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Montenegro sabía que debía abandonar el Alfa Romeo de Delgado.
Aquel coche era como una diana en su espalda, y, aunque había utilizado las carreteras comarcales para evitar los posibles controles, existía la posibilidad de cruzarse en cualquier momento con una patrulla de la Guardia Civil.
Tenía que llegar a Santiago de Compostela cuanto antes y terminar el ritual.
En el asiento del copiloto, envuelto en una lona, yacía el libro VI de Farsalia, el mismo que Delgado —como un fantasma del pasado— había intentado arrebatarle.
Desde hacía tiempo ya no sentía remordimientos por matar: había acabado con toda clase de monstruos, psicópatas y criminales de guerra, pero haber tenido que matar a Manuel lo había entristecido profundamente.
Su vida era fruto del desarraigo; no podía tener una familia, ni siquiera una relación o simples amigos.
Delgado era uno de los pocos hombres con los que había tenido una conexión sincera en algún momento.
La verdad es que le había perturbado saber que él era el hombre que los Carbonari habían enviado para asesinarlo.
La corrupción y la descomposición de algunos miembros de la sociedad habían llegado hasta ese extremo.
Además, aún no podía dar crédito a que toda la información enviada por la sociedad a través de Delgado sobre Rivera, Carrión y Quiroga —quienes, según le habían hecho creer,
encubrieron y fueron responsables de la muerte de su hermano Xosé— no fuese más que una maniobra para manipularlo y alimentar su sed de venganza.
Con ello, pretendían implicarlo en un burdo complot para atentar contra el Papa.
Ahora comprendía que todo había sido una farsa, y que su verdadero objetivo estaba en otro lugar.
Por fin tenía claro cuál era la cabeza de la Hidra que debía cercenar.
En aquel preciso instante comprendió que había estado conduciendo casi en automático.
No recordaba la distancia recorrida desde el priorato de Allariz.
Durante el trayecto, apenas había prestado atención al paisaje, que desaparecía como el vuelo fugaz de un águila.
Pinares y eucaliptos se entrelazaban en un maridaje extraño mientras avanzaba por una estrecha carretera comarcal que serpenteaba entre dos elevaciones rocosas cubiertas de helechos.
Estacionó en la cuneta, miró con frustración el mapa Michelin que había encontrado en la guantera y descubrió que se hallaba a unos dos kilómetros de una población llamada Cartelle.
Se había desviado demasiado, tratando de evitar los controles.
Decidió ocultar el coche en un camino rural cubierto de maleza y cargó su mochila con la batracotoxina, antes de dirigirse a pie hacia el pueblo.
Tres cuartos de hora más tarde, Montenegro llegó al lugar: una pequeña villa formada por casas dispersas y construcciones de hormigón a medio terminar.
Los cultivos de maíz se alzaban como un ejército verde en formación, cuyas mazorcas parecían saludarlo.
Era media mañana, y apenas había actividad en la calle, salvo algunas ancianas vestidas de negro que acarreaban bolsas de la compra.
Encontró un pequeño bar y entró. Varios vecinos del pueblo estaban sentados frente a la barra, bebiendo y fumando.
En una mesa junto a la ventana, cuatro ancianos jugaban a las cartas; todos lo miraron.
Sin duda, debía de ser extraño que apareciera de repente un sacerdote desconocido.
No era habitual ver forasteros, y menos aún un cura que parecía despistado.
Una mujer regordeta, de piel blanca y pómulos enrojecidos, vestida completamente de negro y con un delantal con el logotipo de una marca de gaseosa, se acercó y limpió el trozo de barra donde Montenegro se había acomodado.
—Buenas tardes, padre. ¿Se ha perdido? —preguntó la camarera con una sonrisa socarrona.
—Exacto. Voy camino a Santiago de Compostela. He tenido la mala suerte de que mi coche se averió a unos pocos kilómetros de aquí.
—¿Es usted uno de los curas que va a asistir al encuentro de este fin de semana con el Papa? —le soltó de repente uno de los ancianos que jugaba al tute en la mesa.
—Así es —respondió Montenegro, mientras se quitaba la mochila y la dejaba con cuidado sobre la barra.
—Pues todavía le queda lejos —confirmó la camarera con aire despreocupado.
—¿Hay algún medio de transporte que me permita llegar a Santiago?
—Pasa un autobús de línea dos veces al día; va a Lalín y de ahí puede tomar otro hasta Santiago, pero a esta hora el último ya se ha marchado.
Montenegro evidenció su fastidio con una mueca.
—¿Y… tal vez un taxi?
—El único taxi del pueblo está averiado.
En ese momento, un joven alto y delgado, con una cicatriz de quemadura en el rostro, se acercó a la barra para pagar.
Vestía un mono azul con el logo de una empresa de transportes bordado en el pecho.
Montenegro pensó que aquel chaval no debía tener mucho más de veinte años, pero la evidente alopecia y su pelo ralo le hacían aparentar más edad.
—Padre, yo puedo llevarlo hasta Padrón, si quiere… Parto en media hora.
—Te lo agradezco, hijo.
—¿Le apetece tomar un café? — le ofreció la camarera.
—Sí… gracias… ¿tiene un papel y un sobre?
La camarera rebuscó en los cajones de un viejo armario y le entregó un folio y un sobre de estraza marrón con el logo de una compañía eléctrica llamada Xallas. Montenegro escribió una nota y la metió en el sobre.
—¿Hay un cuartel de la Guardia Civil cerca de aquí?
—Sí.
La camarera mientras tanto le echó un poco de leche en la taza.
—¿Podría hacerme el favor de entregarles este sobre en cuanto yo me vaya?
—Claro —asintió con una sonrisa al ver que, junto al sobre, aquel falso sacerdote deslizaba un billete de mil pesetas.
—¿Ocurre algo, padre?
—Nada, simplemente entregue el sobre.
El joven camionero abrió la puerta del baño e hizo un gesto para invitar a Montenegro a que lo siguiera.
—¿Nos vamos?
Montenegro asintió, dio un sorbo rápido al café, recogió su mochila y abandonó el local, dejando que la puerta se cerrara con un sonoro portazo.
La camarera encogió los hombros y miró con curiosidad el destinatario escrito en el sobre. Con unos trazos enrevesados, Montenegro había puesto el nombre de una mujer:
Inspectora Noela Vargas. Santiago de Compostela.