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Vargas se reunió aquella mañana con el cardenal Laprovittola en su residencia de Lugo.
Él se acomodó en el sofá y la invitó a sentarse.
Noela había solicitado la cita inmediatamente después de salir del Hostal de los Reyes Católicos, donde obtuvo más información sobre las conexiones entre los Carbonari y los lefebvrianos a través del padre Blas Romero.
Laprovittola, como nadie en su posición, conocía a fondo los entresijos de la Iglesia, las relaciones con los lefebvrianos y su conexión con la sociedad secreta de los Carbonari.
—Los Carbonari llevamos mucho tiempo ocupando puestos de relevancia en la sociedad europea —comenzó a decir el cardenal con lentitud, remarcando cada palabra—, en la política, en el ejército y en otras instituciones del Estado.
Algunos de los empresarios más importantes de este país también pertenecen a nuestra sociedad.
Desde la Edad Media, el objetivo del carbonarismo ha sido ejercer una influencia que contribuya al equilibrio social, ayudando a que los grandes líderes guíen a sus pueblos con justicia y generosidad hacia los más necesitados.
Hemos protegido los regímenes democráticos, combatiendo los totalitarismos a lo largo de la historia, derribando dictaduras y construyendo esperanzas.
Aunque, a mi pesar, no siempre lo hayamos logrado.
Laprovittola se levantó del sofá y se acercó a la ventana, desde donde se podía ver la muralla romana que rodeaba la ciudad de Lugo.
Vargas, al ver su figura alta y erguida como un viejo roble, pensó en lo bien que el cardenal mantenía su porte, alto y esbelto a pesar de la edad.
Un escalofrío recorrió su cuerpo cuando Laprovittola se volvió para mirarla con severidad antes de proseguir su reflexión:
—También hemos contribuido a que la Iglesia sea lo que es hoy.
Aunque a la mayoría de los sacerdotes de la sociedad no les agradaran algunos de los cambios promulgados por el Concilio Vaticano II, los hemos aceptado en su mayoría sin cuestionarlos, y algunos, como en mi caso, hemos decidido dar un paso al lado.
No es fácil pasar de una posición predominante en los asuntos de Roma a ser relegados por el actual Papa —esbozó una sonrisa fugaz—.
Ten en cuenta que algunos de los cargos más importantes del Vaticano y más cercanos al Papa han sido carbonarios desde el Renacimiento.
—Pero algunos de esos prelados pertenecientes a la sociedad, sin duda, no han aceptado bien esta marginación.
—No... y ese es el problema, Noela. Es cierto que algunos han optado por una oposición más beligerante al actual pontífice, uniéndose a los postulados cismáticos de monseñor Marcel Lefebvre, lo cual ha debilitado aún más nuestras posiciones dentro de la Iglesia.
De hecho, la excomunión de Lefebvre y de los obispos el año pasado solo ha empeorado nuestra situación.
Laprovittola hizo una pausa breve pero intensa.
Se acercó a una mesita de estilo colonial en color nogal y tomó una pequeña copa de cristal de Bohemia.
La llenó generosamente con un burdeos de la exclusiva bodega Fleur Pétrus.
Vargas observó cómo el anillo carbonario del cardenal, engarzado con un topacio que proyectaba destellos azulados, resplandecía a la luz que entraba furtiva desde la ventana.
En la base del topacio, una corona de espinas de oro relucía con solemnidad.
Laprovittola notó la mirada absorta de Vargas y, sin disimulo, exhibió el anillo con un gesto cómplice.
Luego, levantó la copa y, tras un trago rápido, la volvió a dejar sobre una bandeja de plata.
—Supongo que te preguntas por el simbolismo de este anillo —dijo el cardenal, acariciándolo suavemente con los dedos.
Vargas asintió.
—¿Por qué una corona de espinas?
—Nuestra sociedad es una de las más influyentes y temidas de Europa Occidental desde la primera mitad del siglo XIX.
Tal vez la única organización comparable en influencia sea la masonería, pero nuestras raíces son más antiguas.
El carbonarismo surgió y creció en los primeros siglos de la Edad Media, en los bosques de Italia septentrional, Alemania y Francia, donde se reunían los primeros carbonarios.
Por eso nuestras simbologías originarias incluían herramientas de trabajo: hachas, sierras, antorchas.
Con el tiempo, evolucionamos y ganamos influencia, y se establecieron distintos círculos o grados dentro de la sociedad, cada uno con su misión y sus propios símbolos.
