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1990
El cementerio de Santiago do Carballo se llenó de paraguas desplegados bajo el orvallo constante, casi imperceptible, que caía sobre los presentes.
Tras cerrarse el caso de la Triple Muerte, el juez autorizó el entierro de los tres jóvenes que perecieron en la colonia, para que sus restos yacieran junto al antiguo preventorio eternamente.
El suicidio en vivo de Artai Montenegro durante la JMJ de 1989 sacudió los cimientos de la Iglesia Católica.
Disidentes y conspiradores dentro de la curia vaticana fueron detenidos, y en enero de 1991 comenzó un juicio que se extendió durante más de un año.
Veinte individuos, entre prelados y sacerdotes, afrontaron el castigo más severo de la justicia eclesiástica: la destitución de sus cargos.
Las investigaciones de Noela Vargas y Suso Marzán revelaron numerosos casos de abusos a niños en internados durante el régimen de Franco.
Estos hallazgos centraron la atención pública en los horrores de aquella época.
Aunque los medios de comunicación difundieron el escándalo durante unas semanas, el interés decayó en cuanto otros sucesos coparon los titulares de la prensa.
Desde la resolución del caso, Vargas y Marzán retomaron sus carreras: él, en la academia, y ella, en la policía. Con el tiempo, su contacto disminuyó, pero el destino los reunió nuevamente en el cementerio de Santiago do Carballo.
Vargas observaba atentamente cómo se sellaba el nicho.
A cierta distancia, Suso apareció en la entrada del cementerio.
Reconoció de inmediato a Noela, con una gabardina beige y el cabello más largo.
Parecía diferente, con un semblante relajado que resaltaba sus rasgos morenos.
Junto a ella identificó al magistrado Maldonado y al comisario García.
Como si el cielo respondiera al momento, la lluvia cesó de repente y el horizonte comenzó a aclararse, en un gesto que parecía destinado a las almas de los niños.
Los paraguas se plegaron casi al unísono.
Marzán esperó a que Vargas terminara de despedirse de sus acompañantes.
Cuando se quedó a solas, se acercó y le estrechó la mano con firmeza.
—Hola, Noela.
—No esperaba verte aquí.
—Sentía que debía estar. Es mi manera de despedirme de ellos.
Alejándose del cementerio, Vargas y Marzán caminaron hacia el Volkswagen Golf de ella. Una nueva lluvia, más intensa, comenzó a caer, acompañada de una ligera brisa. Suso desplegó su paraguas, refugiándolos a ambos bajo su resguardo.
—He oído que has vuelto a trabajar en Santiago de Compostela —dijo Marzán.
—Sí, tras todo lo que sucedió estos meses, sentí que era el momento.
—Me alegro —respondió Suso, y Vargas le sonrió agradecida.
Al mirar atrás, ambos divisaron el pequeño cementerio y la iglesia románica adyacente.
En el tímpano de esta última se tallaban figuras de piedra erosionadas por el tiempo, representando la traslación del cuerpo de Santiago apóstol.
Conversaron brevemente sobre la reciente restauración del castillo, ahora concluida, y se detuvieron un momento, reflexionando, quizás, sobre la oscura historia que aquel lugar albergaba entre sus muros.
—Noela, ¿qué pasó con el libro VI de Farsalia?
—Después de cerrar la investigación tras la muerte de Montenegro, el gobierno decidió que el libro fuera custodiado en la Biblioteca Nacional. Pero dos meses después, desapareció.
—¿Un robo?
—No tenemos ninguna pista. Pero recuerda lo que nos dijo Arturo Castro: los Carbonari tienen influencias en los altos estamentos. Quizás alguien orquestó el robo... y es probable que nunca sepamos quién fue.
Vargas hizo una pausa antes de cambiar de tema.
—He leído que estás escribiendo un libro sobre la investigación. ¿Ya tienes título?
—Estoy pensando en Los crímenes de la Triple Muerte, aunque no es definitivo.
—Me parece bien. Estoy deseando leerlo —comentó Vargas con una sonrisa.
Mientras conversaban, un anciano, cubierto con una capa negra sujeta con broches dorados y un sombrero fedora de fieltro, se acercó. El sombrero goteaba bajo la lluvia.
—¿Inspectora Vargas? —inquirió, extendiendo una mano arrugada, que ella aceptó con cautela.
—Sí, ¿en qué puedo ayudarle?
—He seguido sus investigaciones sobre el asesino de la Triple Muerte.
Necesito su ayuda. Mi nombre es Ezequiel, uno de los pocos miembros vivos de una sociedad llamada Custodios del Sendero Sagrado.
Nuestra misión, que se remonta a tiempos inmemoriales, es proteger uno de los tesoros más sagrados: los restos del apóstol Santiago el Mayor.
—¿No se supone que los restos de Santiago descansan en la catedral de Santiago de Compostela? —preguntó Marzán, frunciendo el ceño.
—No exactamente... Hablo del verdadero sepulcro, aún oculto al conocimiento general.
Bajo la lluvia intensa, Vargas y Marzán intercambiaron miradas de incredulidad, parapetados bajo el paraguas que les protegía.
