Los Hijos de la Peste 80
86%

80

El avión DC-9 de Alitalia, adornado con el escudo papal, descendió y aterrizó a las once de la mañana de aquel sábado, 19 de agosto.

Vargas ocupaba una posición privilegiada al pie de la pista, esperando a que el Papa descendiera por la escalerilla del avión.

Estaba sentada dentro de un Renault Laguna que formaba parte del dispositivo de seguridad que la policía había organizado para escoltar a Juan Pablo II durante su trayecto en el papamóvil, desde el aeropuerto de Lavacolla hasta Santiago de Compostela.

Aunque sospechaba que el objetivo de Montenegro no era el Papa, Vargas quiso estar presente en el dispositivo que el coronel Aramburu había diseñado para el recorrido del Pontífice.

El nerviosismo era palpable en los equipos de vigilancia y seguridad, ya que Juan Pablo II tenía la intención de recorrer los últimos quinientos metros hasta la catedral de Santiago de Compostela a pie, como un peregrino más.

Esto complicaba enormemente las tareas de protección debido a la presencia de miles de peregrinos amontonados en la Plaza del Obradoiro, entre los cuales, pensaba Vargas, podría estar Montenegro.

Desde la muerte de Manuel, Vargas apenas había dormido, y su estómago estaba en un constante nudo, como si un enjambre de mariposas revoloteara sin descanso.

Algo en su interior le decía que Montenegro estaría vigilando cada paso del Papa y que, en cualquier momento, podría aparecer y mirarla con aquellos profundos ojos azules, camuflado entre los miles de peregrinos y religiosos que abarrotaban la ciudad.

Luego, pensó fugazmente en Marzán, quien se había quedado en la comisaría analizando toda la documentación, tratando de averiguar, a contrarreloj, cuál podría ser el objetivo más plausible de Montenegro.

Cualquier detalle, cualquier pista pasada por alto, podría llevar a una tragedia, y ella no estaba dispuesta a consentirlo... otra vez no.

Vargas observó cómo el fuselaje del avión relucía bajo el sol de agosto mientras se desplazaba lentamente por la pista.

Un grupo de personalidades charlaba animadamente frente a la escalerilla por la que descendería la comitiva papal y los periodistas que lo acompañaban.

Los Reyes de España esperaban pacientemente al pie de la escalerilla, mientras varios cardenales conversaban en un corrillo; entre ellos, Vargas reconoció al cardenal Laprovittola.

Noela salió del coche y echó un vistazo a la pista.

El avión papal se detuvo, y el vehículo de Iberia que portaba la escalerilla se colocó ante la puerta.

Unos minutos después, la puerta del avión se abrió, y el Papa Juan Pablo II apareció, levantando ambas manos en un gesto de saludo, entre la algarabía de los pocos privilegiados presentes para el recibimiento.

Luego, se arrodilló, besó el suelo y estrechó con efusividad las manos de los Reyes.

Con paso dubitativo, se dirigió a un atril donde pronunció un breve discurso de bienvenida.

Vargas sintió la mirada de Laprovittola sobre ella. Le devolvió un leve gesto con la cabeza, que el viejo cardenal correspondió con un breve saludo de mano.

El papamóvil, un vehículo modelo Range Rover propiedad de la policía, esperaba con el motor en marcha a que el Papa concluyera los actos de bienvenida antes de trasladarlo a Santiago de Compostela.

Desde el aeropuerto, el recorrido hasta la catedral llevaría aproximadamente dos horas.

Vargas miró su reloj; el comisario García le había indicado esa mañana que tendría que recoger a un enlace de seguridad de la Guardia del Vaticano.

El sol la obligó a formar una visera con la mano sobre sus ojos mientras un hombre de unos cuarenta años descendía por la escalerilla del avión papal.

Vestía un elegante traje oscuro y lucía unas gafas de sol de aviador.

Era de alta estatura, complexión atlética, con el cabello rubio cortado al ras y una barba perfectamente cuidada.

