71
La monumental portada plateresca del Hostal de los Reyes Católicos se alzaba frente a la Plaza del Obradoiro en aquel día caluroso y húmedo de mediados de agosto.
Un crisol de peregrinos de distintas razas y lenguas descansaba apoyado en sus mochilas sobre el suelo empedrado, formando grupos donde las voces (unas más altas que otras) y las risas se mezclaban en una algarabía que llenaba cada rincón de la ciudad.
A solo dos días de la llegada del avión papal al aeropuerto de Lavacolla, chicos de todos los rincones del mundo se habían dado cita en aquel punto final de un largo recorrido, impulsados por su fe y, en algunos casos, por promesas aún pendientes de cumplir.
Acompañada de Suso Marzán, Vargas avanzaba con paso decidido hacia la entrada, dejando atrás la sólida cadena de época que rodeaba el acceso principal.
Observó de reojo la portada plateresca, con sus adornos en piedra y los escudos de armas que celebraban el legado de los Reyes Católicos, enmarcando el arco de entrada con una solemnidad casi regia.
Atravesaron el vestíbulo, donde un enrejado de hierro separaba la recepción, y observaron a un grupo de peregrinos que charlaba animadamente.
Impaciente, se adelantó a un par de parejas alemanas de mediana edad que acababan de llegar y esperaban su turno en el mostrador.
Mostró su placa de inspectora al recepcionista, interrumpiendo el proceso.
Las parejas se apartaron, sorprendidas por la intervención de aquella desconocida que se disculpó con un «sorry» rápido y les dirigió una sonrisa fugaz.
—Perdone —dijo Vargas—. Estoy en misión oficial y necesito localizar cuanto antes al padre Blas Romero.
El recepcionista, algo desconcertado, recorrió con el dedo el registro de cuero y rápidamente tomó el teléfono. Tras unos segundos, colgó y se volvió hacia ella.
—Parece que el padre no está en su habitación; puede que siga en el salón desayunando.
El recepcionista indicó a uno de los botones que los guiara hasta el comedor.
Atravesaron el patio central, rodeado por las galerías de piedra que formaban el cuadrángulo del edificio, en cuyo centro se extendía un jardín.
Algunos huéspedes paseaban por allí, capturando fotografías del entorno.
Finalmente, llegaron a una puerta de cristal dentro de un arco de piedra rebajado que daba acceso a un amplio salón con paredes blancas y altos muros.
El Comedor Real, iluminado por la luz de la mañana, estaba decorado con tapices que representaban escenas cortesanas.
Varias mesas acogían a los huéspedes, que disfrutaban del desayuno en un ambiente señorial.
El botones se acercó a una gran mesa redonda en una esquina discreta, donde varios sacerdotes y prelados conversaban animadamente.
Distinguió por sus vestimentas a algún que otro obispo y a dos cardenales.
El muchacho se inclinó al oído de un sacerdote de mediana edad, de pelo cano y abundante, piel morena y una nariz aguileña.
El sacerdote miró en su dirección y asintió con un leve movimiento de cabeza.
El botones les indicó con un gesto que podían acercarse.
—El padre Romero les recibirá enseguida.
El padre Blas Romero era un hombre alto y delgado, con una sonrisa amplia que dominaba su rostro y un enérgico apretón de manos con el que saludó a ambos. Vargas percibió en él esa seguridad propia de las personas acostumbradas a liderar desde la amabilidad y el trato afable.
—Sentimos interrumpir su desayuno, padre, pero necesitamos hablar con usted con cierta urgencia —se excusó mostrando su placa.
—No hay de qué disculparse, inspectora. Justo estábamos terminando. Acompáñenme, por favor, a un salón donde podremos estar más tranquilos.
Vargas asintió al grupo de comensales que los observaba y cuchicheaba al ver aquella interrupción.
Blas Romero los condujo hacia un amplio salón, decorado con una elegancia discreta.
La estancia estaba amueblada con aparadores y armarios de madera oscura, y las lámparas de pie bañaban el lugar en una luz tamizada que creaba un ambiente propicio para conversaciones confidenciales.
Vargas no pudo evitar imaginar las reuniones y acuerdos importantes que habrían tenido lugar allí, bajo un techo de vigas que transmitía solidez y discreción.
Llegaron a un área más apartada, donde varios butacones estilo wingback los esperaban.
Un joven sacerdote con gafas de pasta, absorto en la lectura, apenas notó su llegada.
—Y bien, ¿en qué puedo ayudarles?
—Padre Romero, necesitamos conocer más sobre la Fraternidad de San Pío X, a la que usted representa, y su relación con el arzobispo Marcel Lefebvre.
—Marcel fue nuestro fundador —respondió Romero con calma—. La Fraternidad es una congregación de sacerdotes profundamente comprometidos con la tradición católica.
—¿Quiere decir que rechazan los dogmas del Concilio Vaticano II y lo que representa? —intervino Marzán.
—No los rechazamos. Simplemente disentimos en ciertos aspectos.
Por ejemplo, defendemos la liturgia tradicional y la misa en latín, a diferencia del Concilio, que promueve el uso de la lengua nativa.
Tampoco coincidimos en la apertura ecuménica.
