Los Hijos de la Peste 79
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El sonido de la voz profunda del locutor en la radio invadió la cabina del camión mientras divisaba una señal anclada en la carretera que anunciaba la proximidad de su destino, Padrón.

Durante el viaje desde Cartelle hasta allí, esos dos compañeros casuales no habían cruzado palabra alguna.

Eran dos extraños que se habían encontrado por azar del destino, y en poco tiempo, ese encuentro se convertiría en un frágil recuerdo.

Artai observó al conductor, preguntándose si su vida era tan anodina como parecía, sentado al volante de aquel camión.

Una ligera sonrisa cruzó su rostro al imaginar cómo cambiaría la vida del chico al descubrir a quién había llevado.

El camionero notó la mirada y le devolvió la sonrisa de forma mecánica.

—Ya estamos llegando, padre.

El fugitivo observó cómo las casas de aquel pueblo, que antes estaban dispersas a ambos lados de la carretera, ahora se apretujaban unas contra otras, formando un variado conjunto de colores y alturas, señalando la inminente llegada al centro de la población.

—¿Dónde quiere que le deje?

—Aquí mismo.

El camión se detuvo con parsimonia a un lado de la carretera. El falso sacerdote estrechó la mano del conductor con fuerza, cogió su mochila y, con un salto, bajó de la cabina. Un lacónico «suerte, padre» fue el último intercambio de palabras de esa relación fortuita.

Miró su reloj; eran las nueve de la noche.

Sabía que un autobús partiría a la mañana siguiente desde la avenida de Santiago de Compostela, junto al jardín botánico.

El vehículo había sido fletado por el arzobispado para trasladar a los sacerdotes y monjas que iban a participar en los actos del JMJ.

Decidió pasar la noche en un hostal y dirigirse a coger el autobús al día siguiente.

Como esperaba, este estaba estacionado al ralentí, y en la acera, varios curas formaban pequeños corrillos, mientras algunas monjas se abanicaban para protegerse del sol de media mañana.

Se relajó al ver que todo se desarrollaba según el plan previsto.

Sin embargo, al acercarse al autobús, un coche patrulla de la Guardia Civil se detuvo, y uno de los agentes bajó para hablar con el conductor, quien estaba de pie junto a la puerta del vehículo.

Se detuvo en seco y dudó, mirando a su alrededor con rapidez.

¿Podrían identificarlo? ¿Estaban allí por él?

No había llegado tan lejos para que una patrulla lo atrapara y arruinara todo por un golpe de mala suerte.

Entonces, se dio cuenta de que un sacerdote rechoncho y de pelo cano, con una nariz prominente y ojos oscuros, lo observaba disimuladamente.

Cabía la posibilidad, pensó, de que se hubiera dado cuenta de sus vacilaciones al ver a los agentes.

Volvió a mirar al guardia, que conversaba animadamente con el conductor; parecía que se conocían, lo cual le tranquilizó.

El otro permanecía en el coche, fumando y mirando al vacío.

Pasaron cinco largos minutos hasta que el agente se despidió y regresó a su vehículo.

Artai exhaló profundamente, aliviado. Al levantar la vista, sorprendió al sacerdote apartando la mirada con torpeza, como si hubiera estado observándolo en secreto.

Se acercó al conductor y proporcionó el nombre de Xavier Torres.

Este lo encontró en la lista y lo tachó. —Salimos en veinte minutos, padre.

Ya más relajado, el falso sacerdote entró en una cafetería situada frente a la parada de autobuses y pidió un café.

Desde la tarde del día anterior no había comido nada, y su estómago rugía.

El camarero, vestido con la camiseta del Deportivo de La Coruña, le sirvió el café con rapidez.

Artai se dirigió al baño, orinó placenteramente y se lavó las manos en un pequeño lavabo.

Se miró al espejo, y cada arruga de su rostro le recordaba las tempestades que había vivido.

Sabía que estaba cerca de su objetivo y que pronto podría descansar.

En medio de este momento introspectivo, la puerta del baño se abrió, y el sacerdote rechoncho que había visto antes entró y orinó ruidosamente en el retrete.

La brillante calva del cura reflejaba la luz artificial del baño.

Cerró la cremallera de su bragueta y se situó al lado de él.

Mientras se lavaba las manos, le lanzó una mirada sospechosa a través del espejo, su expresión estaba llena de inquietud.

—Usted no es Xavier Torres —espetó él—. Conozco al padre Torres desde hace muchos años y usted no es él. ¿Quién es usted? ¿Dónde está él?

El impostor se mantuvo sereno, se sacudió el exceso de agua de las manos y las secó con un trozo de toalla vieja y áspera. Su sonrisa fría hizo que la sangre del sacerdote se helara.

—El padre Xavier, lamentablemente, no ha podido acompañarnos… digamos que está indispuesto —respondió con una voz amenazadora.

El cura se dio cuenta del peligro en que se encontraba.

El miedo deformó su rostro y, en un intento de huir, dio un paso hacia la puerta.

Pero Artai lo detuvo, sujetándolo del hombro y abrazándolo con una fuerza férrea.

Su nariz rozó el pecho del sacerdote, y sintió cómo el cuerpo blando del hombre comenzaba a temblar.

Los quejidos ahogados se convirtieron en aullidos sofocados de pánico, que frenó rápidamente, como si extinguiera una vela con un golpe de viento.

El cuerpo cayó inerte en sus brazos, y lo arrastró dentro de uno de los cubículos del baño.

Encontró un pequeño ventanuco que daba a la calle. Colocó el cuerpo del sacerdote sobre la taza del váter, apoyando su cabeza contra la pared. Revisó su cartera y leyó el nombre en su DNI: Víctor de la Serna. Le lanzó una mirada de lástima.

—El momento y el lugar menos adecuados, padre Serna —pensó.

Con respeto, bloqueó el pestillo del cubículo desde dentro y le cerró los ojos.

—Reverteri ad locum tuum —susurró—. Regresa a tu lugar.

Abrió el ventanuco y calculó el espacio.

Lanzó la mochila al exterior y se encaramó ágilmente sobre la cisterna, con el corazón latiendo como un tambor.

En un suspiro, se deslizó al otro lado, donde un patio solitario lo recibió con el ondear sereno de sábanas recién lavadas.

Sin perder tiempo, cruzó el patio y abrió una cancela que lo llevó a un estrecho callejón lleno de cajas de refrescos apiladas.

Allí, vio el autobús, ya con todos a bordo, y al conductor, que caminaba de un lado a otro, nervioso y a punto de partir.

—Estábamos a punto de partir, padre. ¿No le dije que nos íbamos en veinte minutos? —dijo el conductor, visiblemente molesto.

—Sí, disculpe. No me encontraba bien y tuve que ir al baño —respondió mientras subía las escaleras del autobús.

—Padre… falta todavía un sacerdote, ¿lo ha visto?

—Sí, cierto. El padre Serna… Tomamos un café juntos, pero tuvo que ausentarse por una urgencia familiar.

—Qué raro... ha dejado aquí su equipaje —dijo el conductor, desconcertado.

—Me pidió que se lo remitiera cuando lleguemos a Santiago de Compostela.

El conductor, más apurado por la prisa que interesado en indagar, aceptó las explicaciones del sacerdote de ojos azules.

El pasajero se acomodó en uno de los asientos traseros y sostuvo la mochila con fuerza entre sus brazos.

Esperó con paciencia a que el autocar arrancara.

Luego, cerró los ojos con cierto alivio.

En ningún momento se había relajado; sabía que alcanzar su objetivo, esa redención final, no iba a ser fácil.