Los Hijos de la Peste 83
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19 de agosto de 1989

Noela Vargas recorría el interior del camión que la Guardia Civil había instalado en el Monte do Gozo como una tigresa atrapada en una jaula demasiado pequeña.

Seis agentes escudriñaban el panel de control, compuesto por diez pequeñas pantallas monocromáticas, que mostraban imágenes de una treintena de cámaras de vigilancia instaladas por todo el recinto.

Desde aquel punto privilegiado, Vargas podía ver la llegada del papamóvil al Monte do Gozo, escoltado por una treintena de agentes de seguridad del Papa y otros tantos policías.

Las imágenes parpadeaban de vez en cuando, añadiendo una inquietud más a la ya tensa vigilancia.

Dentro de Vargas, las emociones eran un crisol hirviente.

La preocupación iba en aumento con cada minuto que pasaba sin resultados.

Sería como encontrar una botella de agua en pleno desierto, pensó, mientras sus ojos escrutaban cada pantalla, buscando cualquier detalle sospechoso.

Sabía que Montenegro vendría disfrazado de sacerdote y estaba segura de que, en algún momento, cometería un error que lo delataría. Tenía que hacerlo.

Cientos de efectivos de la Policía y la Guardia Civil habían sido desplegados con la misión clara de localizar a un sacerdote alto, de ojos azules. Cada policía llevaba varios retratos robot que mostraban a Montenegro con diversas caracterizaciones e intentaban anticipar cualquier cambio de aspecto.

Afortunadamente, las predicciones de lluvia no se habían cumplido, y la tarde resultaba apacible.

Sin embargo, la asistencia a los actos del Papa Juan Pablo II había superado todas las expectativas: más de cuatrocientos mil jóvenes se habían reunido en el Monte do Gozo.

La magnitud del evento hacía que la vigilancia fuera un desafío abrumador.

Mientras tanto, Marzán seguía en la comisaría, perdido entre montañas de informes y papeles, tratando desesperadamente de encontrar algún patrón que revelara el objetivo de Montenegro. Pero el tiempo no estaba de su lado, y cada segundo que pasaba se volvía su peor enemigo.

Lyan Huber entró en la unidad de vigilancia y saludó a Vargas con un gesto. Luego, se presentó a los demás agentes, ofreciendo firmes apretones de manos.

—¿Algún avance? —preguntó.

El rostro de Vargas, marcado por la tensión y el cansancio, fue respuesta suficiente.

Huber se cruzó de brazos, apretó los labios y dirigió su atención a las imágenes de las cámaras.

En una pequeña televisión anclada a la pared se transmitía en vivo la llegada del papamóvil al escenario, con el Papa saludando a la multitud.

Vargas, visiblemente nerviosa, insistía a los agentes para que le mostraran primeros planos de las personas detrás de la valla que separaba al público del escenario.

Los agentes se miraban con resignación, conscientes de las limitaciones de su tecnología, y ese gesto no pasó desapercibido para Huber.

—Creo que será mejor que salgamos un momento, nos fumemos un cigarrillo y nos tranquilicemos —le sugirió Huber con una sonrisa, intentando aliviar la tensión.

Vargas asintió y ambos bajaron por la escalerilla del camión.

Respiró el aire fresco, que le ofreció un breve respiro de la tensión sofocante del interior, y observó a la multitud: jóvenes que cantaban, agitaban pequeñas banderas o se resguardaban detrás de grandes pancartas con mensajes en varios idiomas.

—Había demasiada tensión allí dentro —dijo Huber, rompiendo el silencio.

—Lo sé, no he podido evitarlo. Estoy segura de que Montenegro está aquí. Quizá todo esto... no haber sido capaz de atraparlo antes, haber llegado hasta aquí, a este momento... Me aterra pensar que algo terrible pueda suceder y que yo no haya sabido hacer mi trabajo.

—No te culpabilices, inspectora. Montenegro es un hombre habilidoso, experto en moverse entre las dificultades. Cualquiera en tu lugar se habría encontrado en la misma situación. Créeme, sé de lo que hablo.

Vargas le miró, agradecida por sus palabras, pero no pudo evitar que la duda se filtrara en su mirada.

—Hablas como si lo conocieras, Lyan.

