Los hijos rotos Chapter 3
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Chapter 3

Minia entró como un vendaval, sin golpear en la puerta, en la consulta del doctor Cadevilla.

Este, sentado tras su mesa y con las gafas resbaladas hasta la punta de la nariz, la miró por encima de ellas y no pudo evitar que le viniese a la mente la imagen de un rinoceronte a punto de embestir a su presa.

Aquella mujer toda su vida había tenido un ímpetu descomunal que le había creado seguidores y enemigos por igual, aunque era difícil no someterse a su brío cuando se encontraba enfurecida.

—Ese viejo de mierda me ha despedido. ¡Despedido! Como si fuese él quien tuviera contratados mis servicios.

El médico hizo un ademán con la mano como quitándole importancia. Sabía que las discusiones entre ellos eran continuas y coléricas, pero siempre acababan en una paz media pactada, porque, en el fondo, ambos se necesitaban.

—Siéntate, Minia, y explícate. ¿Qué ha pasado esta vez?

La mujer se dejó caer acalorada en la silla, frente al doctor, y resopló un par de veces.

—Me ha sustituido.

—¿Sustituido?

—Sí, doctor, como lo oye. Es lo más surrealista que me ha pasado en la vida en este pueblo, desde aquella maldita noche hace veinticinco años.

El doctor torció el gesto y se subió las gafas empujándolas sobre el puente pronunciado de su nariz.

No le gustaba que le hablasen de aquella noche hacía veinticinco años, pero estaba claro que Minia no estaba dispuesta a olvidarlo pasara el tiempo que pasara.

Para ella era un tema perpetuo sobre el que parecía sostener toda su vida y todo lo que sucedía en la misma.

—Explícate —repitió intentado mantener la calma.

Minia casi se tumbó sobre la mesa, apoyando su voluminoso pecho, que en otro tiempo había sido atractivo como para atrapar al ahora jefe de policía, pero que a sus sesenta y un años se veía caído y deteriorado como su estado de ánimo.

—Un chico. Un chico se ha presentado así, de la nada, en la habitación del Rubio mientras le atendía.

Un vago, uno de esos vagabundos con más cara que espalda pidiendo algo de beber.

Un alcohólico. ¡Oh, sí! En cuanto pronunció la palabra cerveza ya puede imaginar cómo se le abrieron los ojos al Rubio.

Parecía que se le iban a salir de las órbitas.

Ni una explicación le pidió al chaval. Pero ¿cómo iba a esperarme que el muy loco me despidiera?

El médico se reclinó en su silla y juntó las manos sobre el regazo. Menuda historia extravagante y peculiar. Su curiosidad iba aumentando por momentos.

—¿Cómo entró el chico a la casa?

—La puerta estaba abierta. Eso dijo, aunque no estoy segura de ello.

Quizá se coló por alguna ventana. —Minia se llevó las manos a la cabeza aterrada de pronto ante la idea, pero inmediatamente volvió a su gesto de indignación—.

Bueno, qué importa ya. El caso es que el Rubio va y le suelta que si le importaría quedarse a cuidarle y el chico le dice que no, que no le importa, que él es joven y el Rubio tiene dinero.

¿Se lo puede creer? Se lo dijo así, con toda su insolencia.

El médico movió los labios juntos y apretados en un gesto muy propio de él y después negó con la cabeza.

—¿Y cómo es ese chico?

—¿Que cómo es? Pues un sinvergüenza, ¿acaso no me ha oído?

—Me refiero a qué pinta tiene.

Un destello atravesó los ojos de Minia y al médico le pareció observar un gesto esquivo, como si no quisiera hablar de eso. Pero, al final, chasqueó la lengua y comenzó a hablar con cierto desdén.

—Ya sabe, lleva unos tejanos rotos y una camiseta mugrienta, como esos vagos que se ven en la ciudad. Parece veinteañero. Tiene el pelo corto y muy rubio y unos ojos verdes… inescrutables.

—¿Inescrutables?

Al doctor le sorprendió esa descripción.

Minia pareció despertar de repente de un sueño e hizo aspavientos furibundos con los brazos.

—Bueno, ¿qué más da? ¿Qué importancia tiene ahora eso?

El caso es que se ha presentado de la nada y ese viejo lo ha aceptado en su casa sin más.

Podría ser un ladrón, un asesino, ¿quién sabe?

Pero al viejo le da lo mismo, con tal de que le dé lo que quiere y de librarse de mí es capaz de hacer cualquier locura.

—La verdad es que es una historia realmente estrambótica. Suena a que ese chico quiera aprovecharse del Rubio.

Minia asentía histérica .

—Exacto, doctor, eso mismo pensé yo. Pero ese viejo, con las mismas, me largó sin miramientos. ¿Qué piensa hacer usted?

El médico se encogió de hombros. Nunca se había visto ante un caso como aquel. El Páramo era un pueblo muy pequeño, aislado del resto de poblaciones y donde no estaban muy acostumbrados a tratar temas legales. Más bien se regían por acuerdos y costumbres vecinales implícitas.

—Pues no tengo claro que pueda hacer nada.

Minia pareció a punto de saltar al otro lado de la mesa. Con los labios tensos y rudeza en su voz exclamó:

—Pero no puede permitir que un crío, un desconocido, un vago que solo Dios sabe de lo que podría ser capaz, se quede al cuidado del Rubio.

El médico volvió al movimiento mecánico de los labios, como si este le ayudara a concentrarse.

—Lo cierto, Minia, es que el Rubio tiene sus facultades plenas. Nadie puede obligarle a mantenerla en su puesto. Igual que lo solicitó puede prescindir de él.

Los ojillos de ratón de Minia le miraban sopesando aquella respuesta.

—Pero está claro que busca aprovecharse de él.

—Ambos son mayores de edad, ¿no? ¿Qué edad le calculas al chico? Has dicho que parece veinteañero.

Minia hizo un esfuerzo por recordar bien su aspecto.

—Sí, unos veinte, quizá alguno más. Creo que más, sí .

—Entonces me temo que no hay mucho que podamos hacer. Si el chico es mayor de edad y el Rubio ha tomado una decisión…

Minia se levantó de golpe echando la silla hacia atrás con tanta violencia que casi la derriba. En la sala de espera de la pequeña consulta del doctor esperaban un par de parroquianos que se miraban con confusión ante las voces subidas de tono y el sonido de la silla arrastrada con brusquedad.

—Muy bien, doctor, si usted no se va a preocupar de la salud y seguridad de un viejo tullido, entonces no me queda más que una opción.

El doctor Cadevilla se sintió empequeñecer ante la figura de aquella mujer que se expresaba con tanto denuedo en pie frente a él.

Estaba tan intimidado que incluso se le olvidó la norma no escrita por la que él la tuteaba mientras ella le trataba de usted.

Movió los labios apretados y se atrevió a preguntar:

—¿Qué piensa hacer, Minia?

—No queda otra más que hablar con mi marido para que tome cartas en el asunto. Para eso es el jefe de policía, ¿no?