebuscó hasta encontrar el documento que le identificaba y se lo tendió al doctor.
—Tengo veinticuatro años, doctor…
—Cadevilla —dijo este recogiendo el documento y recolocándose las gafas para inspeccionarlo.
—Bien, doctor Cadevilla, supongo que la antigua cuidadora del señor Rubio no le haya dado las mejores referencias sobre mí, lo cual es normal dada mi llegada imprevista a un lugar tan pequeño como este.
Pero yo le aseguro que mi intención es proporcionarle a ese hombre los mejores cuidados durante las veinticuatro horas del día, ya que me instalaré en su casa.
—Ya veo, pero ¿qué es exactamente lo que te ha traído hasta un lugar como este y qué sacas tú a cambio de este ofrecimiento tan altruista?
Más considerando lo joven que eres. No creo que cuidar de un viejo sea el plan más emocionante para un muchacho como tú.
El Rubio es una persona que requiere demasiada atención y sus cuidados en ocasiones no son nada agradables.
Eso sin tener en cuenta que no sé si tienes algún tipo de preparación a ese respecto.
—Llevo un par de años vagando por el mundo, trabajando en esto y aquello.
Unas veces he tenido suerte y eran trabajos buenos.
Otras veces he dormido en barracones infectos o incluso al raso si no salía ningún trabajo.
Creo que con el señor Rubio estaré bien.
Él me asegura comida y un techo, a mí no me importa cuidarle.
Aprendo rápido y no tengo problema en pedir ayuda si la necesito. Por eso estoy aquí.
Cadevilla parecía hipnotizado con el discurso y, aquel “Por eso estoy aquí”, pareció despertarlo del encantamiento .
—¿Aquí?
—Sí, aquí en su consulta, para que usted me dé las pautas que he de seguir para cuidar al viejo y los medicamentos que debe tomar, cuándo, cómo todas esas cosas. Le aseguro que aunque le cueste creerlo, soy el primer interesado en proporcionarle al señor Rubio las mejores atenciones.
La sonrisa de Rei se quedó flotando en el aire, mientras la del médico echaba la comisura de los labios hacia abajo.
Aquel muchacho no le confería ninguna confianza y comenzaba a estar de acuerdo con Minia, tenían que averiguar qué era lo que estaba buscando en aquel pueblo perdido en el culo del mundo.