Los Hijos de la Peste 75
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Delgado se encontró finalmente cara a cara con Montenegro. La figura de este último emergió de las sombras al reconocer su voz.En señal de tregua, guardó su pistola y levantó las manos. Artai, en cambio, aún le apuntaba con una pequeña pistola, cuyo destello metálico parpadeaba en la penumbra.

—He venido a hablar contigo y a recuperar el Libro VI. La Sociedad lo quiere de vuelta y está dispuesta a pagar una fortuna por él —susurró Delgado, empleando un tono que insinuaba una falsa camaradería.

Montenegro avanzó con paso firme, revelando su rostro mientras se acercaba.

A medida que la distancia se acortaba, su perfil anguloso y pálido de cobró forma.

Delgado observó, como si fuera la primera vez, aquella tez casi albina y los labios blanquecinos, que parecían haber perdido cualquier rastro de color hacía tiempo.

Era la viva imagen de un espectro que había matado sin remordimientos, conservando la intensidad de aquellos ojos azules, fríos e inescrutables.

Sin responder, Montenegro le hizo un gesto para que se acercara a la escasa luz que emanaba de la capilla cercana.

—Veo que no has perdido tu elocuencia —bromeó, intentando forzar una complicidad que sabía inexistente.

Montenegro, al reconocerle, relajó el brazo que sostenía la pistola, bajándola lentamente.

—¿Qué haces aquí? —preguntó, con una mezcla de sequedad y cansancio. Pensé que te habías retirado después de lo de Lausana. Siempre fuiste demasiado blando para este trabajo.

—No del todo. Aún solicitan mi ayuda cuando necesitan ocultar la basura bajo la alfombra… Y me temo que alguien ha sido muy descuidado con el Libro VI.

Montenegro dejó escapar una sonrisa distante, tan fría como la de una estatua griega.

—Entiendo.

—¿Vamos a quedarnos aquí de pie o buscamos un lugar más cómodo para hablar? —sugirió.

Ambos entraron en la pequeña capilla, un anexo modesto adosado al priorato.

Un crucifijo de madera presidía el espacio, y un par de sillas viejas completaban el mobiliario.

En las estanterías, unos jarrones de cristal con flores marchitas y cubiertos de polvo parecían recordar los días en que el lugar aún recibía rezos.

Delgado observó las flores muertas, preguntándose cuándo había sido la última vez que alguien había buscado consuelo allí.

Pasó un dedo por el altar, levantando una nube de polvo que se dispersó lentamente en el aire pesado.

Montenegro se mantenía apoyado en la puerta, observándolo en silencio, sin perder ni un solo detalle.

—La verdad es que nunca te agradecí lo suficiente que me salvaras la vida en Lausana —dijo Delgado—.

Si no hubiera sido por ti llevándome a una de las ventas de la Sociedad, no habría sobrevivido; la hemorragia fue intensa.

Te perdí la pista después, pero me interesé por saber quién eras, de dónde venías...

y cómo habías llegado hasta aquí. Quería agradecerte lo que hiciste, y fue entonces cuando averigüé lo de tu hermano Xosé, lo que soportaste en aquella colonia de Monte do Carballo...

Utilicé mis recursos y mi tiempo como policía para obtener más información sobre aquella etapa de tu vida.

Descubrí que tu hermano desapareció sin dejar rastro en algún momento de finales de los cincuenta.

Hay informes que lo sitúan incluso en noviembre de mil novecientos cincuenta y siete...

aunque los archivos están plagados de contradicciones y algunas falsedades propias de aquella época.

Delgado hizo una pausa, como si rememorara el camino que lo había llevado hasta ese momento.

—Tiré del hilo y llegué a otras desapariciones de chicos en aquella época y otros sucesos oscuros de la colonia.

—De su tono surgió algo entre el reconocimiento y la frialdad—.

Fue extraño y a la vez… revelador descubrir tus debilidades, Artai.

—Permaneció unos segundos en silencio antes de proseguir—.

En los ratos libres, seguí las pistas, descubrí documentos de la Iglesia y de una sociedad llamada Santa Mariña de Augas Santas.

Supe que sus miembros participaron en la represión política y en las desapariciones de la colonia.

Fue entonces cuando encontré los ritos que utilizaban y el manuscrito que guardaban celosamente: el libro VI de Farsalia, que ha pasado de mano en mano, dejando una estela de muerte a través de los años.

Vi una oportunidad de devolverte el favor y así lo hice.

Más tarde, te localicé en Francia, donde parecía que habías dejado atrás todo, y pensé que la mejor manera de saldar mi deuda era enviarte toda la información que había reunido sobre los culpables de la desaparición de Xosé.

