Los Hijos de la Peste 69
76%

69

El despacho del comisario García estaba tal y como Vargas lo recordaba.

Las fotos familiares en las que aparecía junto a su mujer e hijos seguían en su lugar, retratando épocas pasadas, pero indudablemente felices.

Las fotos de sus tres hijos, ya mayores y vestidos con togas y birretes de licenciados, y otras de sus primeros nietos cuando aún eran bebés, formaban una especie de fotonovela de una vida personal plena y entregada también al trabajo.

Un retrato del rey Juan Carlos I, en actitud casi mayestática, presidía la estancia desde la pared, y una pequeña bandera española ondeaba al ritmo del aire que lanzaba el ventilador, siempre encendido a máxima potencia, en el rincón más apartado de la oficina.

Vargas observó la figura de Marzán. Permanecía de espaldas, absorto mientras contemplaba el incesante ir y venir de los coches patrulla a través de la ventana.

Unos llegaban para comenzar la ronda; otros, para finalizarla, luego se acomodó en la butaca frente al comisario, quien repasaba el informe de la reunión con Castro.

Entre líneas, rumiaba pensamientos ininteligibles, aguardando a que Delgado llegara con algún dato concreto sobre los prioratos y casas de retiro lefebvrianos que pudieran aportar alguna pista sobre el paradero de Montenegro.

Finalmente, García se reclinó en el butacón, entrelazó las manos tras la nuca y exhaló un suspiro profundo antes de comenzar.

—Bien, hagamos un repaso de lo que tenemos, inspectora —dijo en tono pausado, como si le pesara el propio resumen—.

Por un lado, tenemos a un sospechoso a la fuga que, presuntamente, ha cometido cuatro asesinatos siguiendo un antiguo ritual celta de venganza, inspirado en un libro llamado Libro VI, en nombre de su hermano, muerto hace más de cuarenta años en un preventorio.

No solo anda suelto —añadió tras una pausa, mirando fijamente a Vargas—, sino que no hemos logrado hallar una pista clara de su escondite.

Sospechamos, además, que no actúa solo. Podría estar siendo apoyado por una organización secreta cuyos orígenes se remontan a la Edad Media, con miembros en posiciones clave de poder económico, político y religioso.

Entre ellos, algunos seguidores del obispo cismático Marcel Lefebvre —continuó—.

Y ahora se cierne la sospecha de que varios de sus miembros estén preparando un atentado durante la visita del Papa a Santiago para la Jornada Mundial de la Juventud.

Y, si esto es cierto, Montenegro sería el brazo ejecutor...

con una cantidad indeterminada de una toxina llamada batracotoxina.

Una sustancia tan letal que podría acabar con miles de personas usando tan solo unos gramos.

Vargas asintió mientras García la observaba detenidamente, y concluyó:

—¡Es de locos! ¿Cómo voy a contar esto al ministro?

Marzán, Vargas y García se quedaron en silencio. En un momento de pausa, el comisario sacó del cajón una botella de güiski Cardhu y, de la estantería, unos vasos de cristal colocados sobre una bandeja de plata. Con un ademán, les ofreció a Vargas y Marzán, quienes declinaron amablemente.

—Lo sé, comisario, parece increíble, pero solo quedan cinco días para que el Papa aterrice en Lavacolla, y si no detenemos a Montenegro antes, tendremos que emitir una alerta especial de vigilancia en el evento. ¿Con qué fuerzas contamos ahora?

—Tenemos un operativo especial de unos cuatro mil agentes, entre Policía Local, Guardia Civil y Policía Nacional, para vigilar la llegada de más de trescientos mil peregrinos a Santiago durante estos días.

Además, dispondremos de dos helicópteros que sobrevolarán el Monte do Gozo antes, durante y después de la jornada.

—¿Quién coordina el dispositivo?

—El coronel Aramburu, de la Guardia Civil, hombre de confianza del ministro del Interior. Coordinó la seguridad del Mundial de Fútbol del ochenta y dos con indudable éxito.

—¿Podemos concretar una reunión con él?

—Haré lo posible para concertarla cuanto antes— dijo García, reclinándose en su butaca, pensativo.

—Gracias, comisario.

—¿Creéis que el Papa puede estar en peligro?— preguntó el comisario, lanzando la cuestión al aire, como si temiera la respuesta.

—Lo dudo —intervino Marzán—. Está rodeado de mucha seguridad; Montenegro no podría acercarse a él. Aún no tenemos claro cuál es su objetivo. Podrían ser los peregrinos... o tal vez los sacerdotes y prelados que asistirán a la JMJ.

—Pero ¿cómo? ¿Cuándo? Es imposible tener control sobre todos ellos —dijo Garcia con frustración, mirando el mapa de Santiago de Compostela colgado en la pared.

