Los Hijos de la Peste 89
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En uno de los extremos del escenario, atento y en guardia, se encontraba Lyan Huber, que no dejaba escapar ni el más mínimo detalle de lo que rodeaba a la comitiva papal.

El orgullo por su responsabilidad en el operativo de seguridad durante esta visita crucial de Juan Pablo II se mezclaba con una creciente preocupación por la amenaza.

Su alarma se había elevado aún más cuando la inspectora Vargas reveló que el peligro provenía de Artai Montenegro, el criminal responsable de los recientes asesinatos en A Costa da Morte, en las cercanías de Compostela.

El mero nombre de Montenegro traía recuerdos oscuros para Huber.

En un flashback que lo sacudió por completo, revivió su enfrentamiento en Múnich con aquel sicario, cuando aún era un joven policía inexperto.

Aquella confrontación, en la que estuvo a punto de perder una mano, marcó un antes y un después en su vida.

Las cirugías interminables para salvarla, el trauma físico y emocional, habían truncado su prometedora carrera en la policía alemana.

Montenegro, con esos ojos azules tan penetrantes, se convirtió en una obsesión; un ángel de muerte que lo atormentaba.

Con el paso de los años, la vida siguió.

Huber conoció a Mónica, su esposa, y tuvo dos hermosas hijas: Lorena y Norma.

Poco a poco su recuerdo se desvaneció en el olvido, como una sombra lejana.

Sin embargo, ahora, justo cuando parecía que las heridas del pasado comenzaban a cerrarse, su nombre volvía a aparecer, despertando viejos demonios que creía enterrados para siempre.

El escenario estaba lleno de prelados, sacerdotes y laicos que participaban en la ceremonia.

Huber, rodeado por la multitud, percibía una energía espiritual que conectaba a todos los presentes.

Con gesto firme, se comunicó con otros agentes de seguridad, identificables por sus gafas de sol y sus expresiones serias.

Desde el atentado cometido contra Juan Pablo II en 1981 por Ali Agca, la seguridad papal había sido reforzada drásticamente.

El cordón de seguridad se alejaba cada vez más del pontífice, y cada detalle del operativo era revisado exhaustivamente para garantizar su protección.

Lyan Huber se acercó al grupo de agentes.

—Mi assento per qualche minuto. (Me ausentaré unos minutos.)

Descendió por las escaleras de metal que conectaban el escenario con el backstage.

Allí, técnicos de iluminación y sonido trabajaban diligentemente para asegurar que todo estuviera en orden.

Se permitió el lujo de encender un cigarrillo, disfrutando del humo que ascendía lentamente por su nariz y descendía por su garganta.

No muy lejos, observó a varios sacerdotes agrupados, listos para la comunión, ataviados con sus albas blancas y estolas. Sobre una mesa, cientos de copones dorados llenos de hostias aguardaban el momento culminante de la eucaristía.

De repente, Huber se preguntó si la policía local ya habría terminado de identificar a los mil doscientos sacerdotes presentes.

Un agente de uniforme, visiblemente afectado por el calor, pasó junto a él.

Se levantó la gorra reglamentaria para secarse el sudor de su frente rapada.

Antes de que pudiera continuar, lo detuvo bruscamente, mostrándole su identificación del Vaticano.

—¿Habéis completado la identificación de todos los sacerdotes? —preguntó, señalando discretamente hacia el grupo.

El agente miró en la dirección indicada.

—No. Recibimos órdenes de suspender la identificación.

Tras liberarse de Huber, visiblemente molesto, el agente siguió su camino. Contrariado, activó el walkie-talkie y contactó con Vargas.

—Noela, uno de tus agentes me ha dicho que habéis parado el proceso de identificación.

La voz de la inspectora, acompañada de estática, respondió:

—Fue una orden superior, Lyan. Al parecer, la Iglesia consideró que estábamos siendo excesivamente meticulosos con las identificaciones. ¿Todo bien por tu lado?

Huber miró a su alrededor, pensativo.

—Por el momento, todo en orden aquí. ¿Y allí?

La inspectora suspiró.

—Estamos en alerta. Hay mucha gente, pero si aparece, lo capturaremos.

Terminada la comunicación, colgó el walkie-talkie en su cinturón, apagó el cigarrillo y lo aplastó con el tacón de sus elegantes zapatos de piel. Volvió su mirada al escenario y subió las escaleras con agilidad.

—Sono tornato. (He regresado) —anunció por el walkie-talkie a los demás agentes.

La misa había avanzado en su ausencia. La poderosa voz del Papa resonaba por los altavoces, y la multitud escuchaba en reverente silencio la homilía.

Al ver a jóvenes sacerdotes colocando los copones dorados, supo que la misa estaba llegando a su momento crucial.

Todos —Vargas, Huber y Marzán— sospechaban que sería entonces cuando Montenegro haría su aparición.

En lo más profundo de su ser, albergaba el íntimo deseo de encontrarse cara a cara con Artai Montenegro, esperando que, tal vez, el espectral y misterioso villano finalmente se materializara.