Pero nunca pensé que aquello… acabaría desatando tanto…

—¿Tanto odio? —respondió Montenegro, con una chispa de cólera en sus ojos.

—Sí… podríamos decirlo así. —Delgado esbozó una leve sonrisa, llena de ironía—.

Tengo que reconocer que eliminar a Quiroga, Carrión e incluso a Rivera estaba dentro de lo planeado.

Usar ese ritual de la Triple Muerte descrito en el Libro VI fue una forma efectiva de enviar un mensaje, aunque ha atraído demasiadas miradas, incluida la de la policía.

—Delgado pasó su mano sobre un viejo crucifijo, fijándose en que el Cristo tenía la nariz y las manos dañadas—.

Pero matar al obispo Camargo, uno de los líderes de la Sociedad, Artai, y además frente a sus feligreses...

eso ha enfurecido a muchas personas poderosas.

Creen que estás fuera de control y me han ordenado que lo solucione.

—¿Entonces has venido a matarme? —preguntó Montenegro.

El policía tocó el crucifijo como si fuera una reliquia, luego miró a Artai con aparente calma, aunque un leve temblor en su mandíbula delataba el esfuerzo de mantener la serenidad.

—Artai, lo que sabes sobre la muerte de tu hermano Xosé... puede que no sea toda la verdad.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Montenegro desconfiado.

—Tu hermano no murió a manos de Rivera. Sí, abusó de él, eso es cierto, pero no fue el responsable directo de su muerte.

—Mientes... —replicó, con la voz cada vez más tensa—. ¿Cómo puedes saber eso?

—Después de que mataras a Quiroga, encontré un informe policial, fechado a finales de los cincuenta.

Según decía, hallaron el cuerpo de un niño cerca del río Porto, a pocos kilómetros de la colonia.

Las descripciones coincidían con las de Xosé.

Parecía que se había ahogado... —Delgado hizo una pausa, midiendo cada palabra—.

Parece que alguien estuvo empeñado en enterrar el caso.

Montenegro no respondió. Sabía que Delgado trataba de manipularle, y lo que decía era una mentira. Se limitó a mirarlo con una expresión que oscilaba entre el escepticismo y la rabia contenida.

—Tus recuerdos fueron manipulados, Artai. La Sociedad necesitaba una historia que encendiera tu odio. Necesitaban moldearte. Y lo lograron. Te dieron enemigos. Te dieron propósito. Pero también te mintieron.

Montenegro frunció el ceño y su dedo permaneció tenso alrededor del gatillo.

—¿Por qué ahora? ¿Por qué me lo dices tú?

—Porque quiero que sepas la verdad antes de que esto acabe.

Porque aún puedes bajarte de este tren antes de que descarrile.

Y porque… —hizo una pausa breve, dejando flotar las palabras en el aire espeso— quizá mereces algo más que seguir siendo el instrumento de una venganza que ni siquiera elegiste del todo.

— De todas maneras, Artai —dijo Delgado con voz serena, casi indiferente—, las personas a las que eliminaste eran escoria.

Rivera fue un abusador, protegido por el gobierno y la Iglesia de entonces.

Montenegro se dejó caer en una de las sillas y se sujetó la cabeza con sus manos. Su respiración era irregular, y parecía encogerse sobre sí mismo.

—La Sociedad te manipuló desde el principio, Artai.

Eres perfecto para ellos: sin lazos, sin una historia que vincule tu misión con ellos.

Quieren que seas el ejecutor de un complot que mantenga sus manos limpias.

Escucha, la policía está a punto de llegar.

Vargas ya sabrá quién soy, que estoy relacionado con Morandé y contigo.

Puedo ayudarte a escapar, Artai. Tienes mi palabra.

Pero antes, necesito el Libro VI. Hay gente dispuesta a pagar fortunas por ese manuscrito.

Montenegro levantó la mirada, apartando bruscamente la mano de Delgado de su hombro.

—¡No! —dijo con una intensidad casi febril—. Aún no he terminado.

—No lo entiendes, Artai —insistió —. Algunos miembros de la Sociedad están muy preocupados y me han ordenado cancelar la misión contra el Papa, al menos hasta que todo se calme.

—¿El Papa? —preguntó Montenegro, sorprendido—. Él ya no es mi objetivo.

—¿Qué estás diciendo?

—Mi objetivo es la Iglesia y sus altos cargos. Voy a terminar con lo que he comenzado y, Delgado… nadie me va a detener.

Montenegro se puso de pie y quiso abandonar la capilla.

—No te dejaré ir… sin el libro… no —sentenció Delgado mientras desenfundaba el arma.

—Nunca has estado preparado para esto, ¿verdad? —musitó Montenegro.

En un movimiento rápido, Montenegro lanzó un golpe que impactó de lleno en el rostro de Delgado, quien se tambaleó y cayó entre las sillas de la capilla.

