Los Hijos de la Peste 78
84%

78

A las cinco de la mañana del sábado diecinueve de agosto, Vargas se había refugiado en una de las salas de reuniones de la comisaría.

Necesitaba un lugar donde aislarse, sentarse en soledad y sumergirse en sus pensamientos.

Con la mirada perdida, sostenía entre las manos una taza de café caliente, casi como un autómata, mientras sus profundas ojeras delataban una noche de insomnio y desvelo.

El dolor por la muerte de Manuel había desgarrado algo fundamental dentro de ella.

Habían trabajado tanto tiempo juntos, habían estado tan cerca...

y ahora, al perderlo, comprendía por fin lo que sentía por él, aquello que durante años había preferido no admitir.

A diferencia de ella, él jamás escondió su amor por ella: en su mirada, en la forma en que le hablaba o incluso en su manera de estar siempre cerca, había una clara declaración de lo que él sentía.

Y ahora, lo lamentaba profundamente. En lo más hondo de su ser, sentía algo que nunca se permitió confesarle.

Esos sentimientos la desgarraban como el filo de un estilete al descubrir que, en realidad, nunca conoció a Manuel.

Que su pasado ocultara a alguien tan despiadado como Montenegro la turbaba sobremanera, y la duda crecía como un veneno que lo impregnaba todo.

Era como si el destino la hubiera elegido para protagonizar ese caso, forzándola a desprenderse de todo aquello que amaba.

Hilos invisibles parecían manejarla a su antojo, condenándola a estar sola, como si todo aquel que se acercara a ella terminara reducido a cenizas, como la llama que consume la cera de una vela.

Primero su hermano, después Daniel, el hijo de Lucía, y ahora Manuel.

Sumida en estas ensoñaciones, apenas notó que alguien abría la puerta de la sala. Era Suso, que asomaba el rostro con cuidado, con una actitud casi avergonzada, como si no quisiera interrumpir aquel momento tan íntimo.

—¿Puedo pasar? —preguntó desde la puerta.

—Sí, pasa, por favor —respondió, secándose rápidamente las lágrimas con la manga de su cárdigan.

—¿Estás bien? —susurró con suavidad, intentando no incomodarla. Vargas asintió, y Marzán se acomodó con torpeza en la silla frente a ella. Le tomó las manos con delicadeza, y ella, sin fuerzas, se las dejó.

—Siento mucho todo lo que ha pasado.

Sus ojos se humedecieron de nuevo, pero se apresuró a limpiarse las lágrimas con el dorso de la mano, avergonzada de mostrar debilidad.

—¿Sabes lo que realmente lamento, Suso? No haberle dicho nunca a Manu lo que sentía por él —dijo, soltando las manos de Marzán y rodeando de nuevo la taza de café con las suyas.

—A veces, en la vida, elegimos lo que creemos que es mejor —contestó Suso con una voz suave y sincera—. Erais compañeros y amigos, y tú sabías que llevar eso más allá quizás no hubiera funcionado. No te sientas culpable.

Ella notó el peso de las palabras de Suso y agradeció su apoyo. Siempre tenía el don de decir justo lo que necesitaba escuchar.

—Me siento como una huérfana en este momento. Haber trabajado tanto tiempo con alguien que, al final, no conocía... es tan duro y frustrante.

—Lo sé, pero tienes que reaccionar —dijo Marzán con firmeza—. Tenemos mucho trabajo por delante, y lo mejor que puedes hacer ahora por Delgado es ayudar a atrapar a su asesino.

Vargas asintió y dio un sorbo al café, buscando fuerzas en el calor de la taza.

—Escucha... el coronel Aramburu está aquí; ahora mismo está en el despacho del comisario, perfilando los últimos detalles del operativo de seguridad para la JMJ. El comisario me pidió que te viniera a buscar. Te necesitan concentrada al máximo.

Ya en el despacho del comisario García, Vargas y Marzán se encontraron con el coronel Aramburu, toda una leyenda en la Guardia Civil.

A sus cincuenta y cuatro años, comandaba la jefatura de la comandancia de A Coruña y lucía impecable en su uniforme, decorado con más de veinte pasadores de medallas obtenidas en una carrera brillante y rápida en el cuerpo.

