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Noela se encontró cara a cara con Artai Montenegro. Le apuntó con firmeza con su Star, Modelo 30.
—Artai, todo ha terminado. No opongas resistencia y entrégate.
Montenegro, con una serenidad desconcertante, levantó los brazos y mostró las palmas de las manos en actitud de rendición. La tensión era palpable.
—Ahora, mantén las manos arriba y arrodíllate despacio —ordenó Vargas, con su arma fija en él.
Sin embargo, Montenegro no se movió. Bajo la estola, ligeramente ladeada por el viento, Vargas alcanzó a distinguir un pequeño dispositivo adherido a su torso.
Un parpadeo tenue y rítmico delataba que se trataba de un artefacto explosivo.
Sus ojos azules, profundos y fríos, se clavaron en los de Vargas. Una sonrisa efímera cruzó su rostro.
—Inspectora, ambos sabemos que no saldré de aquí con vida. No terminaré en la cárcel ni en un psiquiátrico.
—Esto no tiene por qué terminar así, Artai. Durante estas semanas he aprendido mucho sobre ti. Sé del dolor que has sentido desde la desaparición de tu hermano Xosé y lo que ambos sufristeis en aquella colonia. Pero este no es el camino. Entrégate, y buscaremos una solución.
Montenegro la interrumpió con desdén en la voz:
—No seas condescendiente, inspectora. No busco ayuda. Mi única misión era vengarme de lo que nos hicieron a mi hermano y a mí, y a tantos niños que vivieron aquel infierno. Ahora que lo he logrado, no tengo nada que perder. Y tú, inspectora, eres la testigo de este final.
Vargas no bajó su Star, Modelo 30. Dio un paso hacia él y extendió la mano con cautela.
—Artai, escucha... no tienes que hacerlo. Podemos arreglar esto. Nadie más tiene que salir herido.
Montenegro negó con la cabeza, sin apartar la mirada del cielo.
—Inspectora, no hay vuelta atrás. Nadie puede borrar lo que ocurrió, y nadie puede cambiar lo que soy.
—Pero podemos intentarlo. Hay justicia, Artai. No es perfecta, pero es mejor que esto —replicó Vargas, con una mezcla de urgencia y compasión.
El parpadeo, cada vez más rápido, del explosivo la obligó a detenerse. Con voz más suave, lo intentó de nuevo:
—Piensa en tu hermano. Él no querría esto.
Por primera vez, la voz de Montenegro vaciló, y la miró de nuevo fijamente.
—Xosé no tuvo elección. Y yo tampoco la tengo.
Montenegro volvió a mirar a su alrededor. Los policías, cautelosos, se acercaban lentamente, mientras más allá los peregrinos observaban la escena con horror.
—Reverteri ad locum tuum. (Regresa a tu lugar) —murmuró Montenegro.
Luego cerró los ojos y levantó el rostro al cielo.
Los gritos de pánico se multiplicaron entre la multitud. Los policías desenfundaron sus armas y retrocedieron, pero Vargas los detuvo con un gesto.
La tensión se extendió, alargando los segundos en minutos eternos.
De repente un estallido sutil rompió el silencio.
El pecho de Montenegro colapsó hacia adentro, creando una cavidad grotesca, similar a un cráter recién formado.
Su figura se desplomó con la pesadez de una marioneta a la que le habían cortado los hilos.
Salpicaduras de sangre brillante mancharon las túnicas y los rostros de varios sacerdotes cercanos.
Gritos de pánico llenaron el aire. Los peregrinos más cercanos retrocedieron entre sollozos y confusión.
Desde el centro de aquel caos, Vargas permaneció inmóvil. Su corazón latía con fuerza mientras avanzaba entre los restos del explosivo y las manchas de sangre. Se arrodilló junto al cuerpo de Montenegro, con la mente dividida entre el deber y la tragedia.
Al mirar los ojos vidriosos de Montenegro, Vargas percibió una quietud que solo la muerte podía otorgar. Su alma, cargada de cicatrices, ya no estaba allí.