Chapter 2
El silencio se hizo en la habitación y la paz que la mujer había dejado se vio rota por un débil maullido.
El muchacho se llevó una mano al bolsillo derecho de sus pantalones tejanos y extrajo con cuidado un diminuto gato negro.
—Pero ¿qué coño?
El viejo se incorporó sobre los codos observando.
—Lo querían matar. Solo por su color. La gata tuvo una camada y eral único negro. Decían que traía mala suerte.
El viejo extendió los brazos para que el muchacho le pasara el animal.
Lo recogió con suavidad entre las manos y le miró a los ojos, de un color aún sin definir, como los suyos, aunque por causas contrarias.
Al nacer, los ojos, su color, su enfoque es distorsionado.
Lo mismo sucede al envejecer, es como si la bienvenida al mundo se uniese con la despedida formando un círculo perfecto.
—Panda de paletos. En este lugar aún viven en la edad media. Baja a la cocina, sube un poco de leche. —Señaló la mesita a su lado—. Por aquí habrá como mil jeringuillas, quieren anestesiarme a base de medicamentos de mierda.
El muchacho desapareció unos minutos y regresó con un brick de leche. El viejo había colocado al gatito en su regazo y ya tenía una jeringuilla en su poder.
—¿Cómo te llamas, chaval?
—Rei.
—¿Rei ?
—Rei.
El viejo se encogió de hombros.
—Un nombre ostentoso, te pega. A mí me llaman Rubio, porque ese es mi apellido y porque de niño tenía el cabello como el tuyo —dijo pasando una de sus manos sobre la fina y escasa pelusilla que cubría su cabeza. Rio. Después pareció recordar algo urgente, de pronto.
—Rei, ¿ves aquella caja de madera sobre el techo del armario?
Cógela. Hay billetes ahí, son para los gastos corrientes de la casa, sí, suficientes billetes para que vayas a la cantina y traigas algo bueno y fresquito.
Para también en la gasolinera y hazte con hielo.
Tendrás que ir andando, lo siento. Mi camioneta se estropeó hace tiempo y no la arreglé. Para lo que iba a servirme.
El Rubio levantó al gato del regazo y apartó la sábana salpicada de papilla dejando a la vista los dos muñones a la altura de las inexistentes rodillas.
—La diabetes, Rei, la asquerosa diabetes.
Rei observó fascinado los trozos rosados de carne entre los más de ciento cincuenta kilos que pesaría el viejo y se preguntó cómo se las apañaría aquella bruja con ojos de ratón para moverlo.
Luego se apresuró a coger la caja de madera con algunos billetes de cincuenta y de veinte, suficientes para los gastos de la casa, como había dicho el viejo. Se metió un puñado al azar en el bolsillo trasero.
El Rubio le hizo un gesto hacia la puerta.
—Ve. Yo me quedo alimentando al gato. —Lo elevó hasta besarle la coronilla —. No, espera. Antes acércame la cuña, tengo que mear .
Rei miró con repugnancia el aparato depositado sobre una silla cercana a la ventana. Se acercó y se la pasó al viejo. Este se desahogó y se la dio de vuelta. El olor ácido golpeó la nariz del muchacho.
—Hay un baño al fondo del pasillo. Para que la vacíes.
Aquello era una tarea demasiado burda para un rey como él, pensó.
Pero no importaba, tenía planes. Primero iría a la cantina y llenaría la cama del viejo de alcohol como si fuese una bañera, después ya se buscaría una corte a su altura que realizase las tareas más incómodas.
El primer paso ya estaba dado, ahora solo tenía que seguir el plan.