Lo acompañaban otros hombres que Vargas supuso eran miembros de la Guardia Suiza.

El guardia se despidió de sus acompañantes en la escalerilla y se dirigió rápidamente hacia donde Vargas y otros dos agentes lo esperaban.

Vargas se dio cuenta de que aquel individuo parecía aún más imponente de cerca, y el fuerte aroma de su colonia le hizo llevarse el dedo índice a la nariz con discreción.

—¿Inspectora Vargas? —El hombre tenía una voz grave y hablaba un perfecto español con un marcado acento alemán. Le estrechó la mano con fuerza. Vargas notó un detalle curioso: un imperdible con una cruz de oro adornaba el ojal de su costoso traje.

—Soy Lyan Huber, asesor de seguridad del Vaticano. Como seguramente ya le han informado, estoy aquí para apoyarla en todo lo que concierne a la seguridad de Su Santidad. El comisario García me ha puesto al tanto de la amenaza sobre la JMJ y me ha entregado el expediente de Artai Montenegro.

—Sí, así es. De todas maneras, señor Huber...

—Llámeme Lyan, por favor —dijo con una sonrisa cordial.

—De todas maneras... Lyan, hemos avanzado bastante en la investigación y estamos casi seguros de que Montenegro no tiene al Papa como objetivo. Sin embargo, creemos que planea aprovechar la visita para llevar a cabo algún acto que pueda afectar al evento.

—No es precisamente tranquilizador — dijo, frunciendo el ceño—. ¿Tienen alguna pista de quién podría ser el objetivo?

—Estamos trabajando contrarreloj para averiguarlo.

—Lo entiendo, inspectora, pero el tiempo juega en nuestra contra. Hasta que sepamos más, no podemos descartar ninguna posibilidad, ni siquiera que el Papa esté en peligro.

En ese momento, el walkie-talkie de Vargas emitió un ruido de estática. Ella lo activó, y una voz seca y distante habló:

—Inspectora, el mirlo blanco está en movimiento.

—¿El mirlo blanco? —preguntó Huber, con una mezcla de curiosidad y desconcierto.

Vargas se encogió de hombros y esbozó una sonrisa.

—Ya sabe cómo somos los españoles. Le ponemos apodos a todo, incluso al Papa.

El Papa subió al papamóvil. Vargas volvió a saludar al cardenal Laprovittola, quien se acomodó junto a otros dos sacerdotes en un Audi 100 con cristales tintados.

La idea de ver a Laprovittola en el círculo más estrecho del Papa le resultaba incómoda; había algo que no encajaba.

Era extraño ver a un miembro tan relevante del carbonarismo tan cerca de Juan Pablo II, sobre todo teniendo en cuenta las tensiones con la línea reformista del Pontífice.

—Laprovittola ha sido invitado personalmente por Su Santidad —dijo Huber en tono confidencial, al notar su mirada inquisitiva hacia el cardenal—.

Es un gesto de acercamiento hacia los grupos más alejados de las reformas del Concilio Vaticano II.

Aunque, dentro de Roma, hay quienes no ven con buenos ojos este intento de integración, especialmente tras las tensiones con la Iglesia Lefebvriana. ¿Conoce usted al cardenal?

—Sí, es un viejo amigo de la familia —respondió esquivando los detalles. Huber asintió brevemente.

—¿Nos vamos?

Ambos se acomodaron en el asiento trasero del Renault Laguna.

Vargas se dio cuenta de que a Huber le faltaban tres dedos de la mano izquierda, que iba cubierta con un guante de cuero adaptado para ocultar la mutilación.

Al notar que Vargas observaba su mano con discreción, Huber esbozó una sonrisa fugaz.

—Antes de trabajar para la Guardia Vaticana, fui miembro del equipo de artificieros de la policía alemana.

Una vez, respondimos a una amenaza de bomba de la Fracción del Ejército Rojo en una pizzería de Múnich.

El artefacto explotó mientras intentábamos desactivarlo, y yo me llevé la peor parte.

