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Montenegro no pudo evitar sorprenderse al encontrarse de nuevo con aquel rostro del pasado.
El destino, una vez más, parecía jugar con cartas marcadas.
En el teatro de su mente se reproducía la expresión de asombro que Lyan Huber mostró al reconocerlo sobre el escenario; lo miraba como si estuviera viendo un espectro.
Sin embargo, despistar a Huber había sido más sencillo de lo esperado.
Los años habían dejado una huella marcada en su rostro: ya no era el mismo hombre con el que Montenegro había cruzado caminos cuando el alemán era un joven policía.
Disfrazado como un sacerdote más, se sumergió en el flujo continuo de túnicas blancas que avanzaban en procesión. Uno tras otro, los sacerdotes se dispersaban para dar la comunión a la multitud de jóvenes peregrinos que asistían a la misa.
Una sonrisa se dibujó en su rostro al pensar en las circunstancias que lo habían llevado hasta ese momento.
¿Todo lo sucedido era obra del destino? ¿O acaso una fuerza más grande, quizás el ritual del Libro VI, guiaba sus pasos?
Recordó su primer encuentro con el obispo Diego Romero años atrás, en casa de Abelard Morandé.
Entonces, Montenegro era un neófito en formación, mientras Romero, ya en su madurez, ostentaba el título de maestro entre los carbonari, siempre defendiendo las tradiciones de la Iglesia.
Mientras observaba a la multitud, sintió una fuerte corriente que lo arrastraba, como un tronco llevado por un río caudaloso. En sus manos sostenía el copón dorado, cubierto con un paño. Había vertido cuidadosamente la batracotoxina, asegurándose de que el veneno impregnara cada hostia que contenía.
A su lado, una joven de unos dieciocho años, rubia, de pelo corto y con pecas salpicándole la nariz, sostenía un paraguas que lo protegía del abrasador sol del mediodía. Sus ojos se cruzaron con los de ella, y una profunda paz se apoderó de él: estaba llegando al clímax de su misión.
Era muy consciente de que la inspectora Vargas estaba a punto de dar con él.
Debía actuar con rapidez. En su tobillo, sentía el frío metal del pequeño revólver que llevaba oculto.
Sin más dilación, se alejó del grupo de sacerdotes y se colocó frente a un conjunto de jóvenes y sus mentores, quienes sostenían una gran pancarta con el lema «Totus Tuus», adornada con un roble en el centro.
La visión del roble desató en Montenegro recuerdos de su infancia en la colonia del Monte do Carballo.
La sonrisa y la mirada de su hermano inundaron su mente, desdibujando el presente.
Absorto en sus pensamientos, los sonidos a su alrededor parecieron disiparse, hasta que una voz melódica y repetitiva, casi celestial, lo devolvió a la realidad.
Poco después, otra voz, áspera y profunda, entonando cánticos litúrgicos, lo sacó por completo de su ensimismamiento.
De repente, sintió un tirón en la manga de su estola. Era la joven rubia que había estado a su lado, llamándolo.
—Padre... padre, ¿está bien? Le esperan —dijo la joven, con una preocupación evidente.
Montenegro miró a su alrededor, encontrándose rodeado por una congregación de sacerdotes, junto a un grupo de jóvenes que esperaban para comulgar.
Probablemente se preguntaban qué le sucedía al sacerdote de tez pálida y ojos azules.
Con gesto sereno, retiró el cubrecáliz, dejando al descubierto las hostias en el recipiente dorado, que centelleaba bajo el sol.
Ofreció una hostia a un sacerdote de mediana edad, con cabello canoso, tez morena y facciones angulosas. Por un fugaz instante creyó ver en él el rostro de Ángel Rivera.
—Ave María Purísima —dijo Montenegro con voz calmada.
—Sin pecado concebida —respondió el sacerdote.
De súbito, una voz airada interrumpió el sagrado ritual:
—¡Montenegro, quieto! No te muevas o te juro que disparo. ¡Aparten ese copón y desalojen el área!
El tono autoritario de la voz hizo que un grupo de individuos, que Montenegro reconoció al instante como policías de paisano, apartaran bruscamente a los peregrinos cercanos.
Uno de los oficiales lo apuntó con su arma, mientras una mujer policía, con suma cautela, le arrebataba el copón repleto de hostias empapadas en batracotoxina.
La intervención abrupta creó un espacio a su alrededor, una especie de burbuja en medio del gentío.
Lentamente, Montenegro se giró, como si anhelara confirmar algo. Al hacerlo, su mirada se cruzó con el rostro de Noela Vargas.
—Inspectora Vargas... parece que ha llegado justo a tiempo —dijo Montenegro, esbozando una sutil sonrisa.