Los Hijos de la Peste 88
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Montenegro observó a su alrededor cómo el bullicio de los preparativos para la misa del Papa alcanzaba su punto álgido.

Los técnicos se afanaban, garantizando que todo funcionara como un reloj suizo.

Los miembros de la seguridad personal de Juan Pablo II, ataviados con trajes negros, eran fácilmente identificables por sus gafas de sol y los comunicadores que no soltaban en ningún momento.

Intuyó que la seguridad había sido reforzada, probablemente advertidos de su presencia.

Se alineó al final de una fila donde cientos de sacerdotes esperaban pacientemente para acceder al espacio designado junto al escenario, el punto de partida hacia las filas interminables de peregrinos a quienes impartirían la comunión.

Un oficial, con un distintivo bigote negro, verificaba meticulosamente los documentos de cada clérigo.

Como un ritual, los sacerdotes accedían después a un recinto para revestirse con el alba y la estola litúrgicas.

El murmullo de la multitud era como un río subterráneo, incesante y cargado de expectativa.

Las banderas ondeaban al ritmo de un viento caprichoso, mientras los cánticos se alzaban en oleadas, resonando en los rincones más lejanos del Monte do Gozo.

Intentó no prestar atención, pero era imposible ignorar el aura casi palpable de fe que se cernía sobre aquel lugar.

«Era como un rebaño perdido», pensó, apretando los labios mientras su corazón latía con fuerza en una mezcla de ansiedad y resolución.

Apretó los labios de nuevo, intentando aliviar la tensión que le recorría.

Agachándose como para ajustar un zapato, comprobó la pequeña pistola de nueve milímetros oculta en su tobillo.

Su mente estaba inundada por una única resolución: culminar su misión.

No había considerado las consecuencias de ser descubierto, pero estaba seguro de una cosa: no quería ser atrapado con vida.

Sintió un sudor frío en las palmas de las manos y, con un pañuelo de algodón, se secó la frente. El sol abrasador no ayudaba.

Solo quedaban dos sacerdotes delante de él.

Su vista escudriñó las otras filas en busca de una salida, pero todo parecía cerrado.

No obstante, en un giro inesperado, el oficial recibió una llamada y, con un gesto, detuvo al sacerdote que precedía a Montenegro.

Tras unos momentos de escucha, le permitió pasar sin revisión alguna.

Por razones desconocidas, habían dejado de pedir las identificaciones.

Tras respirar profundamente, se adentró en la gran carpa donde cientos de sacerdotes se preparaban para la eucaristía.

De pronto, una voz melodiosa pero impaciente sonó detrás de él.

—¿Cuál es su nombre, padre?

Una joven, de unos treinta años, rubia y con el cabello recogido en una coleta, vestida con un uniforme azul, miraba concentrada una carpeta mientras jugueteaba con un bolígrafo.

Montenegro contestó, sorprendido.

—¿Disculpe?

No estaba seguro de si se dirigía a él.

—Su nombre, padre. Rápido —respondió ella, claramente presionada por el tiempo.

—Padre Xavier Torres —musitó, controlando cuidadosamente su tono.

Con eficiencia, la joven encontró el nombre en su lista y marcó una casilla con el bolígrafo.

—Perfecto. Uno de los sacerdotes se ha indispuesto, necesitamos que suba al escenario. ¡Sígame, por favor!

Dio media vuelta con prisa, abriéndose paso entre las filas de clérigos.

Montenegro asintió sin dudar. La siguió a otro pabellón donde más sacerdotes se vestían para la ceremonia.

Varios le saludaron con un gesto. Pocos minutos después, se encontraba en el escenario, con una panorámica asombrosa de una multitud inmensa, ondeando carteles y banderas.

El sonido de la masa de fieles resonaba como el romper de las olas en la costa.

Entonces, un estruendo colectivo estalló. Por su flanco derecho, vio entrar al Papa, engalanado con sus ropas litúrgicas, la mitra y el báculo. Juan Pablo II, con solemnidad, se inclinó para besar el altar.

La mano de Montenegro tembló ligeramente al deslizarse hacia su muñeca.

La espita, un cilindro de vidrio diminuto, parecía arder contra su piel, como un recordatorio del poder que contenía.

Sus ojos recorrieron el escenario, los copones dorados, los rostros de los prelados.

Un susurro de duda cruzó su mente, pero lo apartó con un suspiro ronco. No había vuelta atrás.

Con una mirada furtiva a la izquierda, observó la hilera de prelados y clérigos, todos revestidos con casullas y mitras.

Su atención se detuvo un segundo en el Papa, cuya figura irradiaba una autoridad casi sobrehumana.

Sintió el sudor acumulándose en la nuca, pero no podía permitirse dudar.

Era el momento de culminar una venganza que, hasta ese punto, parecía un sueño inalcanzable.