Los Hijos de la Peste 70
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Ya estaba en la recta final.

En aquel preciso momento, Montenegro fue plenamente consciente del tiempo transcurrido desde que conoció a Abelard Morandé, líder de los Carbonari.

Era casi un niño cuando aquella experiencia lo convirtió en un hombre.

Toda su vida la había vivido en la oscuridad, sin poder llevar la cuenta de los hombres a los que había asesinado por encargo de la sociedad.

Aquella vida le permitió esconder bajo una gruesa capa de olvido el sufrimiento del pasado: la desaparición de su hermano Xosé, el terror infundido por el padre Rivera, los golpes, los abusos.

Sí, todo quedó sepultado bajo una espesa niebla de cólera.

Pero todo cambió con la llegada de aquella maldita correspondencia.

Un espectro del pasado, como en Cuento de Navidad, despertó en su interior una tormenta de desesperanza, ira y despecho.

Esa figura se convirtió en la puerta de sus impulsos más oscuros.

Sabía que lo estaban manipulando, pero su sed de venganza era más fuerte que su orgullo.

Aquella información precisa y las instrucciones recibidas le habían permitido localizar a cada uno de los culpables de la desaparición de Xosé, convirtiéndolo en un espectro sin esperanza, impulsado solo por la búsqueda de redención.

Ahora, Montenegro estaba en aquella casa: su último peldaño hacia el destino.

Allí fue donde todo comenzó, cerca de Santa Mariña, en el austero priorato de paredes encaladas, decorado con extrema sencillez.

Una cama vieja, sobre cuyo cabecero pendía un crucifijo, era el único mobiliario decorativo.

Una cómoda y un mueble con espejo y palangana componían la escena, semejante a la frugal habitación de un monje de clausura.

Montenegro reflexionó sobre los peores lugares que había conocido a lo largo de su vida, recordando los momentos oscuros que lo llevaron hasta allí.

En la habitación encontró un paquete envuelto en papel de estraza, atado con una cuerda.

Al abrirlo, descubrió una sotana, un alzacuellos y unos zapatos negros baratos, junto con un pase plastificado que llevaba una fotografía y un nombre desconocido hasta ahora: Xavier Torres.

Junto al paquete halló una misiva firmada por «un buen amigo».

Las instrucciones precisas detallaban cómo y cuándo debía llegar a Santiago de Compostela para acceder al recinto donde el Papa celebraría la misa junto a los mil doscientos sacerdotes convocados para dar la eucaristía a los peregrinos en el Monte do Gozo.

Montenegro salió de la habitación y pasó por encima del cuerpo del verdadero padre Xavier Torres, al que suplantaría.

Observó la estancia en silencio antes de cargar el cadáver del sacerdote hasta la entrada, dejando tras de sí un leve reguero de sangre.

Con el cuerpo en el maletero de su coche, condujo varios kilómetros hasta un descampado solitario, donde empapó el vehículo con gasolina y lo prendió fuego.

Terminados los preparativos, regresó al priorato y limpió meticulosamente cada superficie que había tocado, tratando de eliminar cualquier rastro que pudiera incriminarlo.

Al mediodía, Montenegro volvió a caracterizarse como el padre Xavier Torres, vistiéndose con una vieja cazadora de cuero marrón que encontró entre las pertenencias del sacerdote.

Tras asegurarse de que la moto Derbi Coppa arrancaba sin problemas, se dispuso a abandonar la casa.

Sin embargo, en medio del silencio, escuchó el motor de un coche acercándose.

Con cautela, se asomó desde la ventana de la cocina y vio a un hombre alto y moreno con una pistola en la mano derecha.

La figura le resultaba extrañamente familiar.

Tenso y con su pistola Beretta 92 en mano, aguardó en la penumbra, hasta que la puerta principal se abrió con un ligero chirrido.

Una voz suave pero firme habló desde el umbral:

—Hola, Artai. Soy un buen amigo.