Pasé más de un mes en el hospital recuperándome.

Salvé la vida, pero estos dedos… —hizo un gesto breve y ocultó la mano.

—Lo siento, Lyan… no quería incomodarle —dijo ruborizándose.

—No se preocupe, inspectora. Ya estoy acostumbrado —respondió con amabilidad.

—¿Cuánto tiempo lleva trabajando para el Vaticano?

—Desde 1980. Fue una oportunidad que no quise dejar pasar.

Después de la explosión, atravesé una época muy difícil; la depresión y el trauma casi me destruyen.

Pero un buen amigo mío, jefe de seguridad del Papa, me contactó, y el trabajo en el Vaticano me salvó.

Me ayudó a recuperar mi propósito y a volver a ser una persona nueva.

Huber hizo una pausa, observando a Vargas con curiosidad.

—¿Y usted, inspectora? Sé que su trayectoria tampoco ha sido sencilla.

Varias tragedias la han marcado como policía y como persona.

Me han dicho que estaba semiretirada en Madrid, y de repente, se ha visto arrastrada a este caso...

el caso de su vida. Tengo entendido que ha estado persiguiendo a Montenegro durante meses y que incluso él estuvo a punto de matarla.

—¿Cómo sabe usted todo eso? —preguntó Vargas, visiblemente irritada.

—No se enfade, inspectora. Me gusta conocer a las personas con las que trabajo. Nada más. Soy un estudioso de la condición humana, y entenderá que en este momento mi máxima prioridad es la seguridad de Su Santidad.

La inspectora suspiró y relajó el gesto.

—Lo entiendo. No se preocupe, Lyan. Atraparemos a Montenegro antes de que ponga un pie en el Monte do Gozo.

—Confío en usted, inspectora. Estoy seguro de ello —concluyó la conversación con una mirada de determinación.

El resto del trayecto transcurrió en silencio.

La entrada del Papa a la ciudad de Santiago de Compostela fue apoteósica.

Miles de personas se arremolinaban en las aceras a uno y otro lado del vehículo papal.

Todo transcurrió con cierta normalidad, salvo algunos momentos de tensión protagonizados por jóvenes peregrinos que, llenos de fervor, se saltaron el cordón policial para acercarse al papamóvil con la intención de recibir la bendición del pontífice.

Vargas y Huber tuvieron que bajar en varias ocasiones para ayudar al resto del dispositivo, manteniendo la vigilancia sobre un gentío lleno de color.

Banderas de decenas de países ondeaban junto a carteles con el lema «Jesucristo, camino, verdad y vida», que se desplegaba como un mantra sin fin.

La marea de peregrinos, con sus cánticos y gritos de júbilo, sumía a Vargas en una especie de trance inquieto, donde cada gesto parecía un posible peligro.

Las escenas desfilaban ante sus ojos con la rapidez de una película muda proyectada en un viejo kinetoscopio.

En cada rostro desconocido buscaba los ojos color azul profundo de Artai Montenegro, y su respiración se aceleraba ante cualquier atisbo de alerta.

¿Se encontraría con él allí, retador y vigilante?

Cuando la comitiva papal llegó a la Plaza del Obradoiro, Vargas y Huber se separaron.

El Papa recorrería los últimos quinientos metros a pie hasta la catedral, y la multitud se apretujó con renovado fervor, dificultando aún más la vigilancia.

Vargas se situó en el centro de la plaza, girando sobre sí misma, con los sentidos agudizados, mientras los peregrinos se arremolinaban entre vítores y gritos.

—Estad atentos… —dijo Vargas por el walkie-talkie a sus compañeros estratégicamente repartidos por la plaza.

Huber le hizo un gesto de aprobación desde la distancia.

Vargas le devolvió un saludo con la cabeza, intentando mostrar calma, aunque el sudor frío le resbalaba por la espalda.

En ese mismo instante, el Papa se desvió del trayecto planificado, dirigiéndose hacia un grupo de peregrinos polacos que le saludaban con efusión tras una valla de contención.

