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20 de agosto de 1989
El día amaneció con un sol radiante en Santiago de Compostela, como si el cielo quisiera bendecir los acontecimientos que iban a suceder.
Era el último día de la Jornada Mundial de la Juventud y la jornada de despedida del Pontífice en la ciudad.
Más de cuatrocientas mil personas se habían congregado para la eucaristía, y la responsabilidad del dispositivo de vigilancia, liderado por la inspectora, era abrumadora.
Vargas se sentía más fresca esa mañana. Tras semanas de intensa actividad, había logrado descansar unas horas.
Aquella jornada del veinte de agosto de 1989, presagiaba un desenlace inminente.
Se puso unos vaqueros holgados que caían sobre sus delgadas caderas.
Completó su atuendo con una camiseta blanca de cuello bordado y manga corta.
En el cinto llevaba su placa y la cartuchera con su Star, Modelo 30.
Levantó la vista al cielo, protegiéndose del sol con una mano, y siguió la trayectoria de una bandada de pájaros hasta que desaparecieron tras el imponente escenario donde, en breve, aparecería Juan Pablo II.
Se colocó sus gafas de sol Givenchy. A su lado apareció Lyan Huber.
Su barba, más que incipiente, era testigo de una noche con pocas horas de descanso.
Ambos parecían vaqueros listos para un duelo en el OK Corral.
—¿Vamos? —preguntó Huber.
Ella asintió, y con un movimiento rápido, activó el walkie-talkie para dar las instrucciones finales.
Los agentes de la Guardia Civil y Policía, dispersos por el vasto terreno, comenzaron a moverse, atentos a cualquier indicio sospechoso.
Entre las banderas ondeando y las voces de los jóvenes peregrinos, se alzaban controles donde los oficiales verificaban mochilas y revisaban los retratos robot de Montenegro.
Más de un sacerdote había sido retenido por su semejanza con el fugitivo.
Vargas miró su busca, esperando noticias de Marzán, y luego dirigió su atención hacia Huber, quien desde el escenario coordinaba con el equipo de seguridad papal.
El apretón en su pecho no desaparecía. La visión de miles de jóvenes, agitando banderas y llenos de entusiasmo, le provocaba una mezcla de esperanza y temor. En algún lugar de esa multitud, Montenegro acechaba. Todo parecía un intento desesperado de mantener el control sobre un caos latente.
Un agente de barba poblada se acercó.
—¿Alguna novedad? —preguntó ella.
—Todo en orden, inspectora. Los accesos están bajo control y aún no hemos identificado a nadie que coincida con la descripción del sospechoso. Hemos tenido algún incidente con algunos sacerdotes contrarios a las identificaciones, pero nada serio.
Mantuvo su mirada fija en la multitud.
—Siento que ya está aquí —confesó en voz baja.
—Los mil doscientos sacerdotes que participarán en la eucaristía —informó el agente— ya están comenzando a congregarse cerca del acceso norte, junto al escenario.
Desde allí tomarán los copones y se distribuirán por todo el recinto para administrar la comunión.
Cada uno irá acompañado de un asistente con un paraguas azul y blanco, para protegerse del sol.
—¿Están todos ya?
—No aún. Estamos identificándolos lo mejor que podemos, pero hemos tenido problemas. Al parecer, algunos miembros del Vaticano han protestado por nuestra presencia. El jefe de operaciones está lidiando con las quejas.
El fastidio era evidente en la rigidez de sus mandíbulas. En ese momento, un joven guardia civil de cabello pelirrojo llegó apresuradamente, con un equipo de radio en mano. Su rostro enrojecido y la frente perlada de sudor delataban su esfuerzo por encontrarla.
—Inspectora —dijo el joven guardia civil, jadeando ligeramente—, el coronel Aramburu quiere hablar con usted. Es urgente.
—Oh, mierda —murmuró.
Con una mezcla de aprensión y resignación, cogió la radio. El agente barbudo, observándola de reojo, levantó una ceja, como si comprendiera que esa llamada traería más complicaciones. La voz grave del coronel resonó al otro lado.
—¿Inspectora Vargas?
—Sí, aquí estoy.
—Necesito que retire a los agentes del acceso norte de inmediato. Están identificando a los sacerdotes que van a oficiar la eucaristía, y las quejas de altos cargos eclesiásticos no cesan.
Inspiró profundamente antes de responder.
—Pero, señor...
—Inspectora, no hay peros. He recibido quejas directas del Obispado y del Nuncio del Vaticano. Lo último que necesito es que me atosiguen con llamadas de curas indignados. Retire a sus policías.
—Coronel, estamos convencidos de que Montenegro se ha infiltrado entre los sacerdotes que participarán en la eucaristía. Si actúa en ese momento, podría ser devastador. Confirmar las identidades de cada uno de los sacerdotes es esencial.
—Entiendo su punto de vista, inspectora, pero ya hemos separado a los curas salesianos, el posible objetivo de Montenegro.
Además, hay cámaras por todo el recinto y un operativo amplio.
Montenegro no podrá pasar desapercibido.
Solo debemos esperar a que se delate y detenerlo. No es tan complicado, ¿verdad?
Vargas cerró los ojos un momento, reprimiendo su frustración.
—En teoría, sí, pero hasta que eso ocurra, que el objetivo puedan ser los salesianos sigue siendo una suposición.
—Deje de preocuparse por teorías y haga su trabajo. Quiero a sus policías fuera de ahí ahora mismo. Es una orden.
—Entendido, coronel —respondió, aunque su tono dejaba entrever su descontento.
La llamada terminó con un clic abrupto.
—Inútil... —murmuró, apretando el walkie-talkie entre sus dedos.
El policía barbudo rompió el silencio con impaciencia.
—¿Y ahora qué hacemos?
Respiró hondo y trató de recuperar la calma.
—Sigamos las órdenes. Retiren a los policías encargados de las identificaciones y enfoquemos todos los recursos en vigilar a los Testigos del Resucitado. Montenegro no tiene alternativa; hoy es su día.
El agente asintió y transmitió las órdenes por su walkie-talkie.
Mientras tanto, un murmullo de entusiasmo se propagó entre la multitud, que comenzó a ovacionar.
Vargas alzó la vista y vio al Papa aparecer en el escenario.
Vestía una casulla roja brillante, y sobre su cabeza, llevaba una mitra que uno de los sacerdotes asistentes retiró rápidamente.
En su mano sostenía un báculo coronado con la imagen de Cristo crucificado.
El Pontífice se inclinó con solemnidad y besó el altar, marcando el inicio de la misa.
Observó a su alrededor. Los vítores de la multitud llenaban el aire, pero ella no podía sacudirse la sensación de que la tormenta aún estaba por venir.