Creemos que la Iglesia debe conservar su misión de proselitismo, en lugar de dialogar con otras religiones, pues esto socava los fundamentos que el mismo Jesucristo estableció para su Iglesia.
—¿Por qué el nombre de Pío X? —preguntó Vargas.
—San Pío X fue una figura clave para el catolicismo tradicional.
Su papado defendió tanto la ortodoxia católica como la teología de Santo Tomás de Aquino, aspectos que nuestra Fraternidad sostiene firmemente frente a lo que consideramos desviaciones modernas: el liberalismo, el ecumenismo y otras doctrinas que, a nuestro juicio,
amenazan los valores fundamentales de la Iglesia.
—Padre Romero, estamos investigando posibles conexiones entre miembros de su Fraternidad y ciertos elementos de la Iglesia católica que sospechamos podrían estar involucrados en la planificación de una acción durante la JMJ.
—¿Una acción? ¿A qué se refiere exactamente? —preguntó el sacerdote, visiblemente desconcertado.
—Aún no lo sabemos con certeza, padre. Quizá se trate de un atentado.
Romero los miró, desconcertado.
—¿Un atentado?, ¿contra el Papa?... ¿Otra vez?
—Creemos que un ataque directo contra el Papa es poco probable.
Nuestras investigaciones apuntan más bien a que un hombre que ha cometido varios asesinatos en las últimas semanas está siendo apoyado y financiado por miembros afines a su organización para llevar a cabo un ataque violento contra los asistentes al evento.
En este momento, no sabemos quiénes serían los objetivos.
—¿Me está diciendo que miembros de nuestra comunidad…
estarían implicados en la preparación de un atentado?
Mire, inspectora, nuestra Fraternidad puede tener serias diferencias con el actual Papado, especialmente desde la excomunión del arzobispo Marcel Lefebvre y otros cuatro prelados, pero de ningún modo buscamos hacer daño a Juan Pablo II.
¡Por Dios! De hecho, estoy aquí en Santiago de Compostela por mandato directo de Lefebvre y de nuestra Fraternidad, como un gesto de acercamiento al Pontífice.
—Sí, claro —dijo Marzán—, pero esos prelados fueron ordenados obispos sin el consentimiento del Papa.
Y su Fraternidad se autodefine como la verdadera guardiana de la fe y la tradición.
Rechazan la libertad religiosa y el diálogo interreligioso, y se oponen a las reformas del Concilio Vaticano II, al que consideran impregnado de modernismo.
Sabemos también que entre sus miembros hay sacerdotes con posturas negacionistas y nostálgicos del franquismo.
—Señor Marzán, el objetivo de la Fraternidad y de nuestro fundador nunca ha sido enfrentarnos a la Iglesia; simplemente somos defensores de la tradición.
Admito que hay aspectos del Concilio Vaticano II con los que no estamos de acuerdo, pero le aseguro que nuestras coincidencias con la Iglesia son mayores que nuestras diferencias.
Y eso se lo puedo asegurar: no deseamos el mal a nadie.
Hemos optado por un camino distinto porque creemos que es necesario preservar la estructura fundamental de la Iglesia, su papel primordial en la sociedad, como la única religión.
Nos preocupa que las reformas del Concilio se basen en ideas liberales y de izquierda que, a nuestro juicio, han socavado los cimientos de la doctrina.
—Bien, padre, respetamos todas estas ideas —retomó Vargas—.
Nuestro cometido no es juzgar a su comunidad; simplemente estamos aquí para identificar a los individuos de la Fraternidad que quizá no compartan su tolerancia y estén dispuestos a cometer un acto execrable este fin de semana.
Creemos que también podrían pertenecer a los Carbonari, una sociedad tan tradicionalista como la suya.
— Claro... Algunos miembros destacados de nuestra comunidad son Carbonari. De hecho, uno de sus líderes históricos en España era Abelard Morandé, ya fallecido. Fue amigo íntimo del arzobispo Lefebvre y un firme protector de nuestra Fraternidad.
—¿Y no recuerda a nadie o alguna situación que le hiciera sospechar de ideas o comportamientos más extremistas en su comunidad? —preguntó Marzán.
Romero frunció el ceño y apretó los labios mientras se aferraba a los brazos del butacón.
—Ahora que lo menciona… hace un año, uno de los sacerdotes formados en nuestra Fraternidad se suicidó tras ser expulsado.
No lo conocí personalmente, pero su caso llegó a mi conocimiento.
Al parecer, había enviado misivas anónimas al Vaticano amenazando al Papa.
Creímos que padecía algún tipo de trastorno mental y lo internamos en uno de nuestros sanatorios.
Fue un día oscuro para la Fraternidad cuando lo encontraron ahorcado en su casa.
Tenía un hermano... por lo que vi en el expediente, creo que era miembro de la Policía española, y según supe después, muy cercano al círculo de Morandé.
—¿Policía?... ¿recuerda el apellido del sacerdote? —preguntó Vargas.
—Sí, claro —Romero se inclinó hacia adelante con cierto aire de confidencialidad—, no olvido los nombres, inspectora: su apellido era Delgado, el padre Juan Delgado.
Al escuchar el apellido, Vargas sintió que un escalofrío recorría todo su cuerpo.