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1977
Montenegro estacionó la furgoneta Mercedes-Benz frente a la casa.
El ralentí del motor mantenía a ambos hombres calientes dentro de la cabina, mientras el vaho de sus respiraciones empañaba las lunas del vehículo.
Llevaban casi una hora esperando en aquella fría mañana invernal en Lausana.
Delgado daba palmadas con los guantes para entrar en calor, mientras Artai observaba detenidamente la casa.
Ambos aguardaban pacientemente la llegada de Leandro Rivas.
Artai miró el reloj, impaciente por el retraso de su objetivo.
La casa que vigilaban estaba ubicada en el Chemin de la Gottettaz, en el cantón de Vaud, rodeada por un manto de nieve que cubría desde el tejado hasta las copas de los árboles y por la estrecha pista adoquinada que conducía hasta la puerta principal.
Manuel, ensimismado, dejó que aquel paisaje blanco lo llevara a su infancia, recordando la bola de cristal con nieve que su abuela Flora le regaló una Navidad.
Dentro de ella, un diminuto pueblo con casas abigarradas y un muñeco de nieve daban vida a un escenario que él solía imaginar habitado por pequeños seres disfrutando de un invierno perpetuo. Sonrió ante el recuerdo.
De repente, el motor de un taxi rompió el silencio de la calle al detenerse frente a la casa.
Delgado y Montenegro vieron cómo una figura descendía del taxi, envuelta en un largo abrigo marrón con cuello de piel de marmota y un sombrero italiano tipo Borsalino.
El taxi se alejó, devolviendo la tranquilidad al ambiente.
La figura sacó las llaves del bolsillo, abrió la puerta y entró.
—Ahí está —dijo Delgado, ajustándose los guantes.
Artai Montenegro salió de la cabina y abrió la puerta corredera lateral de la furgoneta, sacando un maletín azul con el logo de la compañía eléctrica suiza Atel.
Volvió a su asiento, donde abrió el maletín con cautela para comprobar que en su interior estaban perfectamente acolchados un vial y una jeringuilla con un líquido transparente.
Cerró el maletín tras asegurarse de que todo estaba en óptimas condiciones.
—¿Qué es eso? —preguntó Delgado.
—Es ricina, uno de los venenos más potentes.
En este vial hay quinientos microgramos —dijo Artai, guardando de nuevo la caja en el maletín—.
Es suficiente para acabar con Rivas de forma rápida y discreta.
Este veneno le provocará fiebre alta, dolor abdominal, dificultad respiratoria y, finalmente, un fallo multiorgánico.
Para quienes lo rodeen, parecerá una enfermedad fulminante; y cuando detecten el veneno, nosotros ya estaremos muy lejos.
Delgado no había visto a aquel tipo hasta aquel momento.
La sociedad se había puesto en contacto con él mediante un mensaje críptico en el que le indicaban que debía reunirse con una persona desconocida.
El sobre que recibió contenía un billete de ida y vuelta en avión a Zúrich y una dirección en Lausana.
A pesar de su nerviosismo, su entrenamiento le permitía controlar el miedo en situaciones de estrés, y esta era una de ellas.
Sentado en la furgoneta, congelado por el frío, esperaba su turno para acabar con la vida de un desconocido.
Cuando finalmente miró detenidamente a aquel hombre, observó en sus ojos azules un brillo intenso y frío, y supo de inmediato que estaba frente a alguien que ejecutaba este tipo de trabajos con profesionalismo y naturalidad.
—Has venido a aprender —dijo Montenegro, cerrando el maletín—. Cuando entremos en esa casa —señaló la puerta principal—, le inyectarás el veneno en el antebrazo, a una o dos pulgadas debajo del acromion —añadió, señalando un punto en su propio hombro.
—Entendido —contestó Delgado.
—Dentro de este vial —prosiguió Artai, sacando un pequeño frasco— hay una solución de Claviceps purpurea, un potente narcótico sin residuos detectables. Le dormiremos primero; luego, con calma, terminarás el trabajo. Su mujer e hijos están en España, así que no esperamos sorpresas.
Delgado asintió en silencio.
Artai hizo ademán de bajar del vehículo.
—¿Quién es este tipo... Leandro Rivas?
