Los Hijos de la Peste 84
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Laprovittola, sumido en sus pensamientos, recorría con pasos lentos uno de los antiguos salones del Palacio Arzobispal de Santiago de Compostela.

Sus ojos se detuvieron en las gruesas paredes de piedra que, a pesar del paso de los siglos, conservaban aún la grandeza y la austeridad del poder eclesiástico.

El aire frío parecía impregnado del peso de la historia, y el eco de sus pasos resonaba en la estancia, casi como un recordatorio de las vidas y secretos que habían transcurrido allí.

El Palacio Arzobispal, adyacente a la Catedral de Santiago, había servido durante siglos como residencia de los arzobispos.

Aunque se habían realizado varias reformas a lo largo de los años, seguía siendo un símbolo de la influencia y autoridad de la Iglesia.

Laprovittola dejó escapar un suspiro mientras recordaba su conversación con el obispo Camargo sobre Juan Pablo II.

Aquel Papa, siendo aún obispo auxiliar de Cracovia, había peregrinado a Santiago en los años sesenta.

Laprovittola sonrió al pensar en cómo Wojtyła siempre había sido un maestro del simbolismo.

Pero su sonrisa se desvaneció al pensar en los recientes acontecimientos. Noela Vargas estaba cada vez más cerca de desentrañar la verdad, y él sabía que era cuestión de tiempo que todo saliera a la luz. La amenaza le pesaba como una sombra.

Salió del salón y ascendió por una amplia escalera de piedra que lo llevó a una estancia solemne, donde antiguos retratos de arzobispos colgaban de las paredes; sus ojos pintados parecían seguir a Laprovittola mientras caminaba.

Las decoraciones neoclásicas y las altas ventanas añadían un aire de severidad y grandeza al lugar.

Apoyado en una columna, sus pensamientos se perdieron entre las intrigas del pasado y las conspiraciones del presente.

El murmullo de voces lo sacó de su ensimismamiento.

En un rincón de la estancia, el arzobispo de Santiago conversaba animadamente con varios cardenales.

Laprovittola reconoció a Andrés Romero, el obispo auxiliar, quien había sido uno de los impulsores de la investigación de Vargas sobre los cuerpos encontrados en la Costa da Morte.

Romero le hizo un gesto, invitándolo a unirse a la conversación, pero Laprovittola declinó con una sonrisa elegante y continuó su camino.

Decidido a retirarse, subió a la planta de los dormitorios. Al final de un pasillo reformado con detalles neoclásicos, llegó al dormitorio papal, custodiado por un miembro del servicio de seguridad del Vaticano. Tras un breve saludo, continuó hacia su propia habitación.

Dentro, el aroma fuerte de la lavanda llenaba el ambiente, casi sofocante.

Una cama mullida lo esperaba, y un simple crucifijo colgaba de la pared, la única decoración.

En el antiguo escritorio, la última encíclica de Juan Pablo II, Sollicitudo rei socialis, yacía abandonada.

Laprovittola la ojeó con desdén, su desprecio era palpable, antes de acercarse a un ventanal y observar la Praza da Inmaculada.

Cerró la ventana con un chasquido, como si intentara aislarse de los murmullos del exterior.

Con movimientos calculados, abrió su maleta y extrajo un pequeño estuche negro. Se detuvo un momento; el peso de lo que estaba por hacer se reflejaba en su mirada. Al abrirlo, un vial y una jeringuilla brillaron bajo la tenue luz de la habitación.

Alguien llamó a la puerta, sacándolo bruscamente de sus pensamientos.

—¿Sí? —preguntó.

—Soy Romero.

Laprovittola abrió la puerta, y en la penumbra del pasillo distinguió el rostro bronceado, de cejas prominentes y ojos negros, del obispo auxiliar Andrés Romero. Su rostro tenía ese aire inconfundible de los actores de la época dorada del cine, coronado por un mentón al estilo de Robert Mitchum.

