Los Hijos de la Peste 72
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El inspector Delgado conducía en silencio, con la vista fija en las líneas discontinuas de la carretera comarcal que su Alfa Romeo devoraba con velocidad.

A su lado, el subinspector Requena hablaba sin cesar de temas triviales a los que él no prestaba atención.

García le había insistido en que llevara compañía, y eso resultaba un inconveniente que debía resolver pronto.

Las cosas se habían complicado demasiado.

Mientras Vargas y Marzán seguían profundizando en la conexión, Delgado aprovechó el momento para encontrarse por fin con Montenegro.

Planeaba escenificar un tiroteo en el que Artai moriría tras ser sorprendido en su escondite por la policía.

Requena, el subinspector que lo acompañaba, sería una víctima mortal accidental, abatido con varios disparos a quemarropa mientras que él mismo resultaría levemente herido.

Como custode Carbonari, Delgado nunca imaginó que todo se le escaparía de las manos y que Montenegro acabaría con la vida del mismísimo obispo Bieito Camargo.

Este acto había incomodado profundamente a la Hermandad y encendido las alarmas.

Artai había convertido su venganza en un sangriento ajuste de cuentas.

La misma sociedad que lo moldeó como un asesino eficaz y sigiloso ya no confiaba en él.

Al usar un ritual celta antiguo, basado en un grimorio, no solo había puesto a Vargas y a Marzán tras su pista, sino que había atraído una peligrosa atención sobre la Hermandad, cuyo propósito siempre había sido permanecer en las sombras.

Lo más grave era que Artai había puesto a la policía sobre la pista de planes que debían mantenerse en secreto: el atentado previsto durante la visita de Juan Pablo II a Santiago de Compostela.

La sociedad se dio cuenta demasiado tarde de que Montenegro no tenía intención de cumplir su parte del trato: preparar el envenenamiento del Papa usando la toxina que se le había proporcionado.

De repente cambió las reglas del juego y ya no le interesaba el Papa; planeaba algo aún más grande, algo tan espectacular que podría sacar a la luz no solo a él, sino a todos los miembros de la Hermandad que habían operado en la sombra durante tantos años,

enredados como hiedra en el muro de la sociedad, e incluso en la misma Iglesia.

Las cosas tomaron un giro inesperado cuando Noela encontró una relación entre la Iglesia cismática lefebvriana y miembros del carbonarismo, descubriendo así la conexión de Abelard Morandé, líder fundador de los Carbonari en España, con Marcel Lefebvre.

Este hallazgo inquietó a todos los implicados en la conspiración, ya que sabían lo que podrían perder.

La llegada de Juan Pablo II significaba el fin de privilegios para varios prelados, y la expulsión de los sacerdotes lefebvrianos era un problema real; sin embargo, su verdadero temor era ser señalados públicamente como instigadores de un atentado contra el Papa.

Delgado estaba sumido en estas ideas cuando la voz de Requena lo sacó de su ensimismamiento, anunciándole que el desvío hacia la N-525, en dirección a Allariz, estaba cerca.

Habían pasado casi dos horas al volante, atrapado en sus pensamientos, sin escuchar una palabra de la charla interminable del subinspector.

Solo en algunas ocasiones había asentido ante preguntas sobre el caso, aunque ni siquiera recordaba de qué trataban.

Atravesaron Allariz e ingresaron en un camino comarcal rodeado de tierras rústicas y campos de vegetación dispersa, donde predominaban grupos de eucaliptos. Delgado conducía con cuidado por aquel terreno, mientras Requena, a su lado, revisaba las notas de un expediente.

—Es un mal bicho el que estamos buscando —susurró Requena, mientras levantaba la vista de la carpeta y observaba el exterior—. ¿A dónde vamos? Creía que íbamos hacia Santa Mariña —dijo, con desconcierto.

—Recibí cierta información que confirma que el sospechoso podría estar oculto en una casa a las afueras del pueblo.

