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Vargas dio una profunda calada a su cigarrillo de marca Camel a medio consumir, dejando que el humo llenara sus pulmones antes de expulsarlo lentamente, como si quisiera aferrarse a ese breve instante de calma en medio del caos.
Miró a Suso, que la observaba atentamente.
—Es el único vicio que me permito de vez en cuando. En ocasiones, me gusta reservarlo solo para mí —confesó, sin que él hubiera preguntado.
—¿Puedo? —inquirió, extendiendo la mano hacia el paquete.
Ella asintió y se lo ofreció. Él sacó un cigarrillo y lo encendió con el mechero que había dejado sobre el techo de su Golf.
—Parece que siempre estamos destinados a llegar tarde —dijo, con su voz teñida de amargura.
En ese preciso instante, el cuerpo de Laprovittola fue sacado del Palacio Arzobispal, envuelto en una bolsa mortuoria negra. Dos camilleros, visiblemente adormilados por la hora avanzada de la madrugada, lo empujaban hacia una ambulancia. Vargas miró su reloj; eran las tres de la madrugada.
—¿Y ahora qué hacemos?
Vargas se recostó en el capó de su coche, disfrutando lenta y reflexivamente del cigarrillo.
—No lo sé, Suso. Con la muerte de Laprovittola siento que hemos perdido nuestra mejor oportunidad de desmantelar la conspiración. Su suicidio es un mensaje: hemos llegado al límite.
—Noela —interrumpió con un tono decidido—, olvidemos las intrigas eclesiásticas por un momento. Necesitamos enfocarnos en Montenegro.
Ella dejó caer el cigarrillo al suelo y lo aplastó con el pie, como si intentara disipar la frustración que sentía.
—Habla. ¿Qué has descubierto?
—Mañana, Montenegro intentará cometer el atentado durante la misa del Papa en el Monte do Gozo.
No sé cuándo ni cómo, pero sabemos que estará camuflado entre los mil doscientos sacerdotes que administrarán la eucaristía.
El escenario más plausible es que planee envenenar las hostias con batracotoxina.
Vargas frunció el ceño.
—¿Pero a qué grupo de peregrinos podría estar apuntando? Habrá casi cuatrocientas mil personas allí. Será como buscar una aguja en un pajar.
Mientras hablaba, notó cómo las gafas de Marzán reflejaban las luces azules y rojas de los coches de policía estacionados frente al Palacio. Marzán se dirigió a su Audi 80 y sacó una carpeta marrón. Al entregársela, Vargas la abrió y vio varios folios con listas de nombres.
—¿Qué es esto? —preguntó, hojeando la carpeta.
—Son las listas de las congregaciones de sacerdotes y monjas salesianas que están aquí por la JMJ.
Vargas levantó una ceja.
—¿Y qué intentas decirme con esto?
—Todos los sacerdotes que Montenegro asesinó estaban relacionados con la Colonia del Monte do Carballo y pertenecían a la orden salesiana.
Vargas asintió lentamente mientras examinaba la lista.
—Entiendo, pero hay más de cinco mil religiosos salesianos presentes en la JMJ. Seguimos buscando una aguja en un pajar. Estarán dispersos por todo el terreno, que abarca casi cincuenta hectáreas. Montenegro no puede envenenar a todos. Tiene que haber un objetivo específico, ¿no es así?
Antes de que Marzán pudiera responder, un Mercedes 300 negro se detuvo cerca. Lyan Huber salió del vehículo y se acercó a Vargas, quien procedió a presentar a Marzán. Se saludaron con un apretón de manos firme y decidido.
—He oído muchas cosas buenas sobre ti —comentó Huber con una sonrisa aparentemente amistosa.
La sonrisa de Marzán fue breve, casi forzada, y Vargas no pudo evitar notar la incomodidad en su rostro. Era fácil leer su expresión en momentos así.
—¿Interrumpo algo? —preguntó visiblemente consciente de la tensión que flotaba en el aire.
Vargas agitó la mano, negando lo evidente.
—Para nada. Suso me estaba explicando que cree que mañana Montenegro intentará cometer el atentado durante la misa del Papa.
