Los Hijos de la Peste 93
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Las horas en la comisaría se escurrieron como agua entre los dedos.

Aquel sofocante 20 de agosto el calor se sentía como una prensa que lo asfixiaba dentro de la diminuta sala de reuniones.

Marzán notaba cómo su polo Lacoste se adhería a su piel, incómodo como una capa de neopreno.

La espera de una llamada de Vargas era una tortura lenta; el teléfono verde, cuyos botones palpitaban constantemente, parecía burlarse de él desde el escritorio.

Cada segundo que pasaba, la ansiedad crecía con la incertidumbre de lo que sucedía en el Monte do Gozo.

¿Habría conseguido Vargas detener a Montenegro?

Un vistazo al reloj confirmó que ya era mediodía, y la espera continuaba.

Necesitaba despejar la mente. Marzán salió brevemente al office, donde encontró consuelo en una taza humeante de café, preparada en una cafetera Melitta.

El aroma embriagante del café le devolvió parte de su lucidez, pero su estómago, vacío, le avisó con un gruñido.

A su lado, unas galletas María esperaban en un plato Duralex. Las devoró con ansiedad.

Sobre una encimera, una pequeña televisión transmitía en directo la misa del Papa Juan Pablo II, rodeado de dignatarios eclesiásticos, presidía la ceremonia.

Las imágenes panorámicas mostraban el Monte do Gozo como un mar de jóvenes congregados en un gran fervor religioso.

El pensamiento de Marzán volvió a divagar entre Vargas y Montenegro.

Tan absorto estaba que no escuchó a un joven policía entrar en el office.

—Señor Marzán, tiene una llamada urgente de la inspectora Vargas en aquella mesa —anunció el uniformado, señalando hacia una mesa cercana—. Pulse el botón cero para hablar.

Con rapidez, Marzán cogió el auricular.

—Noela, ¿qué noticias tienes? ¿Han atrapado ya a Montenegro?

—No ha aparecido aún. Lyan me informó que Montenegro logró acercarse al escenario y estar cerca del Papa. Pero hay algo más grave: envenenó al obispo Romero.

—Esa maldita batracotoxina... —susurró Marzán, desplomándose en una silla.

—Estamos en aprietos, Suso. Montenegro sabe que está en nuestro punto de mira. Aunque los Testigos del Resucitado están bajo vigilancia, como indicaste, Montenegro no ha aparecido. Puede que haya huido.

—No lo hará, Noela. Cumplirá con su misión, incluso si eso implica arriesgar su vida —aseguró Marzán.

—Suso, ¿cuál crees que podría ser su objetivo? Con todos esos sacerdotes dispersos por el Monte do Gozo y la comunión en marcha, encontrarlo será una pesadilla. ¡Piensa en algo, no tenemos tiempo! —dijo Vargas, con urgencia en su voz.

Marzán colgó y, visiblemente frustrado, se mesó el cabello.

Se sumergió nuevamente en la sala de reuniones, recorriendo en su mente cualquier pista omitida que pudiera delatar el próximo paso de Montenegro.

Necesitaba aislarse. Con decisión, cerró la puerta y repasó el expediente que había recopilado sobre el caso: fotografías, informes y anotaciones personales.

Bebió un sorbo de café, ahora tibio, y continuó con su análisis.

Santa Mariña de Augas Santas. Los comentarios druídicos del Libro VI.

El preventorio del Monte do Carballo. Recordó el expediente sobre el descubrimiento de los huesos de aquellos niños en el preventorio.

La portada del informe rezaba: «Los hijos de la peste».

En las fotografías, el castillo y el colosal roble centenario dominaban el paisaje.

Una chispa en su mente lo llevó a ese roble: había visto ese símbolo anteriormente.

De repente, un marcapáginas se deslizó de entre las carpetas, mostrando un roble impreso.

Lo asoció inmediatamente al texto mágico De Antiquis aliquam operam magicam, que, curiosamente, aún conservaba en su cartera.

Al revisarlo, encontró una sección dedicada al roble, descrito como el árbol druídico por excelencia.

Las notas adjuntas mencionaban su poder purificador sobre las almas en conflicto, almas como la de Montenegro.

«Doucho quebrado, Dácamo sano»

(Te lo entrego roto, devuélvemelo sano).

Un timbre interrumpió su introspección. Era Vargas otra vez.

—¿Alguna pista, Suso?

—Creo que estoy cerca, Noela. Solo dame un poco más de tiempo.

—El tiempo es un lujo que no tenemos.

—Lo sé... Noela, entre los peregrinos debe haber un grupo o congregación que tenga el roble como símbolo.

Recuerda la historia de Montenegro, marcada por tragedias en la infancia, y ese roble en la entrada del preventorio.

Es un emblema druídico de purificación y está ligado a cultos gallegos ancestrales.

—Dime algo más concreto... la verdad es que no te entiendo.

Suso Marzán notó el tono nervioso en la voz de Vargas.

Mientras sostenía el auricular del teléfono entre el hombro y el cuello, examinaba meticulosamente los papeles, sin tener exactamente claro qué buscaba.

Sin embargo, estaba convencido de que la respuesta estaba allí.

Desde el otro extremo de la línea, podía escuchar la agitada respiración de Noela.

Entre la multitud de folletos de las congregaciones salesianas que asistieron a la JMJ, uno en particular captó su atención. Mostraba el logotipo de un roble negro y llevaba el nombre: Legionarios de la Fe y la Redención.

—¡Los tengo, Vargas! Los Legionarios de la Fe y la Redención —exclamó Marzán.

—¿Estás seguro? —preguntó Noela, con un deje de esperanza en su voz.

—Estoy casi seguro. Según el folleto, es una pequeña congregación salesiana cuyo emblema es un roble. Y algo más: muchos de los miembros de esta comunidad son profesores en algunas de las instituciones religiosas más prestigiosas del mundo. No puede ser una simple coincidencia, Noela.

Vargas pareció considerarlo por un momento.

—Está bien, es lo único que tenemos por ahora.

—Noela... ten mucho cuidado —dijo Marzán.