Vargas giró sobre sus talones, escudriñando cada rincón de aquella plaza abarrotada.

El aire parecía espesarse a su alrededor, y un presentimiento oscuro se instaló en su pecho.

Y entonces... lo vio. Entre los peregrinos polacos, una figura alta, vestida de sacerdote, destacaba con una serenidad inquietante.

Sus ojos, de un azul tan familiar como gélido, se encontraron con los de Vargas.

El vello de la nuca se le erizó. Montenegro sonrió, una sonrisa entre burlona y condescendiente que le aceleró el corazón.

Vargas levantó lentamente el walkie-talkie y se los acercó a los labios.

—¡Lo tengo!… ¡lo tengo!... acabo de verlo… ¡mierda, está aquí!

—¿Cómo dice, inspectora? —contestó una voz apenas perceptible por el ruido de estática.

—¡Está aquí!

De repente, Montenegro desapareció de la vista de Vargas.

A empujones, atravesó la masa de peregrinos que formaban una barrera humana, sintiéndose como un ariete embistiendo un ejército multicolor.

El caos y el bullicio le recordaron las batallas de las antiguas películas de Roma que tanto le gustaban a ella y a su hermano cuando eran adolescentes.

Un toque de nostalgia la golpeó brevemente, aumentando su rabia por perder de vista a Montenegro.

Volvió a distinguirlo, descendiendo a paso ligero por la Rúa do Franco. Sin pensarlo dos veces, Vargas corrió tras él, esquivando cuerpos y sorteando empujones, pero la multitud se la tragó una vez más perdiendo de vista a Montenegro.

Con un grito ahogado de frustración, alertó a dos policías uniformados, y juntos corrieron calle abajo hasta la Travesa de Fonseca, donde volvió a distinguir la figura de Montenegro. Vargas desenfundó su arma, su pulso estaba descontrolado, consciente de que era cuestión de tiempo.

Separándose de los dos agentes, descendió rápidamente por la Rúa de San Clemente con el arma pegada al cuerpo. Un coche patrulla, un Seat Ritmo con las luces de emergencia activadas, frenó de golpe justo delante de ella, obligándola a dar un paso atrás.

—¡Casi me atropellan! —pensó con el corazón latiendo a toda velocidad.

Recuperando el aliento, se acercó al vehículo y dio nuevas instrucciones con voz agitada:

—¡Acordonad la puta manzana, no debe estar muy lejos!

Las sirenas de la policía comenzaron a resonar por toda la zona, y el dispositivo de búsqueda se desplegó rápidamente. Sin embargo, la sensación de que la oportunidad de atrapar a Montenegro se desvanecía le pesaba como una losa.

La gente se apartaba, alarmada al ver a una mujer con un arma desenfundada. Vargas intentaba no fijarse en sus miradas recelosas. Avanzó con la respiración entrecortada hasta que, de pronto, vio un parque al final de la calle y tuvo una corazonada.

Miró a ambos lados antes de cruzar —no quería morir atropellada por un despiste estúpido— y se internó en el parque. Se acercó a varios grupos de jóvenes sentados en el césped y preguntó, describiendo a Montenegro con desesperación. Pero nada; nadie había visto a un hombre con esas características.

Con los brazos en jarra, lanzó un juramento al aire.

—¡Mierda... joder!

Entonces apareció Huber, acompañado por dos hombres vestidos de negro, de complexión robusta, con la apariencia de exboxeadores.

—¿Dónde está? —preguntó Huber, sus brazos separados del cuerpo en un gesto de incomprensión.

—¡Y yo qué sé! —respondió Vargas, irritada, mientras se entrelazaba las manos detrás de la nuca, desesperada y agotada.

—¿Estás segura de que era él?

—Claro que era él...Reconocería esa mirada en cualquier parte.

Huber le sostuvo la mirada por un segundo y luego asintió.

—Está bien... inspectora, tranquilícese. Si está en el Monte do Gozo esta tarde, le atraparemos.