Entre ellas, destacaban la Medalla de la Legión de Honor, una de las más altas condecoraciones otorgadas por Francia, y varias cruces al mérito, como la Cruz con Distintivo Blanco, por sus logros en la lucha contra la organización terrorista ETA.

Con una mirada de halcón, cada gesto y detalle parecían estar minuciosamente observados bajo sus ojos atentos.

De labios finos, piel bronceada y voz profunda y ronca, su fuerte acento andaluz lo hacía aún más distintivo.

Vargas percibió la vieja amistad que lo unía con el comisario, visible en los gestos de complicidad entre ambos.

También estaba presente un teniente de la Guardia Civil, un hombre rubio y de piel pálida, que organizaba con precisión una serie de documentos sobre una pizarra usando chinchetas.

—Pablo —dijo García, con un ademán hacia Vargas—, te presento a la inspectora jefa Noela Vargas, a cargo de la investigación.

Aramburu estrechó con firmeza la mano de Vargas.

—Inspectora.

—Y él es Suso Marzán, el criminólogo que nos asiste en el caso —añadió García.

—He leído algunos de sus libros, señor Marzán —asintió el coronel, con una leve inclinación de respeto.

Marzán lo agradeció con un gesto. Aramburu no perdió tiempo en entrar en el tema.

—Según lo que me ha comentado Alfredo, parece que este Artai Montenegro podría dirigirse a Santiago de Compostela. Dígame, inspectora, ¿tienen alguna certeza sobre sus intenciones? Necesito hechos, no suposiciones.

—Coronel, aún no contamos con toda la información —admitió Vargas—. Creemos que Montenegro puede estar preparando un ataque en alguno de los eventos de la Jornada Mundial de la Juventud, probablemente durante la misa del domingo en el Monte do Gozo.

—¿Y el posible objetivo? —preguntó, cruzando las manos detrás de la espalda con aire pensativo.

—Aún no tenemos esa certeza. Sin embargo, creemos que el Papa no sería su objetivo principal.

El coronel levantó una ceja, sorprendido.

—¿Y por qué no?

—Sospechamos que su blanco podría ser alguno de los acompañantes en la comitiva papal o incluso algunos de los peregrinos. Todavía estamos trabajando en concretarlo.

El coronel miró a Vargas con seriedad.

—Ya veo... así que aún no hay mucho en claro —dijo, con tono grave.

—Estamos trabajando en ello, coronel.

Aramburu suspiró, con una expresión de paciencia contenida.

—Lo entiendo, inspectora, pero el tiempo corre. Si existe alguna amenaza, debemos tenerla clara antes de que el avión papal aterrice. No podemos dejarnos llevar por especulaciones.

Marzán intervino con gravedad:

—Coronel, Montenegro es un hombre desesperado y mentalmente inestable, lo que lo hace aún más peligroso porque ya ha asumido su propia muerte como parte de su misión.

Aunque ignoramos su objetivo exacto, sabemos que lleva consigo un veneno mortal y que planea usarlo en un acto que considera una especie de expiación divina.

Coronel... Montenegro no busca a alguien en particular.

Lo que persigue es un símbolo, y ese símbolo está entre los cientos de miles de personas que se reunirán en el encuentro con el Papa.

Se hizo el silencio, roto apenas por la voz monótona de un locutor en la pequeña televisión del despacho del comisario, donde pasaban imágenes de Juan Pablo II. Aramburu observó un mapa extendido de la ciudad y se dirigió a Vargas:

—Bien, inspectora, concéntrese en identificar ese objetivo. Yo le proporcionaré todo el apoyo necesario. ¿Dónde podríamos atraparlo? ¿Y cómo?

Vargas respondió con firmeza:

—Nuestra prioridad es detenerlo antes de que alcance el evento, coronel. Lo que sí sabemos es que Montenegro irá disfrazado de sacerdote. En el priorato encontramos una camisa clerical con restos de sangre que creemos que es suya. Debió dejarla en su huida.

Aramburu se volvió hacia el teniente, que hasta entonces había permanecido en silencio.

—Teniente, recuérdeme el despliegue de seguridad preparado para la visita de Su Santidad.