Huber evitó responder, y una mirada sombría cruzó su rostro antes de cambiar de tema.

—Será mejor que echemos un vistazo, ¿te parece? —propuso con una sonrisa—. Por cierto, tu amigo... ¿cómo se llama?

—Marzán.

—Sí, Marzán. ¿Ha descubierto algo?

—No lo sé. Le dije que me llamara en cuanto encontrara algo.

Vargas rebuscó en su chaqueta buscando su Mensatel. De repente, se dio cuenta de que no lo tenía encima.

—Mierda... —murmuró.

—¿Qué pasa? —preguntó Huber, notando la tensión en su voz.

—El busca... Debo haberlo dejado en el coche.

Vargas se apresuró hacia su vehículo, aparcado a las afueras del recinto.

Al abrir la guantera, se encontró con una acumulación de papeles —multas de aparcamiento, recibos arrugados y otras notas dispersas—.

El Mensatel no estaba allí. Maldiciendo en voz baja, revisó el asiento trasero y palpó los bolsillos de su chaqueta de ante.

Finalmente, lo encontró. Al encenderlo, notó varios mensajes de la comisaría, y una alarma silenciosa se activó en su mente. Debía volver al camión de inmediato.

Mientras tanto, el evento de la JMJ seguía su curso.

El Papa Juan Pablo II, envuelto en una capa roja para protegerse del frescor repentino de la tarde, hablaba a la multitud en varios idiomas.

Su voz, lenta y armoniosa, con un fuerte acento polaco, resonaba a través de los altavoces repartidos por todo el recinto.

Noela miró su reloj mientras corría de regreso a la unidad móvil.

Habían pasado ya dos horas desde el inicio del acto, y la duda comenzó a calar en su mente.

¿Podría ser que Montenegro hubiera abandonado sus planes, dándose cuenta del riesgo que corría?

Sabía que no era tonto; era plenamente consciente de que la policía lo buscaba.

Con una mezcla de frustración e inquietud, miró de nuevo el Mensatel.

Alzó la vista y vio a Huber conversando con varios hombres de la seguridad personal del Papa.

Luego, subió rápidamente al camión de vigilancia.

—¿Alguna novedad? —preguntó al teniente responsable de la unidad.

—Nada por ahora.

—¿Un teléfono?... Necesito hacer una llamada.

El teniente le señaló un teléfono de góndola gris. Vargas lo descolgó rápidamente y marcó el número de la centralita de la comisaría.

—¿Inspectora Vargas? —la voz de una operadora resonó en el auricular—. El señor Marzán ha estado intentando localizarla toda la tarde... un momento, voy a enviarle un mensaje a su busca.

Vargas esperó impaciente. Minutos más tarde, recibió la llamada de Suso desde una cabina telefónica, su voz sonaba agitada.

—Mierda, Noela. ¿Dónde coño estabas? Llevo toda la tarde intentando encontrarte.

—Lo siento, me dejé el busca en el coche... ¿qué pasa?

—El objetivo es él... —La llamada se cortó repentinamente. Vargas colgó, frustrada, y miró de nuevo los monitores. En el escenario, un grupo de jóvenes cantaba mientras el Papa observaba la actuación con atención. El teléfono volvió a sonar y lo descolgó de inmediato.

—... Estoy en una cabina y me quedan pocas monedas —dijo con la voz aún más tensa—. Noela, como te decía, nos hemos equivocado... el objetivo también es el Papa.

—¿Pero cómo? El acto casi ha terminado y no creo que Montenegro se atreva. Hay tanta seguridad que es imposible que se acerque al Papa.

—Escúchame, Noela. Creo saber cuáles son las intenciones de Montenegro, pero no es el Pontífice su objetivo directo. Alguien cercano al Papa quiere atentar contra él. A la comisaría ha llegado una nota dirigida a ti, escrita de su puño y letra. En ella, Montenegro revela que hay un traidor.

—¿Pero quién? —preguntó, mirando de nuevo los monitores.

—No te va a gustar... Escúchame bien: la mano que mece la cuna es la del cardenal Laprovittola.

Al principio no lo creía, pero revisé cada documento que nos envió la Iglesia Lefebvriana y encontré una foto de hace veinte años.