—No es que quiera ofenderle —comenzó Vargas, midiendo cuidadosamente sus palabras—, pero sinceramente, me cuesta creer una historia como esta. ¿Cómo podemos saber que no es una fantasía?
—Esperaba esa respuesta, inspectora —respondió Ezequiel, con serenidad—. Por eso les he traído esto.
Con un movimiento rápido, sacó de debajo de su capa una carpetilla.
En su interior había una página que parecía haber sido extraída de un libro antiquísimo.
Se la entregó a Marzán, quien la observó atentamente.
Era un mapa que representaba un río y, junto a él, una cueva.
Dentro de la cueva, se veía un pequeño edificio con un tejado a dos aguas y un arco en su parte frontal.
A su lado, destacaba una concha de vieira trazada con líneas rudimentarias.
En una esquina, casi oculta, había una leyenda escrita.
—Arcis Marmoricis —leyó Marzán con voz tenue—. ¿Qué significa?
—Es el lugar donde descansan los verdaderos restos de Santiago el Mayor —declaró Ezequiel.
Marzán frunció el ceño.
—Pero la tradición siempre ha sostenido que la catedral de Santiago de Compostela fue construida sobre esos restos.
Antes de que Ezequiel pudiera responder, una voz áspera, ronca por el resfriado, los interrumpió:
—No es exactamente así, señor Marzán.
Ambos se giraron para encontrarse con el magistrado Maldonado, quien, con una leve sonrisa, continuó:
—Perdonen mi interrupción. No pude evitar escuchar su fascinante conversación sobre los restos de Santiago el Mayor.
Estrechó la mano de Ezequiel, presentándose:
—Soy el magistrado Juan Maldonado. El hallazgo del sepulcro de Santiago se atribuye al reinado del rey astur Alfonso II, en el siglo IX.
Según la tradición, un ermitaño llamado Pelayo observó luces misteriosas en el bosque de Libredón.
Teodomiro, obispo de Iria Flavia, investigó el fenómeno y descubrió lo que interpretó como la tumba del apóstol Santiago.
Informó al rey Alfonso II, quien visitó el lugar y ordenó la construcción de una iglesia para honrar el hallazgo, sentando las bases de lo que más tarde sería la catedral de Santiago de Compostela.
—Entonces, ¿no hay evidencia documental que confirme que la tumba de Santiago está realmente allí? —cuestionó Marzán, aún escéptico.
—No existe evidencia directa, solo la tradición y algunos escritos posteriores.
De hecho, durante unas excavaciones realizadas en los años cincuenta en la catedral, se hallaron restos que se atribuyeron al obispo Teodomiro.
Hasta entonces, algunos académicos consideraban su existencia más un recurso legendario que una realidad histórica.
Este hallazgo, aunque no definitivo, reforzó la tradición que lo sitúa como una figura clave en el descubrimiento del sepulcro de Santiago —explicó Maldonado con una nota de triunfo en la voz.
Ezequiel, con una expresión grave, tomó la palabra:
—Esta página proviene de un libro perdido que salió del scriptorium del monasterio de San Paio de Antealtares. Creemos que en él se describe la verdadera ubicación de la tumba.
—Comprendo —dijo Vargas, levantando una ceja—. Pero, Ezequiel, ¿de qué manera podemos ayudarle? Su relato suena más a un argumento de película que a un caso para la policía.
—Inspectora Vargas, pertenezco a una antigua sociedad que ha protegido este secreto desde la Edad Media.
—Sin embargo, mencionó que la ubicación de la tumba es un enigma incluso para usted —objetó Marzán, con cierta ironía.
—Es correcto. Por eso he venido. Aunque desconocemos la ubicación exacta de la tumba, hemos sido los guardianes de algo con gran valor: la llave de la arqueta que guarda los restos del apóstol.
Dicho esto, Ezequiel abrió su capa revelando un colgante. En él, unos delicados eslabones de oro sostenían una piedra ámbar que, a la luz, mostraba en su interior una diminuta llave. Con solemnidad, se lo entregó a Vargas.
—Ezequiel, no entiendo. ¿Qué espera que hagamos con esta llave?
—Somos cuatro custodios: yo, Isaías, Jeremías y Daniel. Cada uno guarda la llave en secreto por un período de dos años. Debía entregársela a Jeremías, pero él y el resto han desaparecido bajo circunstancias extrañas. Además, he recibido amenazas.
—¿Amenazas? ¿De parte de quién? —inquirió Marzán, cuyo interés sobre el asunto se había despertado.
—No lo sé. Por eso he venido, para que ustedes lo descubran. Creo que alguien con oscuras intenciones quiere encontrar la tumba, y temo que no escatimará recursos para lograrlo.
—¿Y por qué querrían encontrar la tumba? —cuestionó Maldonado, con una mezcla de escepticismo y curiosidad.
—Se dice que los huesos tienen el poder de curar cualquier enfermedad. Quien los posea tendría un poder inimaginable.
Noela Vargas, sumida en sus pensamientos, sostenía el colgante, observándolo detenidamente.
—Inspectora, ¿me ayudará?
Marzán y Vargas intercambiaron miradas cómplices. Una vez más, se adentraban en lo desconocido, listos para enfrentarse a un misterio que prometía ser extraordinario.