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Marzán era un hombre que siempre se había sentido a gusto rodeado de papeles; desde que comenzó a escribir historias cortas en su adolescencia, aquel caos ordenado le proporcionaba una extraña sensación de seguridad.
Su pequeño mundo literario se erigía como una barrera contra la realidad, similar a un montículo que oculta una antigua tumba del paso del tiempo.
Era mediodía del sábado diecinueve de agosto, y el aislamiento en aquel reducido despacho de la comisaría lo reconfortaba.
Sobre la mesa, colocó con esmero su cuaderno de notas, de tapa roja, con el marcador de cinta amarilla asomando entre las páginas como una lengua de fuego.
Tres bolígrafos BIC —negro, azul y rojo— escoltaban el cuaderno como las lanzas de unos guardias ceremoniales.
Esa simetría y el orden obsesivo de los objetos le proporcionaban un pequeño pero valioso sentido de control en un mundo que se desmoronaba a su alrededor.
Frente a él, se apilaban montones de carpetas: informes policiales, fotografías de escenas del crimen y documentos recién cedidos por la Iglesia Lefebvriana.
Cada carpeta era un testimonio de semanas de intensa investigación, un rastro de pistas que aún se resistían a formar una imagen completa.
Vargas lo había convencido de que sería más útil allí, en su elemento natural, hurgando como un ratón de biblioteca entre aquella montaña de papeles, buscando la chispa que encendiera finalmente la conexión clave, igual que una chispa prende la hierba seca.
Marzán apoyó la palma de la mano sobre la cubierta del manuscrito, De antiquis aliquam operam magicam, su guía en el oscuro mundo del ritual y la mente de Artai Montenegro.
Sabía que la clave estaba en alguna parte, una pieza que lo ayudara a confirmar que el verdadero objetivo de Montenegro no era el Papa, sino alguien más.
La urgencia le pesaba como la espada de Damocles, pero ya no lo hacía solo por él.
Después de este caso, volvería a su vida como profesor y escritor, con una buena historia que contar en la universidad.
Ahora lo hacía por Noela. Durante aquellos días de colaboración, había aprendido a conocerla y respetarla.
No permitiría que un fracaso más la empujara a un abismo aún más profundo del que ella ya había tenido que salir.
Consultó su reloj por sexta vez y se puso manos a la obra.
Empezó a trastear con las carpetas. Tomó una y examinó cada folio con atención, descartando la información irrelevante y amontonando la que tenía valor para sus indagaciones.
Frunció el ceño, apretó los labios y cerró la carpeta con cuidado, asegurándose de que las hojas quedaran perfectamente alineadas.
Luego tomó una carpeta amarilla y repitió el proceso, mientras el tiempo se deslizaba con la fugacidad que solo los minutos pueden contener.
Unos golpes suaves en el cristal traslúcido de la puerta lo sacaron de su concentración. Una agente de policía de cabello negro recogido en una cola de caballo, rostro fino y labios anchos que enmarcaban unos dientes blancos y perfectos, abrió la puerta.
—¿Le interrumpo, señor Marzán?
Él negó con educación, aunque por dentro se sintió irritado por la intromisión.
—Le traigo la lista de sacerdotes que van a asistir a la Eucaristía de mañana en el Monte do Gozo.
—¡Gracias! —respondió casi con impaciencia, levantándose para coger la carpeta.
—Ah... por cierto, acaban de entregar este sobre para la inspectora Vargas. No hay ningún remitente. Lo hemos examinado y parece que contiene una nota.
—Déjelo ahí sobre la mesa; luego se lo daré.
Cuando la agente salió de la sala, Marzán volvió a alinear los bolígrafos: negro, azul y, finalmente, el rojo, a la misma distancia que antes, como si ese pequeño ritual le devolviera la calma.
Abrió el dossier con la lista de nombres y empezó a puntear uno por uno a los mil doscientos sacerdotes que asistirían a la misa del Papa en el Monte do Gozo, al cierre de la JMJ.
