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«Lavar y guardar la ropa...»
Desde que era un niño, su padre le repetía esa frase una y otra vez.
De firmes convicciones católicas, el padre de Andrés Romero, el obispo auxiliar de Santiago creía que la vida estaba predestinada por un designio divino.
Para él, cada evento en la tierra formaba parte de un sendero trazado por Dios, y consideraba inútil resistirse o luchar contra ello.
Romero perdió a su madre a los diez años, víctima de tuberculosis.
Durante el funeral, su padre les prohibió tanto a él como a su hermana Clara que derramaran lágrimas.
Aquel hombre, de carácter fuerte y devoto, veía en su hijo el futuro de la Iglesia.
Por eso, al cumplir Andrés los doce años, lo envió al seminario.
Ese paso significó ver cada vez menos a Clara, con quien había forjado un fuerte vínculo tras la pérdida de su madre.
Andrés solo regresaba a casa en fechas señaladas: Navidad, verano y Semana Santa.
Durante su adolescencia, comenzó a experimentar el rigor y la severidad de la educación paterna en toda su crudeza.
Las transformaciones naturales de la pubertad eran vistas como pecado, y cualquier erección era castigada con el cinturón de cuero de su padre.
Clara, aterrada, aún aferrada a un oso de peluche, observaba en silencio aquellos castigos desde una esquina, incapaz de hacer algo por su hermano.
Cuando su padre murió, Andrés no sintió pesar alguno.
Aunque su infancia había sido marcada por el dolor, años más tarde, ya como sacerdote, llegó a justificar los actos de su padre, convenciéndose de que aquel hombre rígido simplemente buscaba su bienestar y deseaba que siguiera los preceptos de la Iglesia.
Sin embargo, los tiempos para la Iglesia estaban cambiando, adoptando una mentalidad más abierta que Andrés nunca terminó de aceptar.
Ahora, como obispo auxiliar de Santiago de Compostela, Andrés Romero añoraba aquellos días en que la religión católica era vista como la única verdad.
Ferviente sedevacantista, estaba convencido de que, tras el pontificado de Juan XXIII, la silla de Pedro había quedado vacante.
Veía a Juan Pablo II como un impostor, una figura ilegítima que encarnaba la decadencia de la Iglesia moderna.
Y aunque sabía que había habido planes para eliminarlo, como sucedió con Juan Pablo I, aquellos intentos habían fracasado.
Entonces, siguiendo el viejo consejo de su padre, Andrés decidió «lavar y guardar la ropa».
La muerte de Laprovittola había borrado cualquier rastro que pudiera vincular a Romero con una conspiración, como una huella que la marea se lleva sin dejar rastro. Sin embargo, esa tranquilidad aparente nunca era completa; debía estar vigilante.
Al volver a la realidad tras perderse en sus recuerdos, Andrés se percató de que había perdido la noción del tiempo.
Estaba en plena misa, cerca del Papa, esperando el momento de recibir la sagrada comunión.
A su alrededor, la multitud de obispos y sacerdotes formaba un tapiz solemne.
Sin embargo, uno de ellos captó su atención: era alto, con un tatuaje apenas visible bajo la manga del alba y unos penetrantes ojos azules que le miraban y parecían atravesarlo.
Al recibir el cáliz dorado, el sacerdote lo aferró con una fuerza inesperada, un gesto que hizo a Romero sentirse atrapado en un instante eterno. Entonces lo atrajo hacia sí y, con un susurro gélido, murmuró una letanía en latín:
—Ne perdas cum impiis, Deus, animam meam, et cum viris sanguinum vitam meam: In quorum manibus iniquitates sunt: dextera eorum repleta est muneribus.
(No pierdas, Dios mío, mi alma con los impíos, ni mi vida con los hombres sanguinarios: en cuyas manos hay iniquidades, y en cuya diestra está llena de sobornos.)
Sorprendido y confundido por el súbito recitado en latín, el obispo Romero observó al sacerdote que se alejaba rápidamente.
Poco después, una sensación incómoda comenzó a invadir su garganta, transformándose en una ardiente quemazón que ascendía hacia su pecho.
La saliva se acumulaba en su boca sin control, semejante a la de un perro rabioso.
Con manos trémulas, intentó masajear su cuello, pero una asfixia intensa le impedía respirar.
Su visión comenzó a nublarse mientras una tos violenta sacudía su cuerpo, expulsando un denso esputo que se mezclaba con hilos rojizos.
Lo que había sido un silencio reverente durante la ceremonia se convirtió en murmullos de preocupación.
Algunos clérigos se acercaron con cautela, intentando entender lo que estaba ocurriendo.
Un sacerdote joven, con el alba ondeando por la prisa, llegó junto a él, visiblemente inquieto.
—Monseñor, ¿está usted bien?
El obispo Romero, con una voz rasposa y débil, apenas logró articular:
—No puedo... respirar.
Las siguientes imágenes fueron caóticas.
Cayó pesadamente al suelo, con su cuerpo sacudido por espasmos involuntarios.
Sus labios se tiñeron de un rojo violáceo, señal de que el oxígeno se escapaba rápidamente de su cuerpo.
Algunos de los presentes observaron la escena horrorizados, paralizados por el impacto, mientras dos sacerdotes, con gestos desesperados, intentaban acostarlo con suavidad en el suelo.