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Desde la unidad de vigilancia, Vargas observaba a través de los monitores.
Las largas filas de sacerdotes, vestidos con albas blancas, se distribuían a lo largo del Monte do Gozo, asemejándose a afluentes serpenteantes.
Grandes paraguas, sostenidos por jóvenes voluntarios, les cubrían del sol ardiente del mediodía.
En uno de los monitores, un grupo de sacerdotes se acercaba a la zona vigilada, donde los Testigos del Resucitado se congregaban.
Diez de estos sacerdotes, portando copones llenos de hostias, se desviaron hacia los salesianos.
Rápidamente, activó el walkie-talkie.
—Atención a todos: necesito que varios agentes verifiquen las acreditaciones de ese grupo de sacerdotes. Los demás, mantened vuestras posiciones hasta nuevo aviso.
Una serie de respuestas confirmaron la orden:
—Equipo Foxtrot en posición.
—Equipo Echo listo.
—Equipo Lima preparado.
A través del monitor, observó a los agentes, vestidos con petos azules de la JMJ, aproximándose a los sacerdotes. En la pantalla, la confusión era evidente en algunos de sus rostros.
—Confirmen las identificaciones —solicitó.
Un agente respondió:
—Equipo Foxtrot aquí. Las identificaciones son correctas y ninguno de los sacerdotes coincide con la descripción del sospechoso.
Un silencio tenso siguió a esta declaración.
—Inspectora, ¿cuál es el siguiente paso?
Después de una pausa, Vargas dijo:
—Que continúe la ceremonia.
Sin embargo, la incertidumbre la invadió. Su intuición le decía que Montenegro estaba allí, escondido entre la multitud. La amplitud del lugar y los miles de fieles lo hacían casi indetectable.
De repente, la voz agitada de Huber irrumpió por el walkie-talkie.
—Noela, he visto a Montenegro. Ha envenenado al obispo Andrés Romero y ha desaparecido entre la multitud. Me fue imposible seguirle.
—Hemos verificado a todos los sacerdotes de nuestra zona y no hay rastro... ¿Cómo se acercó tanto al Papa?
Huber respondió, con el tono cargado de frustración:
—Pasó el control después de que lo suspendierais. Por alguna extraña razón, terminó cerca del altar principal.
Vargas exhaló, mordiéndose el labio con frustración.
—Huber, tenemos que reconsiderar nuestra estrategia. ¿Y si los Testigos del Resucitado no son el objetivo principal? ¿Quién podría serlo?
Huber guardó silencio. Solo la estática del walkie-talkie rompía el vacío de la conversación.
—Consúltalo con Marzán. El tiempo se nos acaba.