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Montenegro llevaba tiempo intuyendo el vínculo que lo unía a la inspectora, aunque ella aún no lo comprendiera del todo.
La había aprendido a leer, igual que ella había aprendido a descifrarlo a él.
Sabía exactamente por qué Vargas se arriesgaba tanto y, aunque le costaba admitirlo, sentía por aquella mujer una atracción tan extraña como incómoda.
Noela tenía algo que lo desarmaba: su tenacidad, su capacidad para levantarse una y otra vez, sin rendirse jamás.
En lo más hondo, Montenegro sentía un fuego que le abrasaba las entrañas, un ardor que le recordaba que el desenlace estaba cerca. Se había permitido bajar la guardia, convencido de que ella aún estaba lejos... pero ahora sabía que había subestimado su determinación.
Había querido creer que Vargas no sería capaz de identificarlo entre la multitud, pero lo hizo.
Y ahora entendía el juego que estaban jugando: el del gato y el ratón, con un destino que se deslizaba como una sombra entre ellos.
Si ella lograba detenerlo antes de que cumpliera su misión, sería un renacimiento para ella; pero si no, esa lucha la marcaría para siempre.
Y esa posibilidad, esa tensión constante, lo atrapaba.
Era como si Vargas fuera una pieza esencial, el alfil en una partida de ajedrez interminable.
En la habitación del hostal donde se escondía, el calor era opresivo.
Montenegro yacía sobre la cama, mirando fijamente el techo en un estado de trance.
La única luz natural entraba a través de una pequeña ventana que daba a un callejón, ofreciendo apenas un destello de claridad en la penumbra.
El sudor le recorría el cuerpo, incomodándolo y haciéndolo sentir atrapado.
Esperaba con impaciencia que llegara la hora.
De repente, un recuerdo lo asaltó: había reconocido al tipo alto y rubio que estaba con Vargas: Lyan Huber.
La sorpresa de volver a verlo después de tantos años fue como un puñetazo en el estómago.
Era como un fantasma del pasado, como en Cuento de Navidad de Charles Dickens.
Montenegro se permitió recordar su primer encuentro.
Era finales de los años setenta, en Berlín, donde Huber era un joven policía.
Montenegro había viajado allí en una misión para la sociedad: localizar y eliminar a un teniente del ejército nacional.
Ese teniente había dejado una marca de sangre en un pequeño pueblo de Huelva: había ordenado la ejecución de una veintena de hombres como castigo por la muerte de cuatro jóvenes soldados nacionales, quienes, borrachos, habían violado a una chica del pueblo la noche anterior.
Varios hombres del pueblo, entre ellos el padre y un hermano de la víctima, habían ajusticiado a los soldados acuchillándolos en una taberna.
La venganza del teniente fue despiadada; un escarmiento que dejó cicatrices imborrables en aquel pueblo.
La noche que se encontró con el agente Huber fue gélida en Berlín.
Las ráfagas de viento helado barrían las calles, y Huber, con el uniforme verde de la Polizei, parecía aún más joven e inexperto, recién salido de la academia.
Mientras tanto, Montenegro, aunque algunos años más joven que ahora, ya era un asesino eficiente y meticuloso.
El destino quiso que los caminos de ambos se cruzaran durante una patrulla rutinaria.
Un vecino había detenido el coche de Huber para alertarlo de los gritos desgarradores de una mujer que había encontrado a su marido ahorcado en su apartamento.
Montenegro, tras finalizar su tarea, se retiraba con calma por un callejón trasero, cuando un coche patrulla bloqueó inesperadamente su salida.
Del vehículo bajó un policía alto y delgado, con una melena rubia y un mentón prominente.
Huber le dio el alto, y Montenegro vio cómo sus manos temblaban al aferrarse con fuerza a la pistola, que sostenía con ambas manos.
—Hände hoch! —gritó Huber, su voz quebrada por la tensión. (¡Manos arriba!)