Marzán continuó:
—Como decía, aunque habrá una gran cantidad de peregrinos, creo haber identificado al grupo objetivo de Montenegro. Revisé los expedientes de los sacerdotes asesinados que estuvieron en la colonia del Monte do Carballo en la misma época que Montenegro. No todos pertenecían a la misma congregación.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Huber, interesado.
—En España, los salesianos se dividen en diferentes familias.
El Estado reconoce oficialmente a más de treinta y dos.
Al analizar los casos de Agustín Álvarez y Jaime Riera, quienes fueron asesinados por Montenegro, descubrí que ambos pertenecían a la Congregación de San Miguel Arcángel.
Bieito Camargo estaba en la Sociedad Salesiana de San Francisco de Sales, mientras que Ángel Rivera era miembro de una familia llamada Testigos del Resucitado.
Esta última tendrá unos veinte representantes en la eucaristía de mañana.
Estoy convencido de que Montenegro planea atacar a estos religiosos.
—¿Por qué? ¿Qué sentido tiene atacar a gente que ni siquiera estuvo involucrada en lo que pasó con el padre Rivera? La mayoría de ellos ni siquiera había nacido cuando ocurrieron esos hechos en la colonia.
—Montenegro no piensa como nosotros; su lógica es retorcida.
Para él, matar a estos religiosos es un paso esencial en su ritual.
Es la culminación de todo lo que ha estado haciendo.
Ha eliminado a todos los responsables directos de aquellos sucesos, y ahora quiere borrar cualquier rastro de su memoria.
Estos religiosos representan algo simbólico para él: la redención.
Son el último obstáculo en su camino de venganza.
Vargas asintió lentamente.
—Lo que lo hace aún más peligroso...
—Exacto, inspectora —intervino Marzán, con una mirada de preocupación—. No tiene nada que perder. Está dispuesto a cerrar su círculo de venganza, incluso si eso significa sacrificar su propia vida.
Huber los miró a ambos, alternando su atención entre Vargas y Marzán.
—Entonces, ¿qué proponéis?
Vargas sacó un mapa de la guantera de su Volkswagen Golf y lo desplegó sobre el capó del coche.
Con un gesto rápido, llamó a varios oficiales para que se acercaran.
Encendió una linterna y enfocó la luz sobre el papel, iluminando la disposición del Monte do Gozo: la ubicación de los peregrinos, las fuerzas de seguridad y el escenario donde el Papa oficiaría la homilía al día siguiente.
—Debemos situar a estos sacerdotes en un lugar aislado para evitar bajas civiles en caso de enfrentamiento —dijo Vargas, su voz era firme pero cargada de preocupación—. Y todo debe hacerse con la máxima discreción; no podemos alertar a Montenegro.
Un oficial de barba tupida y cabeza rapada se inclinó sobre el mapa, señalando un punto con sus dedos gruesos.
—Aquí, junto a este acceso y a la derecha del escenario —sugirió—.
Esta área está separada de forma natural del resto por dos caminos.
No despertará sospechas porque está cerca del escenario, y nos permitirá intervenir rápidamente.
Además, las cámaras que retransmiten la homilía no cubren bien esta zona, lo que nos da cierta discreción.
Vargas asintió. La tensión era visible en su rostro iluminado por la linterna.
—Perfecto. Descansen. Mañana será un día largo.
El grupo se dispersó lentamente; las botas de los oficiales resonaban sobre el pavimento. Huber, por su parte, se acercó a los miembros de la seguridad papal y compartió algunas palabras que desataron sus risas, un contraste inquietante con la gravedad de la situación.
Vargas echó un último vistazo al Palacio Arzobispal, cuyos ventanales parecían ojos vigilantes en la oscuridad.
Mientras se dirigía a su coche, algo captó su atención: una ventana en particular estaba iluminada desde dentro.
Una cortina se movió, y por un instante, el rostro del obispo auxiliar Andrés Romero se hizo visible.
Al darse cuenta de que Vargas lo observaba, Romero esbozó una sonrisa enigmática y asintió levemente.
Un escalofrío recorrió la espalda de Vargas. Algo en aquella sonrisa no le gustó en absoluto.