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Vargas, cumpliendo las órdenes del comisario García, regresó a su casa.
El cansancio enturbiaba su visión y el día siguiente prometía ser crucial.
Hacía semanas que no visitaba su apartamento en Santiago de Compostela, ubicado en la Travesía de Fonseca.
Al cruzar la puerta, un torbellino de nostalgia y alegría la embargó.
Un jarrón con lirios de la paz —aún con tierra fresca— le recordó que hacía tiempo que no hablaba con su madre.
La imaginó cuidando de las plantas, una tradición que había mantenido desde que ella era estudiante, junto con esos táperes de comida casera que olían a hogar.
Desde su traslado a Madrid, los recuerdos de su apartamento se habían desvanecido como las olas al romper en la playa.
Pero ahora estaba allí, en ese espacio convertido en un jardín interno donde flores vibrantes competían con el mobiliario.
Las plantas eran testimonio de su pasión desde niña, probablemente inspirada por los jardines familiares de su infancia.
Recordó aquellos días felices, que se oscurecieron paulatinamente con la muerte de su hermano y la distante relación con su padre.
La imagen de su madre —siempre con una sonrisa y el cabello negro y rizado— la reconfortó.
Evocó los besos tiernos que le daba en la nariz, llamándola su «pequeño cervatillo».
Regresando al presente, sintió cómo el cansancio empezaba a vencerla lentamente.
Encendió la luz de su habitación, donde el aroma de lavanda impregnaba las sábanas limpias.
Sus ojos se detuvieron en dos reproducciones de obras de Gustav Klimt que adornaban la pared.
Ambas piezas, representativas de distintas fases de la vida femenina, encajaban perfectamente con ella.
Después de una ducha revitalizante, embutida en un albornoz blanco y con una toalla rosa en la cabeza, encendió la televisión.
Se topó con una antigua película de Drácula, protagonizada por Christopher Lee, y sus ojos inyectados de sangre la fascinaron por un instante.
Cambió de canal a la televisión local, donde una presentadora pelirroja informaba sobre los sucesos ocurridos aquella madrugada.
Las imágenes del Palacio Arzobispal y del cardenal Augusto Laprovittola llenaron la pantalla mientras una voz en off informaba sobre la noticia:
«A las tres de la madrugada de hoy, fue hallado el cuerpo sin vida del cardenal Augusto Laprovittola en su habitación del Palacio Arzobispal. Estaba en Santiago de Compostela junto al séquito que acompaña al Papa Juan Pablo II en su visita pastoral.
Aunque las autoridades aún no han ofrecido detalles, los primeros indicios apuntan a un paro cardíaco. El Papa Juan Pablo II ha lamentado la pérdida del cardenal, resaltando la importancia de su figura en la Iglesia reciente. Laprovittola, que había cumplido recientemente ochenta y un años,
era uno de los prelados más destacados. Era uno de los dos cardenales españoles entre los 120 que participan en el cónclave papal. En años recientes, se había distanciado de la vida pública tras las diferencias con el actual pontífice y por su relación con la Iglesia cismática lefebvriana fundada
por Marcel Lefebvre... »
Sintió una presión en el pecho al escuchar la noticia. Aunque ya sabía de la muerte de Laprovittola, ver las imágenes en la televisión y escuchar las palabras del Papa subrayaba la magnitud de lo que había sucedido. Las implicaciones en la Iglesia se extendían como ondas en el agua.
Bajó el volumen de la televisión y repasó cada detalle en su mente desde que comenzó la investigación: los restos humanos hallados en Monte do Carballo, las misteriosas muertes vinculadas a la desaparición de aquellos chicos, incluida la de Xosé Montenegro.
Luego, la irrupción de su hermano, Artai, como sospechoso central y potencial chivo expiatorio de una conspiración que se extendía hasta altos cargos eclesiásticos opuestos a las reformas inclusivas de Juan Pablo II.
Había incluso indicios de un grupo de asesinos perteneciente a una sociedad secreta, infiltrada en el gobierno de Franco desde la Guerra Civil, que había atacado a figuras clave del régimen.
Todo se entrelazaba como en una compleja partida de ajedrez, cada pieza moviéndose con precisión hacia su destino.
La captura de Montenegro era el jaque mate que necesitaban, especialmente con la atención global puesta en el evento de la JMJ.