—Inspector, creo que deberíamos informar a la central. Recuerda que el comisario nos pidió mantenerlo al tanto de cada movimiento. Este tipo es muy peligroso, necesitamos apoyo —insistió Requena, activando el walkie-talkie.

—No hace falta... solo vamos a echar un vistazo. Si confirmamos que el sospechoso está allí, entonces llamaremos a la central, te lo prometo. —Delgado le quitó el walkie-talkie y lo guardó en la guantera.

Al llegar a una casa de paredes blancas junto a una pequeña capilla, apagó el motor, y ambos se ocultaron tras una pared de piedra semiderruida, desde donde podían vigilar sin ser descubiertos.

—Veamos qué nos encontramos —musitó, observando la casa con unos prismáticos.

Una hora después, apareció un hombre alto, de cabeza rapada y medio torso desnudo, cubierto de tatuajes con frases en latín.

Delgado no dudó: aquel era Montenegro. Ajustó el enfoque de los prismáticos y vio cómo Artai escudriñaba el entorno, alerta.

Después, volvió a entrar en la casa, y minutos más tarde salió arrastrando un saco, que colocó con esfuerzo en el maletero de un coche blanco.

Cerró el maletero y se dirigió al cobertizo, donde había una moto vieja.

La arrancó y la dejó al ralentí unos minutos antes de apagarla.

Acto seguido, subió al coche y abandonó la finca lentamente.

—¿No deberíamos seguirlo?

—No, es mejor esperar. Volverá.

Tres horas después, Montenegro regresó por un sendero con una mochila al hombro y volvió a entrar en la casa.

—¿Es él? ... ¿Es Montenegro, verdad?

—Sí. Pásame la pistola de la guantera.

—¿Qué piensas hacer? —preguntó Requena, cada vez más tenso.

Delgado comprobó la carga de la Astra A-80 y arrancó el coche.

—Lo que haría cualquier buen policía: atrapar a un asesino —dijo Delgado, con una sonrisa.

—Delgado, tenemos que avisar a la central. Este no es el procedimiento, y te vas a meter en un buen lío.

Dejando el coche al ralentí, Delgado miró a Requena con un deje de condescendencia.

—Requena, me caes bien, en serio, y lamento que seas una víctima colateral en esto. Pero el comisario insistió en que me acompañaras... cuando esto es algo que yo debería resolver solo.

—¿Por qué dices eso?...

Apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando Delgado le disparó dos veces en el pecho y, finalmente, un tiro en la cabeza.

La sangre y fragmentos de hueso salpicaron el parabrisas y el cristal del copiloto en manchas gruesas y trazos desiguales, mientras el eco sordo de los disparos se disipaba en el interior del coche.

Delgado, sin prisa alguna, condujo el vehículo hasta la casa, apagó el motor y descendió con un rictus severo.

Maldijo aquella situación y el giro inesperado de los acontecimientos, consciente de que Montenegro, probablemente, habría escuchado los disparos y estaría alerta, escondido en algún rincón de la casa.

Con cautela, avanzó hacia la puerta y la empujó.

La penumbra dominaba el ambiente, y las bombillas rotas le indicaron que aquel encuentro sería un juego peligroso.

Un ruido sordo en una de las habitaciones lo puso en guardia; empuñó su arma con fuerza.

Sabía que, en un caso como este, una presentación era lo mínimo que debía ofrecer.

—Hola, Artai… Soy un buen amigo.

Desde la oscuridad, Montenegro respondió:

—Hola... Delgado. Vaya, qué sorpresa. No esperaba que fueras tú.

—Hace tiempo de aquel trabajo en Suiza. ¿Cuánto ha pasado?

—Unos cuantos años... desde el setenta y siete.

—El tiempo ha pasado rápido, Artai.

—Sí... —Delgado esbozó una sonrisa, respirando hondo—. Supongo que sabes por qué estoy aquí.

—Claro. Te esperaba, y estoy listo.