—¿Puedo entrar? —preguntó echando un vistazo al interior.

Laprovittola, molesto por la repentina y tardía interrupción, se hizo a un lado.

—Ha sido un día largo, ¿verdad? —comentó, lanzando una mirada rápida a la habitación—. Por lo que veo, no has querido cenar con los demás.

—Estoy cansado, Andrés —respondió Laprovittola con un deje de brusquedad.

—Entiendo... —El obispo palmeó el estuche de cuero donde reposaba el vial—. Parece que hemos llegado al final del camino.

—¿Qué quieres decir?

Romero se volvió, dando la espalda a Laprovittola, y caminó hacia el ventanal para observar el exterior iluminado por las farolas.

—La verdad es que encuentro estas habitaciones demasiado sobrias para mi gusto, aunque ofrecen unas vistas magníficas —comentó.

Luego, dirigió su mirada hacia Laprovittola.

—La policía viene hacia aquí, Augusto. Supongo que sabes que era cuestión de tiempo que descubrieran todo. Piensan que eres quien amenaza la vida del Papa.

—¿Él está al tanto?

—¿A quién te refieres?

—A Wojtyła.

Romero asintió.

—El Papa lleva tiempo al tanto de nuestras actividades dentro de la Iglesia.

—A pesar de eso, me permitió estar cerca de él.

Romero encogió los hombros.

—Conozco a Karol Józef Wojtyła desde hace años. Siempre logra sorprenderme, aunque jamás entenderé esa fijación por integrar las distintas corrientes dentro de la Iglesia, cuando evidentemente todas han terminado en fracasos.

—¿Y ahora qué haremos?

—Es el momento de que te sacrifiques por el bien mayor.

—Comprendo.

—Mira, Augusto, llegar hasta aquí ya es un logro.

Pero nuestro proyecto debe seguir en secreto.

Cada vez somos más quienes anhelamos el retorno al tradicionalismo, transformar la Iglesia en lo que todos deseamos: un lugar donde la libertad religiosa no sea un derecho, sin laicismo; volver a nuestras raíces,

eliminar el pensamiento liberal y recuperar la influencia sobre el Estado — Romero clavó una mirada severa en Laprovittola, quien parecía haber envejecido una década en minutos —.

Pero todo esto se esfumará si descubren que ciertos miembros de renombre conspiran contra el Papa.

No puede suceder. Es necesario cortar la gangrena y suturar.

Romero golpeó suavemente el estuche de cuero que contenía la batracotoxina.

—Tu sacrificio será recompensado tanto por Dios como por la Iglesia. No tengas dudas.

En el exterior del Palacio, las luces de alarma de color azul de varios coches de policía se proyectaban contra las paredes de los edificios cercanos.

El rostro de Romero permaneció imperturbable ante el peligro inminente.

Extendió la mano hacia Laprovittola, mostrando también un anillo con una corona de espinas grabada, símbolo de su liderazgo en la sociedad carbonaria.

Tras un beso reverente a la joya, Romero abrazó a Laprovittola y lo besó en ambas mejillas. Luego, sonrió y abandonó la habitación.

Laprovittola contempló el estuche, aterrorizado, pero consciente de que su única salida era el sacrificio.

No quería el deshonor de ser arrestado y esposado públicamente.

Se recordó a sí mismo su estatus: un príncipe de la Iglesia, con el poder de elegir al Papa.

No podía terminar así. Con cuidado, abrió el estuche, extrajo el vial y la jeringuilla, y se inyectó el veneno.

Se miró por última vez en el espejo y se recostó en la cama.

Las imágenes de su vida desfilaron por su mente: sus padres, las caricias maternas, su primer amor, su ordenación.

Estas memorias se desvanecieron en la oscuridad a medida que su cuerpo cedía.

Cerró los ojos y todo se tornó negro, como cuando las luces del escenario se apagan al final de una función.