Montenegro levantó las manos lentamente, y sus guantes de cuero crujieron al moverse. Su mente calculaba con frialdad, buscando una solución rápida para aquel imprevisto. El joven policía se acercó con cautela, con movimientos rígidos, y repitió la orden con más firmeza.
—Waffe wegwerfen und auf den Boden! (¡Tira el arma y al suelo!)—repitió con más firmeza.
El ulular de las sirenas en la distancia llenó el aire de sonidos estruendosos, y Montenegro supo que la situación se volvía crítica.
Debía actuar. Cuando Huber, con los nervios a flor de piel, hizo un gesto hacia él, Montenegro reaccionó.
En un movimiento fulminante, le propinó una patada en las piernas que lo derribó como un saco de patatas.
Huber cayó al suelo con un golpe seco, y antes de que pudiera recuperarse, Montenegro lo noqueó con un puñetazo que lo dejó aturdido.
Le arrebató la pistola de las manos, pero no contaba con la tenacidad del novato.
Huber, gritando de dolor, se aferró al cañón del arma, y ambos forcejearon con desesperación.
El disparo resonó en el callejón como un trueno. La bala destrozó la mano de Huber, dejando un amasijo de huesos y carne ensangrentada. El joven policía soltó un grito desgarrador, un aullido que se perdió en el ruido de las sirenas que se acercaban.
Desde entonces, Montenegro sabía que Huber no había dejado de buscarlo, esperando el día para cobrarse venganza. Y ahora, ese fantasma del pasado había vuelto, una pieza más en la partida. Los espectros no lo dejarían nunca en paz. ¿Seguirían persiguiéndolo para siempre?
Montenegro se levantó de la cama con un aire de pesadez; sus músculos estaban agarrotados por el calor sofocante de agosto.
El ventilador de techo giraba a máxima potencia, emitiendo un zumbido constante que apenas lograba aliviar el ambiente húmedo y cargado.
Se secó el sudor que le empapaba el cuerpo con una toalla áspera, sintiendo el aire caliente pegarse de nuevo a su piel en cuanto terminaba.
Sacó de su mochila una caja con los viales de batracotoxina y los inspeccionó uno a uno.
Los pequeños recipientes brillaban con un reflejo aceitoso bajo la luz tenue, y Montenegro los manipuló con cuidado, consciente del veneno letal que contenían.
Comprobó que todo estaba en perfecto estado antes de guardarlos de nuevo.
Su mente se encontraba afilada y enfocada en el plan.
Luego, sacó una serie de elementos para su transformación.
Con movimientos precisos, se colocó un peluquín de cabello castaño y unas lentillas de color marrón que cubrían sus ojos azul profundo, dándole una mirada completamente distinta.
Con maquillaje protésico, alteró la forma de su nariz y contorneó su rostro hasta hacerlo irreconocible.
El resultado era impresionante: un extraño, camuflado a la perfección, listo para perderse entre el gentío.
Preparado para su misión, Montenegro se encaminó hacia el Monte do Gozo, donde se celebraría la Jornada Mundial de la Juventud, con la presencia del Papa Juan Pablo II.
Antes de salir, se detuvo junto a la cómoda, donde descansaba el libro VI de Farsalia.
Abrió el tomo por la mitad y, sentado en una esquina de la cama, comenzó a recitar en silencio, como en una plegaria, uno de aquellos rituales del libro:
—Postea omnia venena ibi conliges... adde folia impregnata incantationibus sacrilegis et herbas, quae protinus natae sunt, ore maledicto exspuerit.
(Después reunirás allí todos los venenos... añadirás hojas impregnadas en conjuros sacrílegos y hierbas a las que, nada más brotar, con su boca maldita habrá escupido.)
Mientras murmuraba las palabras, el aire a su alrededor pareció volverse más denso, como si el conjuro cargara la habitación con un aura maligna. Montenegro cerró el libro; sus ojos, ahora marrones, brillaban con una determinación oscura. Era hora ya de actuar.