—Un asesino despiadado... Tras la Guerra Civil, se cometieron muchos crímenes en la zona nacional.
Valladolid fue una de las provincias donde se llevaron a cabo más fusilamientos.
Existió una banda de asesinos que se hacía llamar la Escuadra del Amanecer, porque ejecutaban a sus víctimas al alba, dejándolas en las cunetas de las carreteras sin piedad.
Este grupo estaba formado por miembros de la Falange, y entre ellos estaba este hombre, Leandro Rivas.
Tiene más de cuarenta fusilamientos a sangre fría en su haber.
Huyó de España con la llegada de la democracia, y el Gobierno actual no ha hecho nada por reclamarlo, así que estamos aquí para impartir la justicia que sus víctimas y familiares merecen.
—Entiendo.
Montenegro asintió, como en señal de aprobación. —Bien. Terminemos con esto lo antes posible.
Se bajaron de la furgoneta. Montenegro miró hacia ambos lados de la calle, que serpenteaba entre los chalés dispuestos uno tras otro.
La tranquilidad era su mejor aliada para actuar sin ser vistos.
La nevada había arreciado, y las botas de trabajo se hundían en la nieve a cada paso.
Delgado observó la casa y se fijó en el lujo que rodeaba la vida de Rivas.
De su boca salía vaho a intervalos, y Montenegro, al verlo, supo lo que estaba pensando.
—Rivas proviene de una familia hispano-suiza cuyos negocios crecieron inusitadamente con Franco. Esta es solo una de sus muchas propiedades.
Delgado se frotó las manos. El frío empezaba a colarse a través del anorak cuando pulsó el timbre, cuyo sonido profundo resonó como una campanada.
Montenegro sostenía con firmeza una esponja empapada con la solución narcótica.
Para su sorpresa, una mujer voluptuosa, de unos treinta años, con el cabello rubio recogido en un moño y ojos azules, abrió la puerta.
Vestía una bata larga de seda con estampado de flores entrelazadas.
Un colgante de oro se posaba sobre su canalillo, resaltando sus generosos senos.
Su fuerte perfume embriagó a Montenegro.
...Ella no debía estar allí, pensó.
—Qu’est-ce que vous voulez? (¿Qué desean?) —preguntó en un francés susurrante.
Delgado titubeó un segundo antes de responder en un francés también impecable:
—Nous venons de la compagnie d’électricité. On nous a informé d’une panne dans le secteur. Elle a déjà été réparée. Nous voulions juste vérifier que tout fonctionne correctement chez vous.
(Somos de la compañía eléctrica; nos notificaron una avería en la zona, ya solucionada, y queríamos verificar que todo funciona correctamente en su casa).
—¿Cariño? —dijo la mujer en español, con un marcado acento francés.
La mujer los miró provocativamente, dándose cuenta de que tanto Delgado como Montenegro no pudieron evitar mirarla por un instante.
Elevó la voz nuevamente para llamar la atención de Rivas.
Montenegro pudo ver al fondo una escalera que conectaba el lujoso vestíbulo con las estancias superiores de la casa.
—Son dos técnicos de la compañía eléctrica. Dicen que ha habido una avería en la zona — dijo en un perfecto español.
—¿Qué avería? —se oyó una voz masculina desde arriba.
Montenegro pudo ver unas piernas desnudas bajando por las escaleras.
—Diles que se larguen... aquí no ha habido ningún problema —dijo Rivas en tono despectivo.
La mujer los miró y encogió los hombros como excusa por aquella respuesta tan brusca.
—Vous l’avez entendu… (Ya lo han oído...) —dijo, e hizo ademán de cerrar la puerta.
Montenegro bloqueó la puerta antes de que la mujer pudiera cerrarla del todo.
—No tan rápido —dijo, empujando suavemente la puerta hacia adentro.
La sorpresa y el miedo se reflejaron en sus ojos. Sin darle tiempo a reaccionar, Montenegro la agarró por el cuello y, con la precisión de quien rompe una rama seca, le quebró el cuello. El cuerpo de la mujer se desplomó, quedando en el umbral mientras Delgado observaba la escena, petrificado.
—¿Pero qué demonios haces?... Este no era el plan —susurró Delgado, demasiado tenso.
