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Un día antes de la llegada del Papa
La tarde cayó inexorablemente aquel dieciocho de agosto de mil novecientos ochenta y nueve.
Al día siguiente, el avión papal aterrizaría en el aeropuerto de Lavacolla, en Santiago de Compostela, y el comisario García estaba sumamente preocupado por la sucesión de acontecimientos recientes.
Se encontraba en la casa de Allariz, donde yacían los cuerpos de dos inspectores de policía, Delgado y Requena, ambos muertos por disparos.
Sentía que había perdido el control de la situación y que, pese a los recursos desplegados, su equipo no había sido capaz de atrapar al asesino que llevaba semanas sembrando el terror.
¿Quién coño era Montenegro?, se preguntó.
Sobre la mesa tenía un sinfín de teorías propuestas por la inspectora Vargas, pero le costaba asimilarlas: algunas rozaban lo inverosímil.
¿De verdad estaban tras un sicario con secuelas mentales causadas por traumas de la infancia?
¿Era posible que lo hubiera reclutado una antigua sociedad secreta con miembros influyentes en la Iglesia, la política y el mundo empresarial?
García sentía una frustración inmensa y, ahora, además, sus superiores le habían dado órdenes estrictas de mantener la máxima discreción. Pero los crímenes ya habían llegado a la prensa, y el control de la información estaba perdido.
El comisario sabía que muchos estaban enfadados con él: el Gobierno, la Iglesia, para quienes la peregrinación papal era clave tanto en lo espiritual como en lo económico.
No podía poner en máxima alerta a las fuerzas de seguridad, como había solicitado, y lo que más le helaba la sangre era la posibilidad de un atentado de Montenegro en el Monte do Gozo,
durante los actos del Papa Juan Pablo II con miles de jóvenes de distintos países congregados para la Jornada Mundial de la Juventud.
Si el Papa sufría algún daño, las consecuencias serían gravísimas para la imagen del país y para su carrera.
García permanecía de pie junto a la puerta principal de la casa, observando la escena.
Varios coches de la Guardia Civil, con sus luces intermitentes, iluminaban la entrada del priorato de la Fraternidad de San Pío X.
Observó que la furgoneta del equipo de investigación criminal tenía los portones traseros abiertos, y los técnicos de la policía científica trabajaban con distintos equipos en su interior.
Aunque en aquellos años, a finales de los ochenta, la investigación criminal había avanzado mucho y él siempre había presumido de tener uno de los mejores laboratorios bajo su mando en Santiago de Compostela,
lamentaba ver a aquellos policías enfundados en sus monos de color blanco con tanta frecuencia últimamente.
A unos metros, Marzán, con su inseparable cuaderno de notas de tapas rojas, hablaba con un grupo de cuatro guardias civiles, anotando con atención todo lo que le decían.
Marzán lo saludó con la mano, y García le respondió con un leve movimiento de cabeza.
Uno de los guardias arrojó una colilla aún encendida y la apagó con el pie.
—Comisario...
Abstraído en sus pensamientos, García apenas escuchó la voz de Marzán, que insistió hasta llamar su atención.
—¿Comisario?
—Sí… —preguntó García—. ¿Qué han averiguado?
—Por lo que parece, comisario, la muerte de Delgado ocurrió tras una pelea violenta.
Su cabeza presenta contusiones graves, posiblemente causadas por un objeto contundente, quizá la culata de una pistola o algo similar.
También encontramos rastros de sangre en el baño, lo que apunta a la presencia de un segundo individuo.
Es posible que la sangre sea de Montenegro.
Ambos entraron juntos en la casa, donde aún yacía el cuerpo inerte de Delgado. García pensó en Vargas. Sabía cuánto tiempo habían trabajado juntos, y el solo hecho de imaginar su reacción lo inquietaba. Un investigador de la científica se acercó y les informó con un tono sombrío:
—Comisario, el escenario es bastante claro.
A falta de la confirmación de los peritos, creemos que Delgado mató primero al inspector Requena en su coche.
Después, se produjo un enfrentamiento en esta casa; hay casquillos por toda la estancia.
Por las marcas y rastros, parece que hubo forcejeo y que Delgado intentó defenderse con un cuchillo de cocina.
Al final, el atacante le disparó en la cabeza.
También parece que el sospechoso está herido —dijo, señalando el baño, donde otro investigador obtenía muestras de restos de sangre seca en el lavabo—.
La muestra de sangre se enviará para confirmar el grupo sanguíneo y cotejarlo con las demás muestras, y así corroborar si corresponde a Montenegro.
—¿Qué te sugiere todo esto? —preguntó García a Marzán.
—Vargas me comentó que Delgado y Montenegro se conocían; ambos eran custodes de los Carbonari.
Pero no creo que la muerte de Delgado estuviera planeada.
Montenegro siempre fue extremadamente meticuloso, y en esta escena dejó demasiadas pruebas.
Además, se llevó el coche de Delgado... No es propio de él.
Parece que actuó con prisa, como si hubiese perdido el control de la situación.
García asintió lentamente.
—Montenegro está siendo descuidado —añadió Marzán—. Si ha llegado a este punto, es que se siente acorralado.
En ese momento, el Volkswagen Golf de Vargas entró en la finca, y García observó cómo la inspectora bajaba del coche.
Se dirigió hacia el cuerpo de Requena, que estaba cubierto con una sábana, con las manos detrás de la cabeza.
García salió a su encuentro, consciente del impacto que la escena tendría en Vargas.
—Es mejor que no entres, Noela —dijo García con voz suave.
Vargas lo miró con dureza, y él supo que no insistiría. La dejó pasar, apartándose de su camino con un leve asentimiento. Ella entró en la casa y se arrodilló junto a Delgado. El dolor la invadió, y un gemido contenido se transformó en un llanto desgarrador.