Soltó la toalla, dejando que el exceso de agua resbalara por su cabello húmedo hasta los hombros.
Cogió un cigarrillo Camel y encendió el mechero, pero dudó.
Había prometido dejar de fumar. El estrés de la investigación la tentaba a romper esa promesa, pero no quería ceder otra vez.
Guardó el cigarrillo de vuelta en el paquete y lo metió en el cajón de la mesilla.
Miró el reloj: ya eran las cuatro de la madrugada. En apenas tres horas tendría que estar de nuevo en su puesto, y presagiaba que sería un día extenuante. Pero el sueño no llegaba; su mente estaba en alerta, repasando cada pista y detalle.
Sobre la cómoda, divisó un álbum de fotos.
Lo abrió y se encontró con imágenes familiares de su infancia.
Su madre debió haberlo dejado allí a propósito, como un recordatorio de tiempos más felices.
En una de las fotos, una Noela de diez años abrazaba a su hermano, cinco años mayor que ella.
A su lado, su madre miraba hacia el horizonte, como buscando respuestas en lo desconocido.
Las páginas siguientes mostraban recuerdos de cumpleaños, reuniones familiares y momentos de risas.
Algunas fotos la mostraban junto a su amiga Lucía, siempre sonrientes.
Acarició el rostro de Lucía en la imagen, y sus pensamientos volvieron hacia ella.
A pesar de su reciente reconciliación, llevaban semanas sin hablar.
Se prometió que, una vez resuelto todo, la visitaría.
Había oído que Lucía había comenzado una nueva relación y que se había ido de la casa de acogida. Deseaba sinceramente que fuera feliz.
Dejando el álbum sobre la mesilla, se levantó para secar completamente su cabello.
Luego, se recostó boca arriba, con la mirada perdida en el techo, tratando de encontrar un poco de tranquilidad.
En la pantalla de la lámpara junto a su cama, una polilla revoloteaba alrededor de la luz.
La observó, hipnotizada por sus movimientos erráticos, hasta que la criatura finalmente se detuvo.
Con un suspiro, apagó la lámpara y dejó que la oscuridad la envolviera.
***
Con la ciudad desbordada de visitantes, resultaba casi imposible encontrar una habitación en Santiago de Compostela durante aquellas fechas.
Gracias a Noela, Suso consiguió alojamiento en el cuartel de la Guardia Civil de As Cancelas.
No era precisamente un lujo. El apartamento era modesto, con el techo y las paredes plagados de manchas de humedad.
En la cocina, el sonido constante de un grifo defectuoso crepitaba, como leña ardiendo, resonando en la silenciosa penumbra.
Después de cenar rápido un bocadillo de mortadela, intentó encender la luz. La bombilla parpadeó antes de iluminar el cuarto con una luz amarillenta y vacilante. Agotado, se dejó caer en la cama, y la fatiga lo envolvió en una bruma que comenzó a difuminar su consciencia.
Pero no podía permitirse el lujo de dormirse sin antes tomar una ducha.
El baño era un espacio apenas funcional, con un váter, una bañera manchada y un espejo roto colgando precariamente.
Sin embargo, el agua de la ducha se calentó rápidamente, y se sumergió en ella, dejándose llevar por la sensación de alivio, como si el calor fuera un bálsamo para las heridas acumuladas en las últimas semanas.
Mientras el agua corría por su piel, su mente voló hacia Mason.
No habían hablado en días, y añoraba la calidez de su colonia y el confort de su cercanía.
Pero lo que comenzó como un recuerdo apacible se transformó rápidamente en una pesadilla con la aparición de una sonrisa burlona, la figura oscura de Montenegro y el sonido final de una ensordecedora detonación.
Despertó sobresaltado, con el corazón martilleando y bañado en sudor.
Se había quedado dormido en la cama después de la ducha sin darse cuenta.
Tras recuperar la compostura y calmar su respiración acelerada, buscó en su maleta y sacó una botella de güiski.
El líquido le quemó la garganta, proporcionándole un efímero consuelo.
Pero la inquietud no desapareció. Algo seguía sin encajar en su investigación.
Una sensación de urgencia lo atravesó, y se dio cuenta de que los acontecimientos del 20 de agosto de 1989 podrían no transcurrir según lo previsto.
Se vistió rápidamente, sus manos temblaban del cansancio y el estrés, y salió en dirección a la comisaría, decidido a no perder más tiempo.