Estos grados de conocimiento aún perduran hoy, y todos se basan en la iconografía cristiana, que dicta nuestra misión en el mundo.
—Los miembros que portan el símbolo de la cruz son el brazo ejecutor de los Carbonari, capaces de poner y quitar gobiernos.
Otros, como Delgado y Montenegro son custodes.
Su función es la persecución de tiranos y criminales de guerra, de aquellos que han traicionado o dañado a su pueblo.
Finalmente, los que llevamos la corona de espinas representamos la realeza y la majestad, el sacrificio y la pasión de Jesucristo.
Somos quienes ocupamos cargos relevantes en la política, la economía y la Iglesia católica.
Podríamos decir que somos una especie de negociadores —sonrió Laprovittola con ironía—.
Los miembros del círculo de la corona conocemos la identidad de todos los demás.
—¿Y Abelard Morandé? ¿Qué papel tiene en todo esto? ¿Cuál es su relación con Montenegro y el inspector Delgado?
—Morandé pertenecía al segundo círculo, el de la cruz.
Los Carbonari hemos tenido presencia en España desde el siglo XIX y hemos ocupado puestos de relevancia bajo todos los gobiernos, incluida la II República.
Sin embargo, después de la Guerra Civil fuimos perseguidos por Franco, quien, aunque alentaba ciertas sociedades secretas, como la de Santa Mariña de Augas Santas —que tú ya conoces—, despreciaba otras, como la masonería y el propio carbonarismo.
Morandé llegó a España a finales de los años cuarenta para ayudar a compañeros perseguidos por la represión franquista a escapar del país.
En las décadas siguientes, organizó a los custodes en España, un grupo encargado de identificar y eliminar a criminales de guerra.
Montenegro fue uno de los líderes de estos custodes y, durante su formación, se convirtió en el mentor de Delgado.
—¿Entonces Montenegro y Delgado se conocen?
... ¿Cómo es posible? —murmuró Vargas—. ¿Cómo puede ser que me haya engañado todo este tiempo?
No puedo creer que él, precisamente él, mi compañero, con el que he trabajado codo a codo durante estos años, sea una especie de sicario al servicio de una sociedad secreta sacada de un maldito cuento de conspiraciones.
—Sí, se conocen, y no te castigues por ello, Vargas.
Individuos como Delgado llevan vidas paralelas, tan bien ocultas que ni siquiera sus familias las conocen.
Delgado hace lo que muchos gobiernos no se atreven: levantar sus propias alfombras y sacudir la basura acumulada bajo ellas.
No son simples sicarios; esa palabra les queda pequeña.
Un custode es un «factor de corrección», una respuesta a errores graves del pasado.
—¿Un «factor de corrección»? —replicó Vargas—. Parece increíble oír a un prelado de la Iglesia hablar así de estos... asesinos. ¿Y para qué? ¿Para defender una causa en la que solo unos pocos creen? Es una locura. ¿La Iglesia es consciente de lo que están haciendo?
—Como te dije, la Iglesia es un rebaño diverso, con pensamientos y métodos muy distintos bajo un mismo techo —respondió el cardenal, mirándola con frialdad.
—¿Y el Papa lo sabe?
—No lo sabía... hasta que lo descubrió. Entonces, hizo una limpieza a fondo entre sus miembros. Y esa purga, te aseguro, no fue del gusto de algunos con mucho poder en la prelatura.
—¿Es esa la razón por la que su vida está en peligro?
—Te lo repito, Noela. Hay fanáticos en todos lados, y la Iglesia también está formada por seres humanos, con sus ambiciones, sus miedos y sus errores.
Laprovittola hizo un ademán suave, invitando a Vargas a relajarse y a tomar asiento nuevamente.
Ella lo hizo, enfrentándose a su mirada fija y severa, propia de alguien acostumbrado a guiar las almas y las decisiones de otros.
El cardenal apretó sus labios finos, como si quisiera contener unas palabras difíciles.
—Noela... Delgado tiene ahora una misión vital: eliminar a Montenegro, que se ha convertido en un cáncer para los intereses de la sociedad.
Se ha desviado del plan y ha puesto en jaque a personas poderosas, las mismas que siempre han movido los hilos en la sombra.
Encuentra a Delgado, y encontrarás a Montenegro.
Si logras detenerlo, quizás evites una tragedia a escala mundial... un espectáculo de venganza en directo.
—Espero que no sea demasiado tarde —susurró Vargas, con un aire de desesperanza.