Delgado evitó que la pistola se le escapara de las manos y disparó instintivamente hacia el bulto de Artai, que desaparecía por la puerta.

La detonación resonó en la capilla, y el olor a pólvora llenó el ambiente.

Delgado se levantó con dificultad, aturdido y con la mandíbula dolorida; un pequeño hilo de sangre le bajaba por la comisura de los labios, y al pasar la lengua por los dientes, sintió que uno de ellos estaba roto.

La rabia por haberse dejado sorprender como un novato lo hizo levantarse rápidamente, y salió de la capilla.

Afuera, el sol lo deslumbró, pero no encontró ni rastro de Montenegro.

Vio la puerta principal de la casa abierta de par en par y corrió hacia ella.

Sabía que precipitarse así aumentaba el riesgo.

Entró y recorrió el pasillo en penumbra, revisando cada estancia.

Entonces, un fuerte golpe por detrás lo derribó de nuevo al suelo.

Logró disparar mientras se giraba hacia la sombra que se movía, y un grito breve le confirmó que le había alcanzado.

Montenegro maldecía en voz baja, dolorido por la bala que le había rozado el antebrazo, causando una quemadura punzante.

No había planeado salir de allí herido, y el tiempo corría en su contra.

Miró su revólver: solo quedaba una bala, y sabía que tendría que acercarse a Delgado si quería asegurarse de detenerlo sin matarlo.

Delgado, con esfuerzo, se reincorporó y se apostó al final del pasillo, esperando a Montenegro.

Desde su posición, alcanzaba a ver el brillo del cañón de su pistola desde la cocina.

Sabía que debía asumir algún riesgo si quería resolver aquello antes de que llegara la policía.

De repente, una mano firme le sujetó el brazo: era Montenegro, que lo había sorprendido por un flanco.

Con un golpe certero de la culata del revólver, lo derribó por tercera vez.

Delgado cayó pesadamente, viendo cómo Artai le apartaba el arma con el pie y le apuntaba directamente.

—No te rindes, ¿verdad?

Delgado, con un ojo hinchado le observó mientras escupía sangre y tosía con esfuerzo. Artai lo miró con frialdad y le asestó otro golpe en la cabeza con la culata de la pistola dejándolo semiinconsciente.

—No quiero matarte, Manuel. Quédate en el suelo y no te muevas.

Montenegro se sentó en un taburete y examinó la herida en su antebrazo. Era solo un rasguño, pero el dolor lo hacía apretar los dientes.

Se remangó la camisa y fue al fregadero a lavar la herida.

Mientras el agua fría corría por el corte, observó que la camisa estaba empapada en sangre y decidió desecharla.

Encontró un botiquín en un armario cercano y, con gestos rápidos y precisos, limpió la herida con alcohol, frunciendo el ceño por el escozor.

Era como si la bala hubiera marcado su piel.

Se envolvió el antebrazo con gasa y la aseguró con esparadrapo.

Luego se dirigió al dormitorio, donde miró su reflejo en el espejo: el rostro fatigado, las ojeras cada vez más profundas.

Se preguntó cuánto hacía que no dormía una noche completa...

Ajustó su alzacuellos y se colocó las gafas de pasta cuadradas.

Y, en ese momento, lo sintió: algo se movía detrás de él.

Delgado, quien había aprovechado la distracción de Montenegro, lo atacó de nuevo, esta vez con un cuchillo de cocina.

Todo pareció desarrollarse en cámara lenta. Artai, reaccionó con reflejos felinos, se giró, cogió la pistola que había dejado sobre la cómoda y disparó sin dudar. La bala alcanzó a Delgado en la cabeza. Su cuerpo cayó de espaldas, quedando inerte en un charco creciente de sangre.

El custode recogió sus pertenencias con movimientos calculados, aunque su mente era un torbellino de pensamientos.

Sabía que había dejado tras de sí demasiadas huellas: rastros de sangre, casquillos, el cadáver de un policía...

pruebas suficientes para que la policía lo identificara sin dificultad.

Pero ya no le importaba. Había cruzado una línea sin retorno.

Se detuvo un instante frente al cuerpo inerte de Delgado.

Se agachó con lentitud, como si el tiempo se hubiera detenido, y le sostuvo la quijada con firmeza, obligándolo a mirarle por última vez.

Luego murmuró con voz áspera, casi con pesar:

—Te dije que te quedaras quieto… joder.

Salió corriendo hacia el patio, donde el Alfa Romeo de Delgado todavía tenía el motor encendido. Abrió la puerta, retiró el cuerpo sin vida del subinspector Requena y se subió al asiento del conductor. Con un rugido, el vehículo aceleró, dejando una nube de polvo en el aire.