El teniente extendió un mapa sobre el escritorio del comisario, señalando Santiago de Compostela y los pueblos cercanos, todos dentro de un círculo de veinte kilómetros alrededor de la ciudad.

—El Papa llegará hoy a las once de la mañana al aeropuerto de Lavacolla —comenzó con una voz aguda y pausada, indicando distintos puntos en el mapa con sus dedos—.

Desde el aeropuerto, se trasladará en el papamóvil hasta la ciudad.

Durante este trayecto, será prácticamente imposible que alguien se acerque a la comitiva papal.

La policía, la Guardia Civil y la Guardia Vaticana vigilarán estrechamente cada etapa del recorrido.

Luego, el Papa recorrerá a pie los últimos quinientos metros hasta la Catedral, un momento crítico, ya que irá acompañado de unos setecientos jóvenes.

—Desplegó otro mapa detallado de la plaza del Obradoiro—.

En esta área tendremos agentes en todos los puntos estratégicos.

Nadie podrá acercarse sin que lo sepamos.

—Bien. Al menos la seguridad del Papa está garantizada —dijo Aramburu con satisfacción.

—Con el debido respeto, mi coronel, aunque no podemos descartar un intento contra el Papa —intervino Vargas—, insisto en que no creo que Montenegro tenga ese objetivo. Como ha dicho Marzán, él posee suficiente veneno para causar un daño masivo en Santiago.

—¿Entonces qué sugiere que hagamos? —preguntó Aramburu con un gesto impaciente.

—Necesitamos operativos adicionales en los accesos a la ciudad —respondió Vargas—. Hoy Santiago estará llena de sacerdotes venidos de todo el mundo, y Montenegro se camuflará entre ellos.

Aramburu apoyó sus puños sobre la mesa, mirando el mapa con atención.

—Exactamente —añadió—, habrá miles de sacerdotes. No podemos identificarlos a todos.

—Quizá tengamos una pista, coronel —dijo Marzán—. Además de los cadáveres de los inspectores en el priorato, encontramos restos calcinados de un sacerdote, Xavier Torres, quien iba a participar en la Eucaristía del domingo. Sospechamos que Montenegro se hará pasar por él.

Aramburu reflexionó en silencio, examinando con atención el mapa sobre la mesa del comisario.

Unos golpes en la puerta desviaron su atención; una agente uniformada entró y se acercó al comisario.

Se inclinó hacia él para decirle algo al oído y, acto seguido, le extendió un papel.

Vargas observó cómo el comisario asentía.

—Parece que hemos localizado el coche abandonado del inspector Delgado cerca de un pueblo llamado Cartelle, a unos cien kilómetros de Santiago.

—Bien, teniente… —dijo Aramburu, consciente del peligro—.

Dé la orden de incrementar la vigilancia en todos los accesos por carretera a Santiago de Compostela.

Pero, por favor, —miró a cada uno de los presentes con firmeza—, seamos discretos.

No quiero que la prensa se entere y empiece a decir que hemos perdido el control sobre un loco que podría atentar durante la visita del Papa.

—Nos falta todavía identificar el momento y el lugar exactos en los que Montenegro pretende actuar —dijo el comisario García, dejándose caer en el butacón con gesto pensativo.

—Creo que ya los tenemos —intervino Marzán, señalando la televisión encendida.

García subió el volumen. En la pantalla, una periodista de cabello oscuro, vestida con una blusa morada, desglosaba con voz clara y enérgica los actos en los que el Papa participaría durante su visita a Santiago de Compostela aquel fin de semana.

Las imágenes mostraban a Juan Pablo II, rodeado de multitudes, seguido de escenas de jóvenes peregrinos caminando en grupo por la carretera.

Luego, la pantalla mostró una sala en la que estaban dispuestos mil doscientos copones dorados.

Esos artefactos serían usados al día siguiente, domingo veinte de agosto de mil novecientos ochenta y nueve, cuando los sacerdotes celebrarían la Eucaristía junto a los peregrinos.

Todos en la sala intercambiaron miradas de preocupación. Comprendieron al instante que aquel podría ser el medio elegido por Montenegro para distribuir la batracotoxina.