Rivas, al percibir el peligro, retrocedió bruscamente, dejando caer el vaso de güiski que llevaba en la mano, derramando el líquido sobre la moqueta.
Sus ojos aterrados, su rostro anguloso y el bigote fino ahora parecían demacrados y llenos de espanto.
Trastabilló al subir, como si sus piernas se negaran a sostenerlo.
—¿A qué esperas? —le gruñó a Delgado—. ¡Ve tras él!
Delgado, extrajo de su cartuchera un pequeño revólver Colt Cobra y comenzó a subir las escaleras, pegándose a la pared para no exponerse.
El silencio en el piso inferior se rompió solo por una melancólica melodía de jazz que sonaba en la lejanía.
Delgado sintió el ligero crujir de la madera bajo sus pies mientras alcanzaba el piso superior.
En el pasillo, varias puertas entreabiertas dejaban ver interiores en penumbra, y en las paredes colgaban fotografías de tiempos pasados.
Entonces, vio a Artai ocultando el cuerpo de la mujer en un rincón, con una expresión impasible. Sintió una punzada de lástima: aquella mujer había empezado el día sin saber que sería el último de su vida, simplemente por estar en el lugar equivocado.
Absorto en esos pensamientos, no percibió el destello que, como un relámpago en la oscuridad, iluminó el descansillo.
Un calor repentino y un dolor intenso le atravesaron el cuerpo; Rivas le había disparado y él no estaba lo suficientemente alerta.
Notó cómo la bala se había incrustado en su clavícula y, apretando los dientes, respondió con un disparo hacia la sombra.
Una voz nerviosa rompió el silencio desde las sombras del pasillo.
— ¿Quiénes sois? —gritó Rivas, con voz temblorosa, sin moverse de su escondite.
Delgado sintió cómo el pulso le latía en las sienes.
Sabía que esos disparos podrían alertar a los vecinos, que llamarían a la policía.
Miró hacia el piso de abajo, buscando algún tipo de apoyo por parte de Montenegro.
La sangre corría por su hombro, y sintió que perder el conocimiento era solo cuestión de tiempo.
Pero en lugar de ver a Artai, solo vio la puerta de la entrada abierta y el aire frío colándose en el interior de la casa.
— Mierda —murmuró, frustrado.
¿Dónde diablos estaba?
Un segundo disparo surgió de las sombras y Delgado se agachó, retrocediendo lo mejor que pudo.
En ese momento, Montenegro irrumpió de nuevo por la puerta de entrada, avanzando como un tanque a campo abierto, portando una botella de cristal con un líquido que Delgado apenas alcanzó a distinguir, pero que supuso sería algún tipo de combustible.
Con un movimiento rápido, Montenegro encendió la botella, la convirtió en un cóctel letal y la lanzó con fuerza hacia donde Rivas se ocultaba.
Una llama violenta iluminó la estancia, y en cuestión de segundos, el lugar se convirtió en una trampa ardiente.
Rivas, tosiendo sin control, salió de su escondite entre llamas y humo.
Delgado, al verlo, disparó varias veces.
Rivas cayó al suelo como un saco; su figura inmóvil empezó a ser consumida por el fuego.
Manuel sintió que el agotamiento lo vencía y que la inconsciencia era inminente.
Antes de que pudiera desplomarse, unos brazos fuertes lo sujetaron y lo arrastraron fuera de la casa.
Al salir, Montenegro lo sentó en el asiento del copiloto de la furgoneta.
Algunos vecinos, alarmados por el humo, habían comenzado a reunirse.
Una anciana con un pequeño perro los miraba, sorprendida, mientras el humo comenzaba a escapar por las ventanas.
Montenegro arrancó la furgoneta y aceleró para alejarse rápidamente.
Las primeras sirenas de la policía y los bomberos ululaban en la distancia.
Delgado le miró de reojo. Artai estaba completamente enfocado en la huida. Apenas sentía su cuerpo. Justo antes de desvanecerse, oyó a Montenegro decir:
—Menuda chapuza.
La mirada fría y la sonrisa extraña de Montenegro fueron lo último que vio antes de que su cabeza cayera hacia un lado y perdiera el conocimiento.