—El magistrado Maldonado mencionó algo que debemos tener en cuenta. La rana, en el simbolismo celta, representa la transformación... y en la misa también hay un momento muy significativo en que esa transformación se manifiesta —recordó Marzán.

—¡La eucaristía!— exclamó Vargas, comprendiendo al instante.

—Exacto, Noela. Si Montenegro planea actuar en un momento de gran simbolismo, será durante la eucaristía. Es el punto culminante, el momento de redención. Y no creo que se detenga ante nada para alcanzar sus objetivos. Eso lo hace aún más peligroso.

—Joder, seguimos igual —murmuró Vargas, revisando sus notas—. Más de mil doscientos sacerdotes estarán presentes para dar la comunión en la misa del día 20 de agosto.

—Por eso mismo, Noela —intervino Marzán, reflexionando en voz alta—.

Debemos descubrir quién lo está respaldando en todo este entramado.

Y recuerda que la Jornada se celebrará durante los días diecinueve y veinte.

Es posible que Montenegro sospeche que estamos un paso por detrás de sus planes, así que debemos mantener la vigilancia constante ambos días.

—No tenemos alternativa —asintió García—. Tendremos que identificar a cada uno de los mil doscientos sacerdotes que asistirán y participarán en la comunión. Quizás Montenegro se infiltre entre ellos, ¿quién sabe?

Vargas se levantó de la butaca y se acercó a la ventana.

Desde allí observaba, desde lejos, las calles animadas de Santiago de Compostela, donde turistas y peregrinos se mezclaban en un ir y venir constante.

El aroma a incienso flotaba en el aire, mezclado con el repique de las campanas de la catedral.

La escena era pintoresca y serena, pero en su mente solo podía pensar en la amenaza que se cernía sobre la ciudad.

—Es difícil creer que toda esta paz pueda ser amenazada por un hombre y una organización con objetivos tan oscuros —comentó Vargas, volviendo a su asiento.

García rompió el momento de reflexión.

—Debemos actuar con rapidez y precisión. ¿Qué hay de las pistas hasta ahora?

—Tenemos algunos indicios, pero aún no hemos conseguido cercar a Montenegro. Hay algo que me inquieta. Los mensajes que encontramos junto a los cadáveres, la forma en que están redactados, las firmas... parecen mensajes codificados dirigidos a alguien más, no a nosotros.

Los tres asintieron en silencio. En ese momento, Delgado entró apresuradamente en el despacho con un cuaderno de notas abierto en la mano.

—Ya tengo algo, comisario: un listado de los prioratos de la Fraternidad de San Pío X.

Por lo que he averiguado, estos prioratos funcionan como centros de encuentro y retiro para los seguidores de la fraternidad.

Suelen estar formados por tres sacerdotes y un prior.

En Galicia he localizado varios de ellos.

Delgado le entregó la lista a Vargas, quien la revisó detenidamente.

—Mira, Marzán —señaló inclinando el cuaderno hacia él.

Marzán lo tomó y, al revisar el listado, se detuvo en un nombre que le hizo fruncir el ceño.

—¡No me jodas! —exclamó.

—¿Qué pasa? —preguntó el comisario.

—En el listado aparece un priorato cerca de la iglesia de Santa Mariña de Augas Santas. Esa es la iglesia que da nombre a la sociedad de la que formaban parte las cuatro víctimas de Montenegro. Esto no puede ser una coincidencia.

—¿Creen que este priorato podría tener alguna conexión con Montenegro?

—No tengo ninguna duda, comisario. Podría ser uno de los lugares donde Montenegro ha encontrado refugio o apoyo.

—Por cierto, esto podría ayudarnos también —intervino Delgado—. He averiguado el nombre del actual superior general de la fraternidad, el padre don Blas Romero. Está alojado en el Hostal de los Reyes Católicos y asistirá a la JMJ como invitado personal del Papa.

—Tenemos que hablar con él, Marzán —dijo Vargas, levantándose del butacón de inmediato.

—Si le parece, comisario —añadió Delgado, tomando el cuaderno que aún sostenía Vargas—, podría echar un vistazo al priorato de Santa Mariña para investigar más.

García asintió.

—Está bien... pero llévate a Requena contigo.

—Pero, comisario... —protestó.

—No quiero que vayas solo. No sabemos qué te puedes encontrar ahí —García se volvió hacia Vargas con una expresión seria—. Quiero que me mantengan al tanto de todos los avances... ¿entendido?

Noela sostuvo la mirada de Manuel por un momento. Desde el incidente en la fundición de Brens, algo había cambiado entre ellos; Delgado parecía cada vez más distante, y aunque no sabía si se trataba de resentimiento o algo más que desconocía, la incomodidad de aquel silencio la inquietaba.