Entre los nombres, reconoció al cardenal Laprovittola, amigo de la familia de Noela, y tuvo que pasar cuatro hojas más hasta que un nombre familiar lo detuvo: el padre Xavier Torres.
—¡Aquí está! —exclamó.
Era el mismo sacerdote que había ocupado el puesto de prior de la Fraternidad de San Pío X, en cuyo recinto aparecieron los cuerpos de Delgado y Requena. Aquello confirmaba que Montenegro podría utilizar su identidad para infiltrarse en el recinto donde se celebraría la JMJ.
—Puede que sea un sacerdote que se llame igual, pero sería demasiada casualidad —pensó Marzán.
Se levantó y se acercó al teléfono sobre la mesa. Levantó el auricular y, tras unos segundos, una voz melosa de operadora le atendió.
—Soy Suso Marzán, ¿podría localizar a la inspectora Vargas?
—Un momento... —Se oyó un corto pero desesperante silencio—. No consigo localizarla. Le he enviado un mensaje al busca.
Colgó con un gesto frustrado. Estaba seguro de que Montenegro utilizaría la identidad del sacerdote desaparecido para infiltrarse en el recinto donde se celebraría la JMJ.
Necesitaba informar a Vargas cuanto antes.
Mientras esperaba su llamada, volvió a bucear en la información sobre el encuentro.
Descubrió que al evento asistirían grupos y congregaciones de más de cien países.
Al hojear el dossier, un detalle llamó su atención: un folleto de las misiones salesianas.
Lo leyó con curiosidad y, de repente, algo encajó en su mente como una chispa encendiendo una mecha.
Removió las carpetas con desesperación, hasta que encontró los informes de los asesinatos de Agustín Álvarez, Jaime Riera, Ángel Rivera y Bieito Camargo. Todos ellos eran sacerdotes salesianos. La información había estado frente a él todo el tiempo, pero no la había conectado.
—Mierda... joder... claro, ¿cómo no me había dado cuenta antes?
Descolgó de nuevo el teléfono, su mano temblando ligeramente. La misma voz de la operadora contestó.
—Soy Marzán. ¿Ha llamado la inspectora? —preguntó, tratando de contener la impaciencia.
—No, lo siento.
—¡Joder...! —colgó bruscamente. No podía esperar más. Tenía que encontrar a Noela. La información era demasiado importante.
Cerró todos los expedientes, colocándolos obsesivamente en orden, como si eso le devolviera una pequeña sensación de control.
Paseó alrededor de la mesa y, de repente, su mirada se detuvo en el sobre amarillo.
Recordó que lo había traído la agente de la sonrisa perfecta.
Al observarlo de cerca, su corazón se aceleró: reconoció la letra al instante.
Era la misma que las notas que Montenegro había dejado sobre los cadáveres. Un escalofrío le recorrió la espalda.
Solo había un nombre en el destinatario: Inspectora Noela Vargas, Santiago de Compostela, con el sello de entrada de la comisaría. Rompió el sobre y sacó una pequeña nota doblada. En su interior, una frase escrita con trazos largos e inclinados:
«El representante de Dios en la tierra. El primero entre sus iguales, será traicionado por aquellos que portan la muceta dorada».
—¿Podría ser un aviso de Montenegro? —murmuró Marzán, llevándose las manos a la cabeza—. Se atusó el cabello, tratando de pensar con rapidez—. Entonces, ¿es posible que haya realmente un complot contra el Papa?
Con las manos temblorosas, volvió a examinar la información de la Iglesia Lefebvriana enviada a la policía.
Desfilaron ante sus ojos nombres y fotografías, algunas en blanco y negro, otras más recientes en color.
Imágenes de reuniones, de grupos pequeños y más grandes.
Y entonces, se detuvo. Sus ojos se fijaron en un rostro que lo hizo parpadear varias veces para asegurarse de que no se lo estaba imaginando.
En una foto de grupo, de pie entre otros sacerdotes con sotanas negras, estaba él: más joven, con el pelo aún oscuro, pero con la misma sonrisa amplia y el rostro bronceado por el sol.
Era él... el cardenal Laprovittola.