En ella aparece Laprovittola con otros sacerdotes lefebvrianos, entre ellos un joven Juan Delgado, el hermano del inspector Delgado.

—Pero eso no prueba que sea un asesino, Suso.

—Piénsalo bien, Noela. Laprovittola es uno de los Carbonari más influyentes.

Conocía a Abelard Morandé, el que captó a Montenegro para la sociedad.

Laprovittola tenía poder en el Vaticano hasta la llegada de Juan Pablo II, que prácticamente lo defenestró.

La muerte del Pontífice podría devolverle su antigua influencia, e incluso ponerlo entre los favoritos para ser el próximo Papa.

Desde el principio, ha estado manejando los hilos.

Montenegro y Delgado han sido peones en un juego mucho más grande.

Y mientras nos entreteníamos persiguiendo a Montenegro, perdimos de vista la conspiración real.

—¿Y qué hacemos ahora? —Vargas sentía que el peso de la revelación la aplastaba.

—Dios sabe quién más está involucrado...

Montenegro no es más que una distracción, su ira ha sido útil para Laprovittola, eliminando a colaboradores arrepentidos como el obispo Bieito Camargo.

Vargas... —la llamada se cortó de nuevo con un pitido prolongado, anunciando que las monedas se habían agotado—.

Hemos estado jugando al juego del gato y el ratón sin darnos cuenta.

Si no actuamos rápido, llegaremos tarde.

El silencio se hizo al otro lado de la línea.

—¿Noela? —preguntó con la voz teñida de preocupación.

—¿Cómo hemos estado tan ciegos? —murmuró, casi para sí misma.

—Ahora eso no importa —replicó Marzán, con tono de urgencia—.

Estamos a tiempo. Lo crucial es averiguar cuándo y cómo intentará Laprovittola acercarse al Papa.

No creo que lo haga frente a cientos de miles de personas en el Monte do Gozo; será algo limpio, discreto...

quizás una muerte repentina, sin dejar rastro.

—Envenenado…

—¿Cómo dices? —preguntó Marzán, confundido.

—Envenenado, Suso —continuó Vargas, su mente trabajando rápidamente—.

La batracotoxina que lleva Montenegro. Hemos hablado cientos de veces sobre quién pudo haberle proporcionado las ranas punta de flecha para elaborarla, alguien con suficiente influencia y recursos para introducirlas en el país sin levantar sospechas.

—Es posible que Laprovittola tenga en su poder varios de esos viales —reflexionó Marzán, con la tensión en su voz evidente—. ¿Sabes dónde va a pasar la noche el Papa?

—No, no tengo esa información —Vargas se detuvo un segundo, pensando, y de repente recordó a Huber—. Espera... sé de alguien que probablemente lo sepa.

Vargas dejó el auricular apoyado en la mesa y se asomó a la puerta del camión. Localizó a Huber en la distancia y le silbó. Huber se acercó rápidamente.

—¿Dónde va a dormir esta noche el Papa? —preguntó Vargas, con un hilo de ansiedad en su voz.

—¿Por qué...? —respondió Huber, frunciendo el ceño.

—¿Dónde coño va a dormir? — alzó la voz, desbordada por la urgencia.

—En el Palacio Arzobispal.

—¿Y el cardenal Laprovittola también?

—Sí, junto a otros dignatarios, invitado especialmente por Juan Pablo II.

Vargas volvió a coger el auricular.

—Marzán, el cardenal pasará la noche junto al Papa en el Palacio Arzobispal de Santiago.

—Nos vemos allí, Noela.

—¿Y Montenegro?

—Montenegro no hará nada hasta mañana. Recuerda, mañana el Papa celebrará una misa de despedida de la JMJ, y estoy casi seguro de cuál será su objetivo.

—El teléfono emitió un largo pitido, anunciando que la llamada estaba por finalizar—.

La llamada se va a cortar, Noela... nos vemos en el palacio.

Creo que por fin podremos atrapar a Montenegro y matar dos pájaros de un tiro.

La línea se cortó. Vargas colgó el auricular con cuidado, su mente aún procesaba la conversación. Allí estaba Huber, observándola con esos ojos de halcón, expectante.

—Vamos, Lyan —dijo Vargas, con determinación—. Tenemos que evitar un crimen.