Los Hijos de la Peste 91
95%

91

Lyan Huber permanecía atento, con todos sus sentidos enfocados en la ceremonia.

Al otro lado del escenario, un conato de alboroto captó su atención.

Era la zona destinada a los prelados. Dos enfermeros, con un maletín de primeros auxilios, se abrían paso rápidamente hacia allí, y un murmullo creciente llenaba el ambiente.

—Cosa succede? (¿Qué ocurre?) —preguntó Huber a través de su walkie-talkie.

—Non lo so, sembra che uno dei partecipanti abbia avuto un malore, ma non riesco a vederlo bene da qui… (No lo sé, parece que uno de los asistentes ha sufrido una lipotimia, pero no lo veo bien desde aquí...) —respondió la voz ronca de uno de los agentes.

—Mantieni la posizione, lo scoprirò. (Mantened las posiciones, voy a averiguarlo) —respondió Huber con firmeza.

Se acercó rápidamente. Un obispo yacía en el suelo, con los brazos inertes formando una cruz grotesca.

Los enfermeros trabajaban con rapidez, pero los intentos de reanimación, insuflándole aire y realizando compresiones torácicas, no dieron resultado.

Al cabo de unos minutos, se detuvieron y, con sumo cuidado, cubrieron el cuerpo con una sábana.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Huber, dirigiéndose a uno de los enfermeros, cuya respiración estaba agitada por el esfuerzo.

—No lo sabemos, parece que sufrió algún tipo de ataque... Fue una muerte espantosa. Nunca he visto nada igual.

Huber asintió, mostrando su identificación.

—¿Puedo verlo?

El enfermero tragó saliva.

—Claro, pero prepárese. No es una imagen fácil de olvidar.

Al descubrir el rostro del obispo, Huber sintió un escalofrío.

Los ojos desorbitados, la sangre en la boca...

todo apuntaba a una muerte no accidental.

Volvió a cubrir el cuerpo y su mente empezó a trabajar rápidamente.

Los copones, las advertencias previas de Vargas y Marzán...

¿Y si el objetivo todavía no estuviera claro?

Temiendo que más personas en el escenario estuvieran en peligro, ordenó retirar todos los cálices inmediatamente.

De repente, entre la multitud, sus ojos se encontraron con los de una figura alta y delgada, con una mirada azul intensa. Ambos se reconocieron al instante.

Perdió su rastro cuando Montenegro se esfumó por una salida del escenario.

Impulsado por la adrenalina, Huber le persiguió, bajando las escaleras metálicas, saltando los peldaños de dos en dos.

Al llegar abajo, un mar de sacerdotes vestidos idénticamente le impidió identificarlo. Era como buscar una aguja en un pajar.

Con el pecho subiendo y bajando con rapidez, intentó llenar sus pulmones de aire. El consumo habitual de tabaco había mermado su resistencia.

—Mierda —murmuró, frustrado.

Entonces se acordó de Vargas.